Crónicas, Cultura

Coronavirus y letras

Un relato de Cristian Alarcón es parte de un libro digital colectivo sobre los tiempos de pandemia

Con el título "Nuestro futuro" el texto del periodista integra, junto a los de otros escritores y pensadores, una serie de ensayos, reflexiones y entrevistas que componen "El futuro después del Covid-19", un material publicado por el Programa Argentina Futura, que dirige Alejandro Grimson


Cristian Alarcón**

A mi lado un hombre hermoso tiene pesadillas. ¿Sueña con monstruos? ¿Sueña con un abismo en el que cae? Cuando está por llegar a lo profundo de su sueño, cuando su cuerpo largo y huesudo, labrado de tatuajes, está por caer en las rocas finales del precipicio que imagino, se despierta de un sobresalto y es tan cercano el temor que puedo olerlo.

La mirada fuera de sí, los ojos en un brillo espectral, las sienes húmedas. Es un niño. Lo abrazo, lo tranquilizo, le digo que todo está bien, que no hay nada que temer, que duerma, que duerma, que duerma.

Y lo hace, regresa a su sueño. A los días, a las semanas el miedo vuelve parecido. Suelo verlo de vez en cuando, nos encontramos en algún punto de la noche, en pistas electrónicas, en fiestas de perreo, en esquinas, en after hours.

Es mi amigo, nos queremos. Y a veces se queda en mi casa y a veces él tiene miedo y yo lo protejo. Mi amigo supo que era hermoso muy tarde, después de una adolescencia dura viviendo en casas tomadas y conventillos, yendo a escuelas donde lo discriminaban por negro, por pobre, por bailar como ninguno, por el pelo rizado, por la ropa.

Pero gracias al pop supo de sí no sólo que era bello, de un modo perturbador, sino que supo de música, de ritmo, de beats, de letras increíbles. Y aprendió a bailar, a moverse como nadie con esos pasos en los que el cuerpo se gobierna antes que la mente, y a tocar, a cantar, a rimar la prosa del dub, la poesía del siglo pasado que entonces se terminaba.

Y cuando supo que inquietaba con su silencio tímido y con su potencia artística se volvió modelo y posó para artistas, y tuvo su banda, y un día se enamoró y se fue yendo todo a la chingada.

Mi amigo tiene recuerdos y en las noches en vela de la cuarentena, que por casualidad finalmente transcurre en mi casa, me cuenta algunas escenas de esa vida de estrella pop, y de laburante, de esfuerzo inmenso por tener lo propio, y de pérdidas y vacíos, de confusiones y de errores.

Y de sus sueños, de los que se sueñan despierto para pensar el futuro. Pero parece que yo no lo sé escuchar lo suficiente y no entiendo demasiado lo que quiere, lo que sueña. Parece que pasarán mil años hasta que pueda conocer a mi amigo. Quizás nunca. Quizás mañana.

Mi amigo tiene recuerdos y un presente en pausa. Y en este presente viral tiene miedo. Entonces, cuando no había pandemias y nos podíamos juntar en la noche transida de baile y ruido, tenía miedo a los fantasmas de su infancia.

Tenía miedo de lo que podía volver de esa zona oscura. Es normal, trato de decirle. Solemos temerle al pasado. A lo que ni siquiera podemos recordar de nuestro pasado.

Ahora, en estos días de pandemia, mi amigo le tiene miedo al futuro. ¿Cómo construir un futuro posible ante la incertidumbre global, el pendiente más intangible y complejo de desarmar de la pandemia?

No nos queda otra alternativa que pensar la elaboración del futuro en múltiples dispositivos nacidos en el pasado reciente, que serán revisitados una y otra vez para capturar aquello que sea esencial.

Lo esencial como nuevo orden de la política en nuestras vidas: bregar por lo esencial, apreciar lo esencial, compartir lo esencial. Una especie de mapa de curaduría global con raíz íntima y local, donde aquellos que produjeron cultura, ideas, metáforas e interpretaciones de la realidad vuelvan a visitarlas, ahora con la conciencia de una finitud masiva.

Nos vamos a morir. Muchos van a morir. Algunos vamos a morir. La conciencia de la enorme vulnerabilidad del humano.

