Mi Mundial

Mi Mundial

El que no salta es un inglés


Fue un partidazo. Maratónico. Octavos de final; dos penales en el tiempo reglamentario; un golazo; un empate agónico en el último minuto de jugada preparada; un gol anulado; la estrella del equipo contrario expulsada por una avivada del rival; y por último, una definición por penales. Como en cualquier juego, después de entender las reglas, practicarlo y verlo, podés entender cuando un partido tuvo todo. De esos momentos donde algo es todo y más de lo que puede ser. En fútbol decimos que es un partidazo.

Esa tarde también aprendí que había (hay) algo más en juego cuando Argentina está en un Mundial. Lo podía ver en la cara del papá del amigo donde veíamos el partidazo. Me faltaban años para entender qué había pasado en el país, pero me fascinaba la emoción en celeste y blanco bajando por avenida Pellegrini hasta el Monumento a la Bandera de esa noche.

Años más tarde, entendí por qué. La última vez que Argentina había enfrentado a Inglaterra en un Mundial fue después de la Guerra de Malvinas. Soy del 86. Nací unos meses después de que Maradona, con sólo dos jugadas, fuera el vengador deportivo de una herida militar aún abierta. De yapa, lo hacía con las dos caras más conocidas de lo que creemos que somos los argentinos: el pillo que mete la mano y el que minutos después puede desparramar obstáculos hasta volverse un barrilete cósmico o un alienígena que trae la copa de vuelta a casa. Esa tarde de 1998 Inglaterra no era el rival. Era de nuevo el enemigo y el paso heroico para repetir la historia de México y gritar que somos campeones.

Días después de ganar por penales, las manos mágicas de “Lechuga” Roa no pudieron contra el zapatazo del holandés Dennis Bergkamp. Fin.

En el Mundial de Francia aprendí que la gran cita del fútbol cada cuatro años puede tener partidazos con goles acrobáticos, apiladas que parecen una película de Benny Hill en cámara lenta, o cambios de un DT que se van de a poco con el humo de cada asado entre amigos. También aprendí que nunca hay que menospreciar la emoción que genera ver a la selección en un Mundial. Nunca sabemos qué resortes va a tocar.

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