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“Westworld”: La rebelión de las máquinas

Las relaciones entre los robots con apariencia humana y los propios humanos de la serie “Westworld” dejan ver problemáticas que atañen a interrogantes contemporáneos como las operatorias capitalistas de dominio y exclusión


La serie Westworld parte de lo planteado en la película homónima de 1973, en la que en un parque temático del futuro se representan viñetas de diversos mundos (como el oeste o el medioevo) protagonizadas por robots de apariencia humana. En aquella película, los robots comenzaban a presentar fallas hasta que uno en particular se salía de sus parámetros de actuación y asediaba a unos visitantes. En la serie, el conflicto se expande, diversificando los puntos de vista (entre humanos y robots) y expandiendo los alcances de la reflexión en torno a las problemáticas abiertas, cada vez  más tenebrosamente actuales. Principalmente, se trata de tres líneas de pensamiento ligadas a interrogantes propios de lo contemporáneo. La primera de estas líneas refiere a una temática abordada de modo recurrente en las series contemporáneas: la rehabilitación de una elucubración metafísica suscitada por la necesidad de hallar una razón ordenadora en un mundo absurdo. En una realidad cuya bases se han desmoronado hasta hacerla sucumbir en el vértigo de una caída libre sin final, donde las nociones de verdad y mentira se tornan intercambiables, donde los antiguos valores transmutan en otros nuevos aún incomprensibles instaurados desde lógicas mercantiles, donde la violencia campea impunemente impulsada por esa misma razón mercantil, y donde la capacidad de comprender fue sobrepasada por el flujo de un mundo convertido en infinidad de destellos y partículas de imágenes ominosas, se vuelve necesario descubrir algo que ordene el desmembramiento abismal de semejante caída. Por lo tanto es imprescindible inventar nuevas ficciones ordenadoras que posibiliten soportar el caos de la existencia. Y si ya no es Dios esa razón capaz de ordenar, lo será tal vez la paranoia conspirativa, pero pensada tanto en términos literales como incluso dentro de los códigos alegóricos del género fantástico.

Westworld, al otorgarle a los robots la posibilidad de presentar su punto de vista, se enlaza dentro de esa línea. Las criaturas robóticas del parque temático viven inmersas en una especie de loop programado y sujetos a las exigencias de un espectáculo siniestro del que son los anfitriones. Todo en sus vidas espurias es funcional a un esquema que los contempla sólo como piezas intercambiables de una operatoria utilitaria pensada para el despliegue espectacularizado de las violencias humanas. Por tanto el conflicto se presenta cuando algunos de ellos comienzan a tener noción de una posible individuación. Cuando una memoria insospechada por los programadores comienza a actuar como centro aglutinador de una personalidad singular, es decir, cuando la conciencia se presenta y asume la posibilidad de gestionar un “yo” que choca con una vida pautada por fuerzas normalizadoras externas. La cuestión entonces es, ¿de dónde vienen esas fuerzas que ordenan el mundo imponiendo una vida falsa?, y la siguiente, ¿cómo combatir esas fuerzas para tomar el control de la propia vida?

Prometeo versión femenina

El androide que aquí toma la iniciativa es uno construido según las funciones de un personaje femenino (no casualmente una prostituta); es “ella” la que iniciará las operaciones para alcanzar el conocimiento de ese orden superior que administra sus vidas rutinarias (aquí, una empresa de entretenimientos megatecnificada). Y en ese afán de conocimiento, hay una infracción. El conocimiento está vedado a los de su estirpe (los robots), y aun así ella lo procura. Por eso ella no es una Eva, porque al acercarse al conocimiento prohibido no peca seducida y engañada por el mal, sino que es más bien una versión femenina de Prometeo, ya que su gesto subversivo es una profanación motivada por la necesidad del conocimiento y la justicia para los de su clase. Ella no es Eva, es Prometeo arrebatándole el fuego a Zeus para devolverlo a los humanos. Si en el mito el castigo para Prometeo por su transgresión era vivir todos los días una y otra vez con el mismo dolor infligido por un pájaro que le comía el hígado, aquí la mujer vive ese castigo del eterno retorno, de la vida impropia en loop, para luego, tras hacerse consciente de ellos, proponerse la profanación.

El fin de la humanidad

La segunda línea, algo más transitada dentro de los cánones de la ciencia ficción, presenta otra versión más cercana al mito de Prometeo: el científico (humano, claro) que en su afán de conocimiento atraviesa ciertos límites que sólo le competían a los antiguos dioses. El sino trágico del Dr. Frankenstein diseminado en cada impulso científico relacionado con el afán de dominar a la naturaleza, de la cual el mismo hombre es parte, y por lo tanto también objeto de dominio. Y también allí hay una cuestión metafísica desatada por el despliegue de un poder sobre el que ya se ha perdido la potestad. El impulso del despliegue tecno-científico termina por transformarse en una fuerza impersonal capaz de asumir una voluntad propia. Se trata de la voluntad impersonal del impulso incesante del despliegue tecnológico del capitalismo, que ya desconoce otro fin que no sea el de su mismo despliegue sin fines: acumulación de capital, acumulación de saber, y acumulación de poder. En esa voluntad que no responde ya a ninguna idea de subjetividad se traza el mapa de una conquista definitiva que ya no reconoce vencedores. Es decir, el fin de la humanidad como se la concibió hasta ahora.

Los robots también sufren

La última línea, desplegada desde las anteriores, es esa puesta en perspectiva de la idea del sujeto instaurada desde un fondo antropocéntrico. ¿Qué es un sujeto? Pero aún más, ¿qué es lo humano? ¿En qué punto se puede establecer una separación más allá de las condiciones arbitrarias de un utilitarismo racional propio de la tradición colonial de occidente? Ya Jacques Derrida afirmaba que la pregunta en relación a la “animalidad” (o sea, hacia lo que consideramos animal, como objeto de  conocimiento, con todo lo implicado en esa jerarquización binaria sujeto-objeto basada en la justificación del dominio y la exclusión) no es “¿puede responder?”, sino en cambio, “¿puede sufrir?” Y aquí los robots, a fin de cuentas, sufren. Ya sea programados desde sus respuestas emocionales previstas, ya sea como falla del sistema que intenta asemejarlos a la idea del hombre, ya sea como producto de un sabotaje, el robot borra los límites de lo considerado “humano” porque adquiere ese poder que nada puede. El poder sufrir. Y allí, en ese sufrimiento esbozado, hay un fondo vital que todo lo iguala, sin jerarquías, sin rangos. Técnica y naturaleza se igualan en el trasfondo vital del sufrimiento. Y lo paradójico es que es el impulso racional de la tecno-ciencia, instaurado desde la lógica mercantil, lo que viene a disolver esos límites a raíz de su despliegue desatado.

Se viene el estallido

En Westworld tales líneas se imbrican unas en otras construyendo un espesor que se profundiza a medida que avanzan las diversas tramas. Tiempos y mundos se enlazan entre las peripecias de un puñado de humanos y androides que van delineando los bordes de un cambio radical e inexorable. Ningún sistema generó tantos enemigos como lo hace el capitalismo con sus operatorias brutales de dominio y exclusión. El estallido es sólo cuestión de tiempo. Lo que se avizora aquí, entre los pliegues de construcciones de género ya conocidas, es la inminencia de una rebelión de las máquinas. Pero la tragedia ya fue planteada de tal modo, que la fantasía asume con una fuerza inaudita su carácter de alegoría del presente.

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