Mi amigo, por ejemplo, podría haberse quedado en la casa de sus padres, que tuvieron que abandonar la que ocupaban en un barrio para mudarse a la de un pariente.

Por eso fue providencial ese encuentro, días antes del anuncio de la cuarentena, y luego aquella noche que ahora parece tan lejana, cuando vimos juntos al presidente pidiendo que nos quedáramos en nuestras casas. Faltaban poco para las doce, y dijimos por qué no hasta el domingo. Y ya pasó un mes y mi amigo en casa y yo sin conocerlo.

En esa dificultad mía quizás leí mal, quizás aún me equivoco, pero pensé en mi amigo en esa casa de otros con otros diez, y pensé que necesitaba estar tranquilo y mi casa es grande, y en la casa de mi familia siempre hubo lugar para los viajeros, para los amigos.

Entonces más tarde creí que el único motivo para que él soportara una convivencia imposible era poner a funcionar las máquinas, sus máquinas, su capital preciado.

Con ellas ha fabricado y mantenido durante los últimos años una marca de ropa. He visto cómo se peleaban por esas prendas los habitués de un antro en Palermo. He visto a estrellitas recién nacidas pelearse por esas prendas en la noche porteña. He comprado esa ropa alucinante para mi hijo, para sus amigos, he regalado lo que mi amigo hace con el orgullo de que lo hace un amigo.

Mi amigo es de esas personas con talentos múltiples y de esos talentos ha entrado y salido, pero siempre regresa a dos que le han dado brillos y dinero: la música y el diseño. Claro que quién hace una fiesta, un recital, un festival, un pogo en estos días.

Y quién va a fabricar ropa en los días que corren, en los días que siguen. Mi amigo no lo duda: debe pedir entonces la ayuda de emergencia. Es lógico. Es lo que corresponde. Como millones de otros emprendedores no hay modo de conseguir ingresos, no hay modo de mover ni de vender nada.

El futuro de pronto son esos diez mil pesos que podrían ser combustible para las máquinas, para volver a la productividad. Pero recién, ahora mismo, en este presente santo, esa mínima bocanada de aire queda en suspenso y no le llega a los pulmones, y mi amigo, desde el otro extremo de nuestro encierro me lo dice con un mensaje que leo, como todo, maldita sea, en la pantalla: su solicitud ha sido denegada.

¿Cómo mi amigo no va a tener miedo del futuro? Aun así, él y millones de trabajadores informales que soportaron ya los cuatro años de pérdidas y recesión, y que pasaron por el 2001 en la calle y gaseados, en la calle y endeudados, en la calle y bailando “Thriller”, a pesar de todo, tiene en su haber el sueño que va más allá de la pesadilla: diseñar y hacer la ropa que le gusta, pasar la música que lo apasiona, organizar las fiestas que sabe, componer canciones, escribir letras, bailar.

Sólo se trata de resistir esta cuarentena, cruzar el umbral de tiempo extemporáneo que nos propone, y volver a arrancar. ¿Fundándolo todo de nuevo? Se trata quizás de cuidar las parcialidades que reconstruimos y hacemos sobrevivir en medio del derrumbe sin lamentar cómo caen las fichas que caen producto de un cachetazo invisible.

El futuro como un armado más arbitrario de lo que en principio te ofertaba un capitalismo prometedor en el que te juraban que vos eras el que elegía.

Si hay un modo de imaginar el futuro es con una consciencia en la que el dispendio de energía en general será clave para una refundación de cualquier tipo. Deberemos elegir entre afectos y amores, trabajos y placeres, ser mucho menos pretenciosos, al tiempo que eficientes en lo que nos dé sobrevivencia.

Cómo haremos para aprender la cuantía de la energía que gastamos en términos materiales y simbólicos. Dinero. Objetos. Goces. Tiempo. Mirada. Escucha. Nuestra disposición hacia les otres. Probablemente al cabo deberemos quedarnos con algunes, como dice mi amiga, no por altruismo si no por sobrevivencia.

De pronto los espacios del estar con los demás, de ser en lo social, en la escena, desaparecen durante la cuarentena. Se diluyen en un futuro cercano.

