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Opinión

Sobre la ciencia apolítica


La ciencia, a partir del tardo-medioevo, y la tecnología, desde la era industrial, pasaron por etapas signadas por la ideología de cada época. La producción y el manejo del conocimiento, interdependiente con la base socio-económico-cultural, apoyan la idea de una ciencia no-neutra en opinión de muchos epistemólogos y científicos. Realidad asumida con silencioso fastidio por otros, o rechazada por académicos puristas.

Es claro que la vida académica de muchos científicos –desde Galileo– se adaptó a la ideología imperante. En consonancia con la revolución científica, se instaló la impronta de ciencia pura apoyada en la raíz elitista de sus dirigentes. Luego, la revolución industrial orientó la transferencia de la tecnología hacia los intereses burgueses. Y el mundo aceptó con naturalidad los subproductos de la industria bélica: anestésicos y antibióticos, radares y transistores, genes artificiales y metales informáticos, etcétera.

La ciencia –y su misión de contribuir al conocimiento– también fue mutando. Hoy, pocos mencionan la ciencia pura y, con supuesto alejamiento del elitismo bienpensante, se crean los conceptos de ciencia básica y ciencia aplicada.

La ciencia y tecnología (CyT) fue aggiornada en todo el mundo con la palabra “innovación”. Pero cabe preguntarse si este binomio no debería integrarse con el concepto de ideología, lejos del miedo a esta vapuleada palabra y consciente de su importancia en decisiones sobre el modelo de CyT en su entorno social.

Neoliberalismo y científicos

El actual paradigma neoliberal-posmodernista, con apariencia de teoría económica, conforma una base socio-económico-cultural: una ideología impuesta como expresión extrema del capitalismo. Y al dar una vuelta de tuerca a la eficacia y eficiencia de la CyT, privilegió los procesos y productos como transacciones de mercado. No es ocioso mencionar que la ciencia, los científicos y sus instituciones han sido funcionales a este modelo, no sólo en países centrales sino también –como buenos discípulos– en países periféricos.

La ilusión del Estado de bienestar atado al capitalismo y desarrollo industrial cedió paso al descarnado hipercapitalismo neoliberal, con empresas supranacionales hegemónicas que superan a los gobiernos constitucionales.

Este gerenciamiento del mundo por el poder real enmascara los cambios que el ciudadano raso sólo conoce por el discurso dominante y, detrás de su máscara económica, impone la erradicación de la política como medio para resolver los problemas del ser humano. La ciencia, los científicos y sus instituciones no fueron ajenos, sino partícipes activos, conscientes o no, de esos cambios.

Sin embargo, el análisis de ciencia y neoliberalismo sólo es abordado por algunos académicos del Tercer Mundo o por escasos contestatarios del primero.

Los científicos de las llamadas “ciencias duras o experimentales” no opinan, lo cual resulta un apoyo tácito al establishment. ¿Será que el neoliberalismo no llamó a sus puertas? ¿O llamó, entró, pero no lo advirtieron? ¿El espejismo de la ciencia neutra les impide ver bajo qué paraguas trabajan? ¿O la ciencia pura y profunda les dificulta percibir al ser humano en su base social?

En el mundo global, las experiencias más compartidas entre los científicos derivan de hechos supuestamente ajenos a la CyT: altibajos socioeconómicos, vaivenes democrático-autoritarios, cambios del sistema, coyunturas contradictorias (subsidios sin tesistas o tesistas sin subsidios), trámites kafkianos para importar una tachuela, etcétera.

También se comparte la ausencia de objetivos sociales en la prioridad de la CyT. ¡Y aún se pretende defender una ciencia “neutra”!

Los científicos no debieran desconocer el divorcio entre las metas de la CyT y el bienestar social. ¿Por qué, entonces, “de eso no se habla”? ¿Por qué se discuten experimentos, resultados y papers, pero poco sobre política científica, excepto en selectos cenáculos? ¿Por qué los discípulos siguen emigrando al Primer Mundo para trabajar en temas que allá interesan, con poca voluntad de regresar?

Responsabilidad social

Se sabe que luego de la Guerra Fría vino el discurso único neoliberal y el reemplazo del golpe de Estado violento por el institucional, sin escatimar explícitos daños colaterales. El análisis filosófico y la discusión política fueron reemplazados por el lucro y la especulación financiera, un mundo restringido a superelites, donde los jefes de Estado se transmutaron en ejecutores factuales y los dirigentes empresarios decidieron el futuro del planeta.

La ciencia, los científicos y sus instituciones, que no son puros, virtuosos y cristalinos, se adaptaron a ese escenario. Es imperdonable que los científicos desconozcan la inserción genuina de la ciencia en el contexto social regional y mundial. Sin embargo, en pleno siglo XXI, muchos muestran una desembozada defensa de la ciencia virginal y socialmente neutra.

Algunos supuestos eruditos defienden el apartidismo científico, al tiempo que atacan las bases de gobiernos democráticos proponiendo estrategias destituyentes. O proponen como ejemplos a Gandhi y Martin Luther King, olvidando que la India es aún una (neo) colonia aunque con premios Nobel, y que Estados Unidos está lejos de la pretendida igualdad de los negros con los rubios de ojos azules.

A los científicos puristas del ala neoliberal no se les cae del portafolio la defensa de la república y su sistema de partidos como base democrática. Debieran saber que, desde la antigua Atenas, la democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Y eso está lejos de cumplirse en el actual mundo globalizado.

Ese científico impoluto también confunde la discusión político-ideológica con las fracciones enfrentadas en irreconciliable postura. Debiera saber que en las aulas y laboratorios se enseña y se investiga, pero también se discute. Hasta en universidades de la ejemplar Suecia se discute política.

Como patéticos científicos apartidistas interesados en su país, repiten el falaz y pueril latiguillo: con nuestros impuestos, sostenemos a los empleados públicos (docentes e investigadores) para que cumplan sus funciones, incitando un oportuno desinterés para la discusión política.

Convendría recordar que los dinosaurios son fósiles extintos, aunque se suele llamar dinosaurios vivientes –entre otros– al Celacanto y, por extensión, a ciertos Homo sapiens por sus atributos todopoderosos, pretendida impunidad, criticismo sin autocrítica, ambivalencia, arrogancia y maniquea ignorancia de grises.

La subespecie Scientificus apoliticus es tradicionalmente conservadora.

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