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Sueltate el pelo

Curly girl: el método que revolucionó las melenas y sacó a los rulos del clóset

La rutina de cuidados que nació en Gran Bretaña y llegó a Latinoamérica promueve desterrar los químicos para lograr un pelo más saludable. Hay más de 200 mil seguidores en el país. Quienes lo practican hablan de romper con modelos hegemónicos y reafirmar la identidad


Arte El Ciudadano. Ana Stutz

Laura pasó horas de su adolescencia haciéndose la toca, el brushing o alisándose el pelo. “Parecía las actrices de los 90”, dice. Pero con la decisión de dejarse los rulos, llegaron las burlas. “El modelo hegemónico era el pelo lacio. Cuando decidí aceptar que tenía rulos (y un montón) me parecía que era original, diferente y copado. Pero en el fondo siempre estaba defendiéndome de alguna crítica o cargada. Me decían que con el pelo lacio era otra. Y sí: no era yo”, cuenta. Desde hace tres años, ella luce sus rulos con orgullo gracias al método curly: una forma de cuidado del pelo que propone desterrar todo químico para lograr un cabello natural y saludable. En el país se popularizó a través de un grupo de Facebook y hoy varias peluqueras lo recomiendan a través de sus redes sociales. Quienes lo practican. cuentan que además de un pelo sano buscan romper con los modelos establecidos de cómo peinarse para reafirmar su identidad y la diversidad de los cuerpos y los cabellos.

“Es parte de una movida de derribar estereotipos hegemónicos donde la norma es llevar el pelo de una determinada manera. Se descubrieron muchos rulos negados. El hecho de borrarse el rulo tiene que ver con borrar raíces más afro (o nativas) que demarcan un linaje históricamente más vapuleado. Estamos abriendo un camino a la aceptación de la individualidad y de la genética heredada. No es una moda, tampoco: es aceptar el cuerpo como es”, opina.

Laura conoció el método en febrero de 2019 y comenzó a usarlo en marzo de ese año. Antes, tenía frizz, falta de definición, y sequedad. El primer resultado fue la ausencia de caspa. Hoy luce sus rulos al viento, y recomienda el método a todas las personas: no sólo es belleza, es salud.

“Si bien en una época las permanentes eran furor, no dejaban de ser un estereotipo de rulo. Todos iguales. El rulo es imperfecto, tiene frizz natural, es desigual, a veces se infla y otras se estira. Es incontrolable. Por eso sale de lo típico y molesta; es desordenado y desprolijo. Es eso que nos hicieron pensar que es. Por eso es importante no marcar si tenés rulos o pelo lacio, sino que todos son pelos, y punto. Cada uno tiene sus cuidados”, explica.

Y me solté el cabello

Virginia renegaba de sus rulos. Sentía que estaba fuera de lo que consideraba normal y le molestaban los chistes y las burlas que comparaban su melena con la de Valderrama, el famoso jugador de fútbol; Piripincho, el célebre payaso local, o aun Maradona, el ídolo mundial. Pero nada de eso era ella: todos varones, y  pasó su adolescencia planchándose el pelo antes de ir a una fiesta porque no había peinados que la incluyeran. “Cuando iba a visitar a mi abuela, me decía que no era yo, que yo era con rulos. Pero yo sentía que encajaba más con el pelo lacio”, recuerda. Entró al método hace dos años. Antes no sabía cómo peinarse, no lograba definir el rulo, notaba desprolijidad y demasiado volumen. Buscaba soluciones en la peluquería con tratamientos químicos, pero sólo le provocaban que el cabello se le secara y tuviera frizz. La solución, la única, era llevarlo atado.

Desde que empezó el método acepta sus rulos, y hoy los lleva con orgullo. “De golpe te sale una melena que no sabés dónde estaba. En mi caso fue rápido el efecto porque desde hacía años no me hacía ningún tratamiento químico. El método te da información, aprendés a leer tu pelo para manejarlo y eso te da libertad”, se alegra.