Al mismo tiempo que el ágora de la escena social se contrae o implosiona, el ágora ficcional de las redes fracasa porque carece de carburante: con qué alimentar el morbo del otro, cuánto tiempo podemos pasar posteando barbijos, cocina casera, recuerdos, cuántos vivos podríamos soportar en los próximos meses.

Ante la pandemia las redes que supuestamente garantizarían en su función fáctica el contacto humano fracasan: lo inexistente del lazo las vuelve evidentemente mentirosas y tóxicas. Se produce cada vez más un repliegue, y un uso irónico toma el control de lo que era felicidad construida. Entre el pudor naciente y la distancia ante la experiencia nada performática del otro la ironía es todo lo que queda.

Salvo para los literales, que siempre tendrán dónde expresarse.

Los que hasta ahora por mandato de clase pasamos por la universidad o tenemos mínimos recorridos artísticos, intelectuales, profesionales, trayectorias emancipatorias, afanes holísticos, ambiciones aspiracionales –en suma, buenas intenciones– nos ha sido difícil sustraernos de un imperativo protocapitalista y binario: existir o sobrevivir.

El imperativo de la existencia, en nuestro deseo –desde la pretensión más psicoanalítica–, en nuestra identidad –para darnos un golpe de ego en la idea de lo singular desde la diferencia obvia del humano contemporáneo en nuestra neurosis urbana, hecha de gestos y escenas.

O el imperativo de la sobrevivencia “hacer” para ganar y pagar. ¿Hay algo malo en ello?

Gracias al virus se retirará de nosotros ese falso dilema moral del sujeto mercancía. Estemos listos para un dilema que nos convocará como ninguna otra crisis nos convocó antes. Ni las dictaduras, porque entonces no había más que escapar, esconderse, aguantar la tortura y el encierro, sobrevivir.

Ni los intentos de golpe. Ni las crisis cíclicas de nuestras economías. Ni las catástrofes naturales. Ni todo el neoliberalismo del planeta produciendo pobreza y saqueando la riqueza de cada nación.

Ni la peor de las músicas, ni el más espantoso de los teatros, ni las series arruinadas en sus temporadas interminables, ni la mala poesía, ni la literatura envasada, ni la falta de deseo sexual.

Lo que nos volverá a poner contra la pared y de lo que no tendremos escapatoria serán el otro y el cuerpo. ¿Solos o con los demás? ¿Solos a salvo, o todos en riesgo? ¿Materia, cuerpo o mente? Cuerpo y pensamiento.

En un solo movimiento hecho de todos los movimientos: masivo, universal, nacional y revolucionario.

En el pueblito del sur del que provengo hubo un día en que muchos creyeron que el mundo se terminaba. A mi abuela Aura le pasó. Para colmo, en esos tiempos, y por puro refugiarse de la borrachera habitual y los palmetazos de mi abuelo Isaías, el obrero socialista, Aura se había hecho testigo de Jehová: ¿qué mejor para un testigo que el fin del mundo?

En lo más bajo del pueblo, más allá de la aldea campesina de mis ancestros, junto al río, en realidad ardía una fábrica de lino. El fuego arrasaba con máquinas y telas, hilos y bencinas. Los productos químicos del laboratorio, los motores, el almacén estallaban como programados por el demonio.

Y en su pequeña casa de madera mi abuela ponía en fila a sus ya casi diez críos para que rezaran a viva voz en un último intento de ganarse la vida eterna antes del Armagedón.

Durante estos días no puedo dejar de pensarla. Aura nació en el campo de Fabiana, una madre que tenía el color, el cuerpo, la tierra de una mujer mapuche, pero con un apellido español o portugués: Carballo.

Las genealogías de cientos de miles de indígenas se perdieron en el tiempo porque los apellidos mutaron cuando a comienzos del siglo veinte niñas como ella eran regaladas a los patrones de fundos, abandonadas en diásporas por invasión de tierras, casadas con hombres a los que no amaron, como don Julio Carrasco, mi bisabuelo. Fabiana pisó una ciudad por primera vez cuando ya era vieja y la amenazaba un cáncer.

La acompañó mi tía Ivonne, la hija menor de Aura, melliza de Iván; solía representar un número cómico en el que la abuela se miraba frente a los grandes espejos de una galería comercial metropolitana sin saberlo, desconociéndose a sí misma: pase mujer, pase, qué porfiada por dios esta mujer.

