Edición Impresa, Espectáculos

Estreno en gira

Un costumbrismo que singulariza un momento del pasado reciente

Daniel Veronese habla de “Los Corderos”, una producción del Teatro Nacional Cervantes donde dirige a un elenco notable. Esta noche, mañana y el domingo, en el teatro municipal La Comedia, de Mitre y Ricardone.


Un texto emblemático de finales de los años 90, revisitado y traído al presente continuo del costumbrismo argentino de todos los tiempos, aunque con la impronta de Daniel Veronese, un creador que acercó su teatro al público sin perder misterio, profundidad y sobre todo multiplicidad de sentidos. Se trata de Los Corderos, una producción del Teatro Nacional Cervantes que esta noche y mañana a las 21, y el domingo a las 20, se presentará en el teatro La Comedia (Mitre y Ricardone).

Protagonizada en la actualidad por Tamara Garzón Zanca, Tony Lestingi, María Onetto, Gonzalo Urtizberea y Patricio Aramburu (en reemplazo de Diego Velázquez), Los Corderos “es una obra que podría enmarcarse en un costumbrismo perverso, en un realismo sin magia, terrenal y sucio”, según el autor y director. A la casa de la familia, que componen Tono, Berta y su hija, es llevado un hombre atado y con los ojos vendados. No se sabe el motivo. En el lugar sólo están Berta y la hija. El que llega, de esta manera abrupta y forzada, es un amigo que reaparece así en la vida de esta familia después de 20 años. En ese mismo contexto, una valija guarda el secreto de ese tiempo transcurrido. Y ese hombre llega para mostrarles que, aun después de 20 años, el pasado puede destruirlo todo, puede destruir la paz y la tranquilidad, falsas pero necesarias, en la que convive esa familia. En escena está todo muy bien dosificado por un creador que, a su modo, dio comienzo a una nueva etapa en el costumbrismo de impronta local, dada su marcada acidez e ironía, y su forma de construir y deconstruir los personajes, generando siempre una atmósfera incierta y al mismo tiempo posible.

“Esta es una obra de mi dramaturgia temprana donde yo admiraba y leía con mucha vehemencia a Tato Pavlovsky y Griselda Gambaro y les copiaba, los plagiaba; es algo que puedo decir porque ya se los dije a ellos en su momento así que tengo su bendición; además eran los dramaturgos que más me interesaban de aquella época”, dijo, con humor, Daniel Veronese, para plantear cierta impronta críptica de aquella primera versión de la obra publicada en 1997 en su libro Cuerpo de prueba.

“Ese texto quedó cajoneado hasta hace unos cinco años, porque en aquella época yo no dirigía mis trabajos y, más allá de algunos intentos, nunca se estrenó. Entonces, a un grupo español que suele venir a la Argentina y que yo dirijo en mi taller, y que luego estrena en España, le gustó ese material. Lo empezamos a trabajar, con muchos cambios del texto original, y la verdad es que el resultado me interesó; tras ese estreno en España también la estrenó otro grupo con el que suelo trabajar en México y faltaba la versión argentina que es esta. Con este equipo de actores volvimos a trabajar en una versión que hoy creo que es la más completa porque se acerca más a mi dramaturgia actual”, expresó el director que experimentó un fuerte cambio en la impronta de su obra luego de adaptar una serie de piezas clásicas de Chéjov, denominadas Los hijos se han dormido o Un hombre que se ahoga, herederas de La Gaviota y Las tres hermanas, respectivamente, entre otras.

El director, que también en estos años hizo un importante salto al teatro comercial sin perder calidad, analizó el concepto “naturalismo perverso” con el que presenta esta pieza. “En realidad, es ese momento terrible de los proyectos cuando me piden que defina de qué se trata; siempre digo que lo que tengo para contar está en el papel y con los actores, eso es lo que tengo para decir. Sin embargo, siguen necesitando una explicación y lo entiendo, pero para mí implica tener que desnudar algo que me costó mucho armar. Por un lado, este material es costumbrismo argentino porque lo que pasa no podría pasar en otro país. Pero además yo soy argentino, como también lo son los actores y también mi imaginario; y entre todos vamos creando una atmósfera que no puede no ser argentina. Pero es, también, un costumbrismo porque la obra se asemeja a las llamadas comedias de puertas, con una serie de entradas y salidas que sirven a los efectos de ocultar o mostrar algunas cosas de los personajes. Y es un «costumbrismo perverso», porque es perverso lo que pasa; pero hay algo perverso en el origen de este material que fue escrito en los años 90. En 1996, en aquellos años de nuestra democracia, todavía nos rondaban los fantasmas de la dictadura que estaban muy presentes, y hay todo un grupo de creadores de aquellos años donde esa perversión aparecía, algo que hoy ya no aparece tanto en el teatro”.

Definida también como “una parábola sobre la fragilidad humana”, la obra trasciende el despojado espacio escénico en el que transcurre para posibilitar otras lecturas acerca de la ambigüedad entre el bien y el mal en las relaciones humanas. “Ya no hay lobos, sólo corderos, víctimas”, sostiene este creador en cuya obra se decanta una irreductible crítica a la sociedad contemporánea.

“La obra tiene que ver con un estado de cosas de aquellos años que yo respeté, pero la perversidad también aparece con un sentido crítico hacia la sociedad a la que pertenece esta familia, que no aprende y que repite sus errores; una sociedad que no encuentra salidas inteligentes a los problemas profundos es una sociedad que entabla mecanismos perversos”, analizó el director. Y completó, respecto de lo que en la etapa posterior de su obra definió como “un nuevo tipo de violencia en el aire”: “En los años 90 había cosas que aún no se reconocían con respecto a lo que había pasado en la dictadura; en aquellos años yo hablaba de ese tipo de violencia que estaba instalada, en el aire. Un país que no reconoce y busca entender su pasado tiende a repetir los errores, de eso también está hablando esta obra como otras de aquellos años, donde la problemática de la violencia y el tema de los desaparecidos atraviesa el material de un modo poetizado. Y, por otro lado, entiendo que todo eso se ha diluido. No estoy diciendo que las cosas estén resueltas, pero sí hay una parte importante de la sociedad que acepta que las cosas se han hecho mal y que esas mismas cosas no nos tienen que volver a ocurrir, más allá de no perder de vista que hay otras personas que las defienden y las reivindican. Pero ese no es un problema de «no entendimiento», sino que es un problema ideológico”.

Comentarios