Televisión

“Dietland"

La violencia como herramienta útil

Planteada desde una perspectiva feminista, “Dietland” aborda la historia de una mujer cuya gordura, asumida negativamente por ella desde las normas hegemónicas de belleza, termina por arrastrarla en una caída vertiginosa hacia una violencia emancipadora.


Por Gustavo Galuppo / Especial para El Ciudadano

Dietland puede considerarse como parte de un fenómeno televisivo contemporáneo cuyas implicancias aún no se pueden atisbar con claridad. Se trata de la asunción de una perspectiva feminista en las series que en primera instancia revierte el modelo narrativo hegemónico, anclado históricamente en la espectacularización heroica de los privilegios del varón y en la naturalización de la subalternidad de la mujer. Si la mujer, desde las reglas de la construcción normativa acordes a una sociedad de consumo instaurada sobre el rango y la dependencia, ha sido relegada al rol de vacuo engranaje narrativo que justifica las acciones del héroe, estas series giran violentamente la trama y ponen en evidencia los desastres de esta puesta en escena de la desigualdad. Pero si el activismo feminista supone hoy la amenaza más contundente al edificio patriarcal del capitalismo, su tematización en el interior de una industria como la del espectáculo puede generar ciertas dudas en relación a sus intenciones como propuesta libertaria, teniendo en cuenta que la industria audiovisual es y ha sido uno de los pilares de la desigualdad de género desde la primera mitad del siglo XX.

Romper el molde

La serie Dietland se suma a propuestas virtuosas como The Handmaids Tale y Alias Grace (ambas inspiradas en libros de Margareth Atwood), afirmándose con solvencia en el tembladeral que supone esa gigante industria de la insatisfacción que promueve visibilidades e invisibilidades jerarquizadas, ancladas en privilegios de género y de clase. Pero Dietland tematiza de modo irreverente ese problema de la subsunción de las posturas libertarias en los discursos normativos administrados desde los medios. Esta serie, en ese punto, se torna revulsivamente autorreflexiva, y desborda los límites de la anécdota que se declara abiertamente radical.

El eje del relato es Plum, una mujer cuya gordura, asumida negativamente por ella misma desde los parámetros sociales basados en las normas hegemónicas de belleza, termina por arrastrarla en una caída vertiginosa hacia una violencia emancipadora. Plum es una “escritora fantasma”, trabaja anónimamente desde su casa para una exitosa revista de moda escribiendo textos que firma la editora. Responde cartas de lectoras y escribe editoriales. Sus textos, aunque nunca se dan a conocer al espectador, parecen ser inspiradores y rupturistas, pero manteniéndose siempre en consonancia con la lógica mercantil de la revista. El objetivo de Plum es bajar de peso y conseguir el dinero para poder realizarse una operación que la llevará a una talla “adecuada” de mujer “deseable”. Así, su vida es un infierno cartografiado por la mirada degradante de los otros, por el desprecio, la burla y la brutalización. Plum lleva una vida miserable e indigna. Y literalmente trabaja para un medio que promueve todo aquello que la excluye y precariza su vida con marginación y violencia machista.

Célula ultraviolenta

Con todo eso, Plum se presenta como el engranaje perfecto de una trama conspirativa que comienza a desplegarse sobre un fondo políticamente correcto de comedia ácida. Si el tema de la belleza y de los mecanismos perversos de la industria de la insatisfacción parece ser el piso firme para una comedia de humor cáustico, el relato se desborda rápidamente hacia otros territorios abiertos en subtramas provocativas. Plum, ingenua y atormentada, comienza a descubrirse en el centro de una lucha de poderes en el que juegan intereses corporativos, organizaciones indeterminadas que parecen discutir los discursos normativos de género, y un grupo feminista radical que opera como célula terrorista ultraviolenta. Todo eso la arrastra hacia una vorágine de acontecimientos en los que ella parece ser una figura central. Algo cercano a la ya mítica El club de la pelea (David Fincher, 1999) y a su descendiente, la serie Mr. Robot, puede intuirse en los cinco capítulos ya emitidos. Algo de ese espíritu catártico, de esa violencia liberadora. El cruce festivo entre comedia ácida, oscuridad conspirativa y violencia desatada, encuentra un tono preciso en cierta atmósfera fantástica que apela incluso a la inserción de animaciones. Tal alejamiento del realismo exalta ese carácter liberador que va contagiando con el paso de los episodios hasta culminar, en lo emitido hasta hoy, en un quinto episodio tan áspero como desmedido.

Hay algo fundamental que cabe aclarar sin revelar detalles: el peso, paulatinamente aunque de modo anunciado, va recayendo sobre el grupo terrorista denominado “Jennifer”, que asesina despiadadamente a varones responsables de abusos de todo tipo perpetrados a mujeres. Los cuerpos de estos hombres infames comienzan a llover desde el cielo, arrojados desde puentes, edificios, o aviones, llevando inscripto de algún modo el sello justiciero de su condena: “Jennifer”. El terror cunde entre los varones. Cualquiera puede ser la próxima víctima, ya que ningún hombre, en realidad, está exento de la culpa del abuso y de la violencia de género. Por una vez los hombres sienten miedo de ser asesinados por las mujeres y no a la inversa. Las reglas han cambiado de modo radical. Es finalmente el comienzo de la revolución.

Sentir en carne propia

Una de los giros más interesantes tomados por la serie, y en relación a lo comentado al principio, es la actitud que toma de inmediato la editora de la revista en la que trabaja Plum. Frente a la proliferación de los ataques terroristas del grupo Jennifer, la editora de la revista de moda decide publicar su manifiesto revolucionario en las tapas de su nuevo número. Y allí se produce una suerte de cortocircuito que descubre otra perspectiva sobre el relato. Una perspectiva autorreflexiva que lo vuelve más profundo y más desestabilizador: ¿qué sucede allí donde las posturas revolucionarias pueden ser inmediatamente apropiadas por los mecanismo del espectáculo?, ¿hasta qué punto es posible correrse sin ser absorbidos por las lógicas de consumo?, y más aún, ¿qué potencia libertaria tiene una serie de esta índole cuando forma parte de la industria que promueve aquello que pretende criticar?

No es menor que la serie misma ponga sobre el tablero esa cuestión, ya que no minimiza en ningún aspecto su intención, y en cambio la potencia, porque desnuda incluso sus costuras, sus falencias, sus límites inviolables y sus contradicciones internas. Hay en ese gesto una suerte de honestidad autoparódica que la eleva y que nos interroga en nuestras propias contradicciones. Por lo demás, hay que esperar, se llevan emitidos cinco capítulos de un total de diez. Hasta el momento Dietland se despliega de modo arrebatador, pero cada paso puede ser crítico, según se afirme o se niegue lo ya planteado. Y es que la propuesta en ciertos aspectos es por demás provocativa: plantear que sólo la violencia es la herramienta útil allí donde la violencia reina. Y saber que las mujeres iban a tomar las armas, tarde o temprano, y que los varones íbamos a tener que sentir en carne propia esos miedos insondables sobre los que forjamos nuestros privilegios y nuestras ansias de vencer.

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