Le decía, a esa desconocida con cara de india que la imitaba en cada movimiento del otro lado, en ese mundo en el que la imagen de uno mismo valía poco, porque ella vivía sola en su parcela, rodeada de animales y árboles, con la tierra.

Crecí con mi madre repitiendo: esto es el fin del mundo. Cada evento trágico en la familia, el fin del mundo. Un hombre abandona a su mujer, el fin del mundo. Una mujer a un hombre, el fin del mundo. Su hijo mayor gay. El fin del mundo.

Cae el muro de Berlín, el fin del mundo. Su hijo menor gay. El fin del mundo. Se muere Aura de un derrame cerebral, demasiado joven, justo cuando dejaba de sufrir. El fin del mundo. Se divorcia su único hijo heterosexual. El fin del mundo. Dos aviones se estrellan contra las Torres gemelas. El fin del mundo. Un tsunami arrasa con los pueblos de pescadores, el fin del mundo. Se divorcia su hijo menor. El fin del mundo.

Estalla Chile y se prende fuego. El fin del mundo. Se cae de una escalera y se fractura la muñeca, el fin del mundo. Un virus encierra a la humanidad y mata a decenas de miles.

Eso, el fin del mundo. Y al instante siguiente ese montón de inteligencia que ha sido y es mi madre se rebela. Siempre desde el sur dice: para empezar, al fin y cabo, el virus no es tan idiota; es lógico que nos vayamos a morir primero los viejos.

Luego: encerrarnos y que el mundo cambie para siempre cuando hayamos vuelto tampoco es una desgracia. No exageremos. Dice. Resistir, hemos resistido y sabemos hacerlo. Dice. Ella pudo salir del pueblo, del campo, de la colina, del río, de la noche. Ella pudo cruzar la cordillera y salvarse. Pudo olvidar. Pudo acordarse de vez en cuando.

Y a cada paso pudo asumir que el mundo no se termina. Que el futuro es lo único ineludible. Mi abuela no sabía cuándo se hincó a pedir perdón por sus pecados –qué pecados pudo cometer una campesina que pasaba el día en botas de agua enterradas en la tierra cultivando frutillas, grosellas, habas, papas y flores, bajo la lluvia eterna de los sures, acaso pegarles a los hijos— que mientras lo hacía, mientras pedía a dios que le reservara un lugar en el paraíso, ella y todos sus hijos y mi madre resistían.

Algo parecido hacemos en estos días de encierro: rezamos, aunque agnósticos, aunque ateos, aunque mundanos y abúlicos, aunque deprimidos.

Porque, ¿qué es sino rezar ese viaje interno al que tarde o temprano nos obliga la inminencia del contagio? ¿Qué es sino una prédica ese revolver cajas de fotos viejas buscándonos afanosamente en el futuro que fuimos? ¿Qué si no un rezo ese diálogo selectivo que comenzamos con algunos y contados otros, ese descubrir de pronto un libro que tenía todo el sentido, una película que debimos ver en aquel momento, una pista ficcional de lo que haremos y seremos cuando esta pesadilla se termine?

La pesadilla de la desaparición del mundo no es la que nos impide dormir algunas noches, como a mi amigo. En nuestros sueños desaparecen cosas, casas, autos, ropas, celulares, viajes, cumpleaños, vacaciones, televisores, objetos. No sé si desaparecen personas, eso sería un sueño repetido, la pesadilla real del pasado.

Desaparece lo tangible. Partes. Piezas. No desaparece el todo. El todo se vuelve más bien caótico. En el horizonte el futuro amenaza con su desaparición, pero es como el reto de un padre permisivo: no llega a ser cierto jamás, opera como un fantasma débil e ineficiente.

Eso es lo peor; sabemos que el futuro nos pisa los talones y no sabemos cómo es, qué cara tiene, cómo se llama, de qué modo nos permitirá sobrevivir, cómo afectará todo lo que lo ignoramos en nuestras arriesgadas existencias.

En estos días los filósofos que arriesgan hipótesis más o menos insurgentes sobre nuestro futuro, casi siempre europeos, suelen citar a Walter Benjamin, el alemán que escribía en el París de la resistencia con una máscara antigás al alcance de la mano. Los filósofos, casi siempre varones, debaten sobre este momento histórico: que es como una guerra, que de ningún modo es una guerra.

