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“Sharp Objects”, bajo el horror de lo “normal”

“Sharp Objects” propone un intenso thriller psicológico donde una periodista investiga el asesinato de dos niñas mientras se reencuentra con dos mujeres de su misma familia en un pueblo donde nada es lo que parece ni nada es como se dice


El esquema de Sharp Objects parte de una premisa recurrente en numerosos relatos, pero que tal vez se halla afianzado en el portentoso y hegemónico  imaginario norteamericano instalado por el cine y las series contemporáneas. Se trata de la llegada o el regreso de alguien (policía, periodista, abogada/o) a una pequeña comunidad de la Norteamérica profunda con el fin de investigar un crimen, y para dejar que desde allí, desde ese reencuentro entre dos mundos (en general desafortunado, un choque), se vaya deshilvanando y desnudando la trama de un mal radical que hace metástasis en todos los vínculos de ese micromundo alejado de la dispersión y el anonimato de las grandes urbes.

Ya en esta sección, hace poco tiempo, se hablaba de Castle Rock, otra serie reciente que planteaba una perspectiva singular de este esquema reelaborando elementos del universo de las novelas de Stephen King. El punto discutible, tanto en aquélla como en ésta y en muchas otras series contemporáneas que trabajan el tema, es la amenaza siempre latente de convertir en un clisé modernista y segregacionista una problemática que discurre sobre ese delgado límite en el que, de algún modo, se pone en perspectiva una especie de distinción “moral” entre la urbe y el pueblo, entre la capital y el interior. ¿Cómo entra entonces Sharp Object en el desarrollo de esta problemática ya un tanto ríspida de los estereotipos? De seguro, de un modo subyugante y perturbador por ciertas singularidades, pero también de un modo algo indeciso, maniatadas sus potencias por una puesta en forma que no logra, del todo al menos, profundizar en el trabajo sobre los estereotipos que parece estar propuesto, pero no eficazmente cristalizado en el relato.

Pasado arrasador

En Sharp Objetct, el eje es Camille (una maravillosa Amy Adams), periodista de baja categoría que vuelve a su pueblo natal en Misouri para relevar el caso de desaparición de una adolescente. Allí debe reencontrarse con su madre, Adora, y con una media hermana a la que casi no conoce, Amma. Esto, en el medio de todo lo supuesto en su regreso a un pueblo que no es sino una suerte de caldera de todo tipo de violencias, propias de un extremo conservadurismo heteropatriarcal. Camille, años atrás, había decidido abandonar ese pequeño infierno (del que poco a poco se sabrán algunos detalles), convirtiendo desde entonces a su cuerpo en un palimpsesto cartográfico de aquella barbarie vivida. Los “objetos filosos” a los que alude el título, son, en parte, esos objetos con los que Camille talla en su piel los signos memoriales de un pasado arrasador. Pasado del que se quiere alejar, pero que mantiene a flor de piel en esa escritura sangrienta que hace de su cuerpo el soporte de un autocastigo incesante.

Terror radical

Camille, Amma y Adora configuran el triángulo basal sobre el que se despliega toda la oscuridad de la trama. Es entre ellas, y a partir de ellas tres, donde se juega el mundo de Sharp Object, un mundo arrojado hasta lo indecible: matar con bondad, amar hasta el terror, cuidar como quien destruye o destruir como quien ama. En algún punto ya no hay diferencia. Sólo queda la distinción espuria marcada en los estereotipos. Asumir el destino de una imagen que se entronque en el conjunto de las convenciones, en la estructura de la “normalidad”, de lo aceptado, mientras que desde el fondo la tensión del horror desborda el clisé sin fundamento del falso cuidado mutuo. Afianzarse en ellos, en los estereotipos, supone por lo tanto mantenerse al resguardo de la estigmatización, sostenerse en una imagen que reprime el horror para desplazarlo al campo de lo no dicho. Y es que no es en esta trama de relaciones interpersonales, el odio lo que amenaza al amor, sino el terror. El terror mismo, radical. El horror como lo que subyace en el fondo de toda relación. Lo que recae fatalmente en el territorio de lo indistinto es el cuidado y la destrucción: “matar con bondad”, es una de las paradojas más bellas e insostenibles propuestas en Sharp Object desde las relaciones entre madres e hijas. Y es que son ellas, nuevamente, Camille, Amma y Adora, las que se articulan en un juego tan tenso como indescifrable, tan críptico como retorcido. Cada una debe asumir un rol, encarnar el estereotipo reclamado por el conjunto social, hasta el punto de perderse en esa inautenticidad y “desoír” el daño infligido o autoinfligido. Entre ellas se da un continuo juego de conocimiento, desconocimiento, reconocimiento, identificación y autoconocimiento, que se despliega hacia el exterior y sirve de fondo para poner al descubierto la intensidad de toda la miseria del pueblo.

Furia femenina

Cada personaje es un estereotipo, pero Camille, Amma y Adora desbordan esa figura. Dejan ver los hilos con los que se construyen, iluminan el fondo vivo sobre el que se dibuja esa figura muerta y hacen revenar el clisé que ellas mismas erigen para sí mismas. Los demás, los personajes que giran a su alrededor, son apenas una comparsa sin espesor. Sobre todo los  varones, estereotipos sin profundidad, chaturas que se asumen sin residuos como el rol que se les asigna, sin contradicciones ni complejidades, que llevan a cabo sin fisuras la tarea que les toca en suerte en el relato. Y es que, en gran medida, ése es el gran tema de Sharp Object, su gran hallazgo: la devastación de los estereotipos, es decir, de las imágenes dominantes que proponen una composición escandalosa del mundo. Pero aquí, el estereotipo se desarma contra sí mismo desde el horror patriarcal que lo instituye, haciendo carne en una especie de “furia femenina” destructiva y autodestructiva que ilumina lo más oscuro de ese infierno mentido bajo los oropeles de un conservadurismo anquilosado.

No le cuentes a mamá

Ahora bien, el problema con Sharp Object es quizás la mano insegura de Jean-Marc Vallé, quien lleva adelante la serie dirigiendo todos los capítulos. Vallé no está a la altura de la historia ni de los personajes, y mucho menos a la altura de las exigencias de ese relato que pretende desmantelar los estereotipos (la historia es una adaptación de la novela homónima de Gillian Flynn). Vallé tiñe todo de una remanida sofisticación de manual, y remarca justamente en sus personajes aquello que debía permanecer en lo sugerido. Pero extrañamente, a pesar de esta impericia, el relato se desborda a sí mismo y sale airoso. En las contradicciones entre una historia que problematiza la imagen y el estereotipo,  y una puesta en forma que los afirma en su chatura, se despliega aquel conflicto, de un modo tal vez impensado e incluso fascinante, hasta estallar en la demencia de un final rayano en las desmesuras del terror gótico.

“No le cuentes a mamá” es la última línea proferida en el relato, y, sin revelar nada aquí, se puede decir sin embargo que en la simpleza de esas palabras se ilumina la perturbadora y contradictoria  complejidad de este cuento de terror en el que brillan, sin dudas, esas tres mujeres  maravillosas, ese trío endemoniado que deja a la intemperie y a plena luz las condiciones de un mundo invivible en el que el amor y el terror se proponen como una misma cosa.

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