 

Para Virginia la popularidad de la rutina tiene que ver con cuestionarse los modelos de belleza impuestos, y visibilizar distintos tipos de cuerpo. “En los grupos el común denominador de las mujeres es que de chicas sentían que no encajaban, que estaban mal o que les han dicho que eran desprolijas. Hace unos meses quise ir a una peluquería a cortarme el flequillo y me dijeron que un flequillo con rulos era un horror, y que iba a tener que plancharlo todo el tiempo. En el momento pensé: “Si lo voy a usar yo, ¿por qué vos me vas a sentenciar a plancharlo?”. Hace unos años quizás no lo cuestionaba y me sentía horrible por tener rulos. Creo que los movimientos liberadores, de visibilización de las minorías y tolerancia hacia la diversidad y las diferentes formas de expresión ayudaron a afianzar el método”, opina.

Desde que es una curly girl, Virginia ganó libertad y confianza para mostrarse como es. “Dejé de tener el pelo siempre atado como algo que tenía que ocultar, y empecé a llevarlo suelto. Tengo ganas de mostrarlo, de hacerme cortes y peinados que antes no podía si no pasaba por la peluquería. Tengo el poder de manejar y llevar mi pelo como quiero. Me animé a hacerme flequillo y usarlo suelto. Hoy me siento rara teniéndolo atado. Me dio libertad, confianza y aceptación. Entendí que mi pelo es diferente pero que es parte de mi personalidad y es mi marca personal”, concluye.

Pelos al viento

Alegra conoció el método por un tuit. Alguien había puesto que los rulos eran lindos. y entre las respuestas una chica recomendaba unirse al grupo de Facebook donde compartían información sobre el método. Fue a fines de 2018, y al año siguiente ya había empezado con la rutina.

Recuerda que había mucha información dispersa sobre el tema, y por eso decidió crear la página de Instagram “Oh my Rula!”, para ordenarla y difundirla de forma amigable. “Más allá de la rutina, que te puede funcionar o no, me interesaba compartir información sobre los productos que tenemos en la góndola ¿Este champú de 3.000 pesos vale la pena? ¿Por qué esta marca tiene 10 tratamientos para el pelo? ¿Cuál es la diferencia entre uno y otro?”, repasa.

Para ella, su pelo antes del método era una “virulana” para limpiar cacerolas. “Y eso que yo intentaba todo, me la pasaba comprando cosas, mirando reseñas, preguntando a amigas. Cada vez probaba marcas más caras y nada servía. Las peluqueras tampoco ayudaban mucho, lo único que hacían era ofrecerme alisados. Los últimos meses estaba resignada. y usaba lo que encontraba de oferta. Obvio que todos los fines de semana me lo planchaba”, recuerda.

 

Pero aunque renegó de sus rulos, nunca quiso ser lacia. “Siento que es como el sabor crema americana, pero de los patrones capilares: un embole. No me gustaba para nada, pero me terminaba planchando porque no sabía cómo controlar mi pelo. Me hubiese encantado lucir mis ondas. Nunca sufrí el hecho de tener rulos pero me frustraba usar lo mismo que el resto y tener el pelo horrible”, cuenta y menciona que en la escuela una profesora la distinguía como la de “pelo seco”.

Ella, que ahora es influencer, vincula la explosión de la rutina de cuidados en los últimos tres años con el contexto social. “La aceptación de los rulos tiene que ver con el amor propio, pero también con aceptar nuestra genética y celebrar nuestras diferencias. Independizarse de los alisados no sólo tiene que ver con un empoderamiento vinculado a la aceptación, sino con dejar de darle nuestra plata y tiempo a una industria que lucra con nuestras inseguridades. Les que venden alisados nos detestan y eso me encanta”, esgrime.

Los rulos de onda

María Eugenia Luchini es peluquera, maquilladora y asesora de imagen desde hace 20 años. Da cursos de automaquillaje, estilismo y autopeinado. Conoció el método por comentarios de varias clientas de entre 20 y 30 años, y comenzó a usarlo en junio de 2020.

“En el primer lavado y cronograma sentí que mi cabello era mucho más suave, brilloso y que mis ondas naturales comenzaban a tomar forma”, recuerda.