Por aquellos días en plena guerra mundial Benjamin lo tenía claro: “si el enemigo vence no estarán a salvo ni los muertos. Y es ese enemigo que no cesa de vencer”.

No estamos en una guerra, lejos estamos de estarlo. Pero quizás sí debamos pensar que estamos por primera vez en doscientos años ante un enemigo claro. Y ese enemigo no es el coronavirus.

Pero al mismo tiempo la confusión reina cuando las estructuras apenas comienzan a derrumbarse en sus cimientos. Ante este temblor del que apenas escuchamos un primer y leve zumbido los edificios del sistema económico prefiguran la fractura de sus pilares.

Las sociedades ya saben que la democracia no alcanza y cruje como el mejor sistema conocido para mejorar la vida de los ciudadanos. Qué puede pensarse sobre el futuro cuando sólo tenemos un diagnóstico nebuloso que negamos todo lo que podemos como hacen los moribundos cuyo dolor se mitiga por el oficio de la morfina.

Repensar el futuro implica entonces un esfuerzo impensado de imaginación y creación, ciclópeo, colectivo. Repensar y refundar el futuro es mucho más que salir de esta crisis que ya se sabe llevará al menos dos años dejar de respirar y que preanuncia un mundo tanto más complicado y para colmo asolado por la presencia de los microorganismos que muestran su inteligente poder.

Distinguir entre el humo de bombas de sentido lanzadas por las súper potencias disputándose el recurso natural, los mercados, la posesión de los datos de millones de ciudadanos, las rutas, el litio, el petróleo, el agua, es al menos difícil.

En esa confusión, activistas, líderes políticos, de opinión, luchadores de toda clase, pueden entrar en pantanos si se dejan llevar por las primeras impresiones.

Quizás la confusión mayor esté en torno a la función, misión y el carácter dominante de la tecnología. Su condición demoníaca, como la del propio virus, no hace más que dejarla en manos de las corporaciones que detentan la creación y el uso de redes neuronales algorítmicas cuyo funcionamiento y lógica desconocemos tanto como el mundo infinitesimal de bacterias y virus.

La condición viral como significante de época nos seguirá atravesando. En un mundo dominado por los humanos el fin se presiente de mano de los humanos.

La supremacía de lo humano puede ser el fin de lo humano. En esa paradoja cruel se juega el destino después de la pandemia.

La preservación de lo que queda, las luchas ecologistas alimentadas por la visión humanista del feminismo y de las políticas no binarias –más allá de la cuestión de género incluso—vienen a darnos hoy algún alimento para comenzar a pensar: sólo queda pendiente qué construcción puede hacer esa teoría en danza y esa praxis activista por frenar la destrucción del planeta con una economía que proteja a los más débiles y le ponga un freno a la acumulación pornográfica y al capital financiero.

Este pensamiento por primera vez en mucho tiempo exige intercambio intercontinental, y debe tener al sur como eje crucial para una verdadera innovación: los casos particulares darán cada vez más sentido a un pensamiento internacional.

Es lamentable leer a los Sopa de Wuhan enfrascados en una disputa por el batacazo filosófico al aplicar sus teorías con fórceps sobre lo real acontecido a la humanidad.

El mundo, lo hemos visto en noticias perdidas y en algún documental veloz, ha sufrido pandemias de modo cíclico. La peste negra, que azotó Europa entre 1347 y 1353 hasta diezmar ciudades y campos, reinos y estados solo había sido precedida por una de igual virulencia, en tiempos del emperador Justiniano, siglo VI.

Esa peste que nacía en las ratas negras y se movía a través de las pulgas viajaba en barco, y se esparció por el viejo mundo desde oriente a occidente gracias al comercio: entró por los puertos y avanzó sin piedad sobre ciudades primero, sobre caseríos después.

Produjo un caudal de muertos que estremece: se habla de un 60 por ciento de toda la población de la península Ibérica. Recién en el siglo XIX los primeros investigadores científicos descubrieron que se trataba de una bacteria: inflamaba ingles y axilas, atacaba ganglios con rapidez, y en algunos se convertía en septicémica, es decir entraba en la sangre a toda velocidad pudriendo el organismo.

