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Un viaje a través del tiempo

Santiago Baraldi.- Carlos Ducler es uno de los dos únicos relojeros del país que se dedican a las grandes máquinas. Cuenta que aprendió de su padre el oficio, pero fue la carrera de Museología la que lo llevó a los altos campanarios.

“En la ciudades grandes como Rosario, la gente camina apurada y no necesita mirar la hora en los relojes de monumentos o iglesias. Muchas veces tapados por edificios, ya no son un servicio público: son un patrimonio de la ciudad y deben ser cuidados como tales”, asegura el relojero Carlos Ducler, uno de los dos restauradores que hay en el  país y que recuperó más de 30 relojes de iglesias de la provincia. A los cinco años ya desarmaba las piezas en la relojería de su padre y a los 12 ya conocía el oficio. Estudió Museología pero la carrera lo llevó de nuevo a los engranajes y las cuerdas: “Comencé a interesarme en los relojes colocados en lo alto de los edificios públicos”, dice. Ducler, en cada campanario donde están ubicadas las máquinas que cuentan el tiempo deja “aceite, grasa y un cenicero”, para cuando vaya de nuevo allí. Y se siente a gusto cuando lo convocan a reparar algún reloj de iglesia en pequeñas localidades: “Es increíble trabajar y todo un pueblo pendiente. En Maciel me pasó que no había un solo vecino que recordara haber visto funcionar alguna vez el reloj de su iglesia…”.

—Hace más de cien años, el reloj de los edificios públicos era de vital importancia para la población. ¿Qué valor se le da hoy?

—Entre mediados del siglo XIX y principios del XX se instalaron en nuestro país, en lo alto de diversos edificios públicos –iglesias, estaciones de ferrocarril, instituciones educativas, casas de gobierno y otros– una gran cantidad de relojes monumentales. Eran los encargados de indicar la hora oficial a nuestros habitantes y, aparte de ser considerados un importante servicio público, daban gran jerarquía al lugar. Cuando se instalaban los relojes como el de la Municipalidad, que tiene 112 años, muy pocas personas tenían relojes de bolsillo: era un verdadero servicio público. Hoy en día, debido a la falta de programación en el crecimiento de los centros urbanos, muchos de estos verdaderos monumentos históricos han sido olvidados, totalmente tapados por grandes edificios, han quedado completamente abandonados y en muchos casos han desaparecido. O sus máquinas, construidas con gran esmero y diseñadas para marchar durante cientos de años, han sido reemplazadas por efímeros sistemas computarizados. Para evitar que se sigan perdiendo es importante, al programar y emprender cualquier tipo de tarea de mantenimiento, reparación o restauración, no solo considerarlos como simple servicio público, sino como lo que verdaderamente son: hitos y monumentos que cuentan la historia del lugar y su población. Es por este motivo que toda intervención debe ser correctamente documentada y debe respetarse al máximo posible la integridad y las características estéticas y funcionales originales, tal como lo indican las cartas internacionales de conservación y restauración de los bienes patrimoniales construidos, evitando cualquier tipo de modificación y mas aún el reemplazo de los mecanismos, sólo porque los modernos tengan mayor precisión y requieran menos mantenimiento.

—¿Cuándo comenzó su pasión por los relojes?

