Mi Mundial

Mi Mundial

Un tal Diego Maradona y un tal Pérez


Domingo 29 de junio de 1986. Final de la Copa del Mundo en México. Argentina contra Alemania. A mi hermano y a mí  nos habían dejado solos por un rato, ya que faltaban comprar algunas cosas para el almuerzo. Y al no estar bajo la mirada de ningún mayor, el plan era siempre el mismo: agarrar la guía de teléfono, elegir un nombre al azar y discar el número para hacer bromas creyendo tener una astucia de payasos.

Cuando llegó mi mamá ya habíamos empezado a palpitar la previa del partido. Nos encontró en el piso del living recortando papeles para tirarlos cuando termine la final y festejar la victoria. Sí, estábamos seguros del triunfo albiceleste.

Almorzamos en tiempo récord. Empezaba el partido en el Estadio Azteca. Argentina y Alemania, dos viejos contrincantes. El termómetro del optimismo y la ilusión habían subido a límites insospechados.

Algunos vecinos iban llegando a casa para mirar la gran final en un Hitachi a color de 14 pulgadas que yo había acompañado a mi viejo a comprarlo en cuotas. Uno de los pocos que había en el barrio…

Unos minutos antes de que empezara a  disputarse la gran final, me había sentado en la mesa ratona del living, a pocos centímetros donde estaba ubicado el televisor. La redonda había empezado a girar y no paraba de hamacarme el diente de leche, flojo, una y otra vez. Con movimientos suaves y otros no tanto. Y me preguntaba: ¿Cuánto tarda en caerse un diente desde que empieza a moverse?  ¿Tres días? ¿Un mes?  Lo que sí tenía claro era que el ratón Pérez no me iba a agarrar desprevenida.

A los 23 minutos del primer tiempo, José Luis “Tata” Brown cabeceó al arco y convirtió el primer gol del partido y el marcador se mantuvo así durante el primer tiempo. El segundo gol fue de Jorge Valdano. Y el tercero vino de Burruchaga, después del pase que le había dado el Diego.

La selección argentina le ganó a Alemania por 3 a 2 y consiguió su segundo campeonato mundial. Todos gritamos, nos abrazamos, saltamos y cantamos hasta que la atención volvió a la pantalla cuando Diego Armando Maradona tuvo en sus manos el trofeo que los llevó a la gloria.

Volví a sentarme en la mesa ratona. Sin parpadear miraba cómo Diego agarró la copa, la alzó, la beso y la acunó. Parodié al máximo astro del fútbol y cuando besé la copa se me cayó mi primer diente.

Ese domingo quedó tapizado en mi memoria. Los festejos terminaron tarde. Me acosté con la alegría de que Argentina se adueñara de la Copa del Mundo. Con una sonrisa pícara, de esas que se le dibujan en la cara a una pibita de seis años. Y con la ilusión de que el ratón Pérez me recompense la pérdida. Maradona y Pérez, dos leyendas populares e inolvidables.

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