Tenía una segunda manera de matar: la peste neumónica, más parecido a nuestro coronavirus, producía una tos que infectaba por el aire. En la Argentina la fiebre amarilla atacó entre 1852 y 1871 y solo en Buenos Aires mató al 8 por ciento de los porteños, unos 14 mil en todo el país.

Llegó desde el Paraguay y luego en barco desde Brasil. Dividió la ciudad en dos: el sur de los pobres, el norte de los ricos. Más tarde la influenza vino desde Europa en 1918 y golpeó en tres oleadas hasta 1920 dejando unos 20 mil muertos.

Aunque al comienzo no distinguía entre pobres y ricos terminó acorralando a los más desprotegidos, sobre todo en las provincias del norte donde dejó en evidencia un sistema de salud entre precario e inexistente.

Conocida como la gripe española, la influenza fue quizás el motor del primer gran ocultamiento de las potencias embarcadas en la primera guerra mundial. Millones de muertos escondidos en camiones militares y enterrados en fosas comunes.

Esa pandemia inaugura una noción de mundo global. Un historiador de la época habló de “la unificación del mundo por la enfermedad”. También dejaba claro que la ciudad industrial implicaba muerte y enfermedad.

El coronavirus ha llegado a nuestras casas en avión, a mil kilómetros por hora. Nuestro virus se inserta en ese linaje moderno de pandemia. La ciencia se enfrenta a ellas desde entonces, esa pelea es una batalla que el mundo ha dado, conoce. No es una guerra.

Desde que nos exiliamos y nos refugiamos en la Argentina mis defensas bajaron y mi cuerpo casi no tuvo tregua. Fui un niño enfermo. Estaba enfermo porque era un niño demasiado femenino y por eso me trataban con hormonas.

Pero por las dudas mi cuerpo se encargaba de confirmarlo: anginas extirpadas, hepatitis, sarampión, tos convulsa, gripes, fiebres inexplicables me llevaban con frecuencia al hospital. De niño quería ser médico, era lo más romántico que se me ocurría podía ser siendo adulto.

En esas largas convalecencias me volví escritor. Escuchaba sin remedio a mi madre contar su vida de niña proletaria. Dos escenas me enseñaron de qué se trataba ser pobre. Nuestro ascenso social gracias al éxito de mi padre como inventor no me privaba de la conciencia de esa vulnerabilidad.

Cuando mi madre aún era una niña al pueblo en el sur llegó un brote de viruela. Último estertor de una peste antigua, que desapareció de América Latina recién en los ochenta. La peste atacó a sus padres y para protegerlos debieron repartir a los chicos entre parientes y allegados.

A ella la enviaron al campo de su abuela. Allí sufrió el abuso de uno de sus familiares, ese aislamiento le rompió la inocencia y la signó el resto de su vida. Cuando ya tenía doce años mi madre debió atender el parto de los mellizos que nacieron en la casa.

El niño, Iván, nació sin problemas. La niña, Ivonne, venía atravesada. Se moría. Mi madre tuvo que salir a atrapar una gallina negra con la que la partera hizo una ceremonia y salvó la vida de la criatura.

Días después el terremoto más grande de la historia estremeció a todo Chile. En el sur un tsunami inmenso se llevó pueblos y hundió ciudades. La familia salió de la casa, todos corrieron a ponerse a salvo.

Pero en la fascinación por la niña, se olvidaron del niño. Mi madre entró a la casa bamboleante y salió con él en brazos. Corría desesperada cuando la tierra se abrió bajo sus pies como un pan caliente que recién sacamos del horno.

Mi madre supo entonces cómo sobrevivir: abrió las piernas, como jugando a la rayuela hasta que la tierra volvió a cerrarse. A su alrededor morían sus vecinos, tragados por la tierra enfurecida. ¿Cómo era el futuro para esa niña sobreviviente? ¿De qué estaba hecho el porvenir de una nena que se salvó del fin del mundo? ¿Podemos nosotros pensar en este estadio de la peste global en un futuro posible?

La pregunta por el futuro que nos depara una economía en crisis extrema, la idea de una post-guerra en la que los estados vuelven a potenciar su capacidad de ordenar y organizar a las sociedades no deja aun lugar para la pregunta por el individuo y su rol como constructor de lo colectivo.