—Mi papá era relojero y a los 5 años me la pasaba desramando piezas, a los 12 comencé el aprendizaje del oficio de relojero, teniendo como maestro a mi padre. A partir de ese momento y durante 10 años me desempeñé en el oficio, adquiriendo mucha habilidad y conocimientos en el tema y dedicándome a la reparación de casi cualquier tipo de relojes. Después dejé el oficio para estudiar Museología y descubrí la importancia del cuidado y la protección de los bienes patrimoniales e históricos de la ciudad y comencé a interesarme en los relojes colocados en lo alto de los edificios públicos. Grande fue mi decepción al enterarme de que ya no existía lugar donde aprender el oficio de la reparación de las máquinas monumentales, por lo que comencé a buscar información y material en antiguos libros del siglo XIX. A medida que fui adentrándome en el tema y avanzando en las reparaciones tuve que ir adquiriendo nuevos conocimientos y aprendiendo diversas técnicas de distintos oficios sumamente ligados a este tipo de relojes como tornería, herrería, carpintería, a hacer letras, orfebrería… El año pasado me contacté con Adolfo Van de Casteele, quien pertenece a la tercera y última generación de relojeros fabricantes de relojes monumentales L. Verstraeten, quienes entre las décadas de 1920 y 1980 han fabricado e instalado más de un centenar de relojes en todo el país y de quien pude adquirir nuevos conocimientos técnicos especializados.

—¿Hay diferencia entre restaurar y reparar?

—En el país solo somos dos personas las que restauramos relojes de iglesias o monumentos. Hoy en Rosario no se restauran relojes: se reparan, que es distinto. Relojeros hay muchos, pero conocer la ingeniería de los relojes de iglesias con campanas no es sencillo. Los relojes públicos, como hace 80 años, siguen dependiendo de Servicios Públicos cuando hoy en día deberían depender del Programa de Preservación y Rehabilitación del Patrimonio, porque están más allá de un servicio público.  Estos son relojes que no se fabrican más. Hay 11 columnas con relojes municipales, columnas que simulan ser piedra, los cuadrantes están hechos de plástico con los números rotulados con autoadhesivos…Antes esos cuadrantes se usaban con vidrios esmerilados, con una tipografía artesanal, son detalles que no se respetan más. El que queda original es el de la plaza Bélgica.

—¿Cuál fue su primer trabajo en una iglesia?

—Fue hace cinco años en el Colegio San José. Después me llamaron de la Iglesia Santa Rosa de Lima, en Mendoza y Corrientes, donde le hago el mantenimiento: hace 15 días terminé los cuadrantes nuevos. Cuando fue la pedrea de noviembre de 2006, me llamaron de la Iglesia Inmaculado Corazón de María, en Presidente Roca y Viamonte. Se puede decir que ese reloj es de los únicos en Rosario que es original. Lo desarmé, lo limpié, lo lubriqué y volvió a funcionar a la perfección. Ese reloj tiene 75 años y no llegó a la cuarta parte de su vida útil; los engranajes grandes tienen un desgaste en sus dientes en 200 años y los más pequeños en 80.

—¿Qué otras características tienen estos relojes?

—El reloj tiene una estructura que se llama armadura y está compuesta por las latinas, los separadores y los puentes; según el reloj, tienen una cantidad de puentes para los trenes de ruedas, en general tienen dos trenes de ruedas: uno central que mueve las agujas y el de sonería para que toque las horas y las medias.

—¿Qué cuidados deben tener?

—Una vez que hago el trabajo dejo un instructivo a lo que yo llamo “guardianes”, generalmente es gente que trabaja en las iglesias. Nunca faltan la botellitas de lubricantes y grasa para los engranajes.

—¿De qué origen eran estos relojes de monumentos o iglesias?

—Así como los pulsera los fabricaban los suizos, los despertadores los alemanes, estas grandes máquinas tenían su origen en Francia. Aquí en Rosario, y en la zona muchos tiene la firma de Luis o Louis Verstraeten, que en realidad era el nombre que adoptó Adolfo Van de Casteele, que había comprado la relojería de Verstraeten que ya era muy conocida y adoptó su nombre. Es notable, pero en mis cinco años de trabajo, con más de 30 relojes restaurados, en casi todos, se encuentra la firma L. Verstraeten. Lo deja escrito en el péndulo, a un costado de la máquina, en uno de sus puentes o como en la Iglesia Inmaculado Corazón de María, que escribió en un escalón de una escalera de madera que aún se conserva con la fecha 5/4/1946 y su nombre, que en realidad era Adolfo Van de Casteele, abuelo del Adolfo que aún vive y tiene su relojería Sudamericana en 3 de Febrero al 500. Su reloj, el que está en la fachada, también lo reparé, el año pasado.

—¿Lo han convocado de iglesias de pequeñas localidades?

—Muchos pueblos de nuestra provincia y de Córdoba. Mandé un proyecto para restaurar el reloj de la iglesia más antigua de la ciudad chilena de Valparaíso. Rosario es una ciudad grande y la gente mira para adelante o al piso, va apurada; en los pueblos me gusta trabajar, porque en esas pequeñas localidades de 1.500 o 2.000 habitantes, todos están pendientes del reloj de la iglesia, de volver a escuchar el sonido de sus campanas. En Gálvez, fui a ver un reloj alemán, una montaña de piezas desarmadas, en abandono total. Me contactaron para cambiar el reloj y yo no soy amigo de cambiarlos, sino de recuperarlos y tratar de conservar los originales. Busqué las piezas en el piso. Varios relojeros les dijeron que no tenía reparación, y si bien le faltaba alguna pieza y hacía más de 25 años que no funcionaba, hoy no se arrepienten, porque funciona y con sus piezas originales. La restauración de una máquina cuesta unos 10 mil pesos, después hay que ver si le faltan piezas, cuántas, si son muchas las que faltan deja de ser una restauración, y si incluye cuadrantes se puede ir a unos 30 mil pesos, todo depende.

—¿Le ocurrió alguna cosa curiosa en los pueblos?

—En Maciel hacia 40 años que no funcionaba el reloj de la iglesia, en realidad no hallamos a nadie en el pueblo que lo haya visto funcionar. Me encontré con un reloj de 50 ó 60 años que no tenía desgaste. Fue muy lindo ver a sus habitantes el día que lo vieron dar la hora. Los relojes tiene una autonomía de dos horas, en Chañar Ladeado, por ejemplo, todos los domingos entre las 7 y las 11 cortan la luz, no sé por qué razón, entonces le tuve que preparar una autonomía de seis horas. En Laborde, provincia de Córdoba, el reloj es a cuerda, y tiene una autonomía de 30 horas, hay un encargado que por la mañana que lleva a su hijo a la escuela y después pasa a darle cuerda…El campanario más limpio que vi en mi vida fue el de la Iglesia de Camilo Aldao…

—¿También tuvo que aprender sobre campanas?

—Claro, me enseñaron mucho los dueños de la fábrica de San Carlos Centro, que hacen campanas de hasta dos metros de diámetro. Trabajando en Gálvez, me dieron indicaciones de cómo debe golpear el martillo para que tenga un buen sonido y que no se rompan. Son de aleaciones de bronce y los relojes tienen un sistema eléctrico que hace que el martillo golpee la campana. Las que son con movimiento son las que el cura se colgaba, como uno lo veía en las películas, pero eso ya no existe, ahora se usan motores.

—¿Trabajó alguna vez para el Estado?

—No, presenté proyectos, está por salir un trabajo en la Sala Lavarden, que es un reloj que está medio escondido y se ve de Mitre y Mendoza; también en el Convento de San Lorenzo que depende del Museo e interviene el Estado, o la iglesia de Correa, que pertenece al municipio y todos los años me piden presupuesto. En el Correo presenté un presupuesto, ahí hubo un saqueo, tenía una máquina central que era un reloj pequeño de pared, en la oficina del gerente; tenía un sistema eléctrico que manda un pulso, ese pulso lo reenvía a un montón de relojes: el de la fachada, los dos que estaban al costado de las escaleras de ingreso, y en todas las oficinas. Un pulso que hacía avanzar la aguja por minuto. Se llevaron las máquinas originales y pusieron máquinas a pilas, sólo se salvaron el de la fachada, que funciona y los dos de las escaleras del hall de ingreso. Pasé un presupuesto, pero nunca me llamaron.

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