No hemos pensado juntos ese futuro, es por ahora una quimera. ¿Cómo pensar el futuro cuando aún no hemos visto los muertos? Eso será lo que nos termine de confrontar a lo estructural, que es subjetivo y político de un modo que nunca antes pudimos encarnar.

La vulnerabilidad extrema es esa, la muerte masiva y caprichosamente selectiva del virus. La muerte se anuncia, la enfermedad se declama. La imagen de cientos de camas en hospitales de emergencia, cientos de camas vacías que nos esperan.

Vivimos el estrés de lo por venir, no somos dueños del devenir, no logramos devenir encerrados en nuestros espacios íntimos.

Tras la fiebre amarilla en Buenos Aires hubo un cuadro del pintor uruguayo Juan Manuel Blanes que lo dijo todo cuando la fotografía no existía. Lo describe en un artículo de La Nación la periodista María Paula Zacharías: “Dos hombres abren una puerta y encuentran en un cuarto lúgubre el cadáver de un hombre en la cama, el cuerpo ya descompuesto de una mujer hermosa en el suelo y un bebé tratando de alimentarse de ella”.

Y cita a la historiadora del arte Laura Malosetti: “Blanes hizo que los espectadores llorasen por esa madre. Y los que están atrás de la escena con un pañuelo en la nariz son el que tiene miedo y sin embargo es responsable.

El efecto es perturbador: Blanes abre la puerta y pinta esa mujer, un ángel caído. Compasión, conmoción: una piedad compartida”. El cuadro fue expuesto en el antiguo Teatro Colón y los porteños hicieron larguísimas filas pagando una entrada solidaria para verla.

Fue un ritual fúnebre colectivo. ¿Cómo haremos nosotros para despedir a nuestros muertos futuros? Por más que asumimos responsablemente el aislamiento como la mejor manera de resistir la pandemia es difícil imaginar un regreso paulatino, lento, progresivo.

En nuestra imaginación argentina honrar siempre ha sido una ceremonia multitudinaria. ¿Tendremos una fiesta al final? ¿Habrá ceremonias para celebrar el fin de la pandemia? ¿Qué reemplazara al cuadro de Blanes?

Extraño tiempo muerto el de esta semana santa que al menos nos permite pensarnos en la incertidumbre. Así podemos escuchar que no somos víctimas del encierro. Porque no somos víctimas del encierro.

Pero tampoco podemos conformarnos con ser solo actores del aislamiento. Lo que nos puede volver víctimas es creer que lo único que debemos hacer es quedarnos en casa. El futuro está en la fuerza y la capacidad que tengamos para repensar el mundo sin la nostalgia del pasado por más revolucionario que haya sido.

En la valentía de mirar el virus como parte inherente de una naturaleza que nos habla sin metáforas del fin de una época en la que lo humano se ha excedido hasta estallar el futuro.

Si de algo me puedo abrazar esta noche es a la imagen de Aura cultivando la tierra. Del virus nos salvaremos. Del mundo tal como está, tal como es gobernado por las corporaciones y el capitalismo financiero no.

Me quedo con esa mínima porción de tierra cultivada, con la noción de espacio, de geografía, de frontera, me quedo con el cuerpo que no está escindido de la tecnología, de la basura. El mar, la montaña, el desierto son lo que permanece.

Casi lo único que podemos mirar y sentir para buscar sosiego en estos días es el sol que entra por nuestras ventanas, llega a un rincón de nuestros encierros y nos llena los pulmones de vitalidad extrema alejándonos de las pesadillas, quitándonos el miedo.

La resistencia apenas comienza. Y en su ADN es viral y revolucionaria. El futuro es esto que nos pasa hoy y nadie podrá evitar que sea nuestro futuro.

** Escritor y periodista. Fundador y director de Anfibia, y de Cosecha Roja, la Red Latinoamericana de Periodismo Judicial. Desde comienzos de los 90 se dedicó al periodismo de investigación y a la escritura de crónicas en los diarios Página/12, Clarín, Crítica de la Argentina y en las revistas TXT, Rolling Stone y Gatopardo

La antología está disponible para descarga gratuita en la web www.argentina.gob.ar

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