Desde sus páginas de Instagram, @eugeluchini y @onda_rula, ella propone cómo usar el método y cuáles son los productos aptos. “Siempre me gustó enseñar para que cada persona aprenda las técnicas sin depender de un profesional. Empecé a recomendarlo porque me dio mucho resultado y también a mi entorno. A muchas personas que tenían afecciones en el cuero cabelludo, como grasitud, caspa y caída, les dio increíbles resultados”, explica.

Eugenia cuenta que antes del método renegaba de sus ondas porque su pelo no lucía prolijo. “Necesitaba que sea rápido el arreglo del cabello ya que mi trabajo implica estar bien peinada para dar clases, ir a maquillar, etcétera. Me llevaba mucho tiempo hacer brushing y planchita para que dure. Usaba muchos productos malos para mi pelo, porque lucía muy dañado. Ahora me encantan mis ondas y me siento muy cómoda con ellas. Me resulta muy fácil estar peinada y me lleva muy poco tiempo”, señala.

Para la estilista es importante aceptarse y difundir modelos reales. “Disfrutar de nuestras melenas naturales es una lucha en contra de un sistema que nos impuso siempre una belleza hegemónica, que lo único que hace es frustrarnos cuando no cumplimos con esos estándares impuestos. Me parece importante que las generaciones que vengan puedan tener modelos a seguir más reales y sepan que un cabello con frizz no es el fin del mundo, que tener rulos no es sinónimo de despeinado sino otra variante más. Y quienes los tenemos, ¿por qué no aprovecharlos?”, cierra.

El método

En 2001 la estilista británica Lorraine Massey publicó un libro llamado Curly Girl, en el que reunió su experiencia con conceptos de peluquería profesional y saberes populares. En Brasil adaptaron la rutina de cuidado a Sudamérica. Y en la Argentina un grupo de chicas armó una página de Facebook llamada “Rulos Arg”, en la que compartieron información sobre las técnicas y las marcas aptas. El grupo tiene más de 223 mil miembros que hablan de sus experiencias y prácticas de cuidado.

“El método se basa en renunciar a determinadas sustancias. como sulfatos, petrolatos, siliconas no solubles. Y si bien los parabenos no están prohibidos, tampoco se recomienda usarlos, ya que son malos para la ecología”, explica Eugenia. “Tiene como filosofía que no todos los cabellos necesitan lo mismo, y promueve una rutina balanceada donde cada parte se elige a conciencia. La rutina es básicamente lo mismo que veníamos haciendo, pero eligiendo productos que nos sumen”, resume Alegra.

El “Método Curly” se basa en dos técnicas de lavado: “low poo” (menos mierda), un lavado con champú sin sulfatos, o con sufractantes muy suaves o sólidos; y “co wash”, un lavado con acondicionador, recomendado para cabellos normales y secos. “Por acción mecánica de las manos y arrastre, el producto limpia el cabello a la vez que lo hidrata. Se pueden combinar ambas técnicas”, explica Eugenia.

Además hay un cronograma de lavado que incluye la aplicación de tres tipos de máscaras: baños de crema (comerciales o caseros) hidratantes, nutritivas, y de reconstrucción. Su uso es intercalado y depende de las características de cada pelo. Por último se usan cremas de peinar, y geles para retener humedad y proteger del sol, el viento y los rayos UV.

“En lugar de usar champú de supermercado, que tiene muchos detergentes, elegimos alternativas con limpiadores suaves para cuidar el cuero cabelludo y no agredir los largos. El método es para todo el mundo y no distingue género ni edad. Rulos, afros, lacios, pelos teñidos, decolorados, y canosos. Hasta hay productos para niños que sirve”, señala Alegra.

“Estos productos y técnicas mejoran el brillo y la sedosidad del pelo. Para las lacias recomiendo rutinas de lavado y cronogramas muy específicos, porque su cabello es de cutículas más cerradas y se tiende a saturar. Es recomendable siempre asesorarse con profesionales”, recomienda Eugenia.

Sustentabilidad

El método promueve la reducción de químicos y fomenta el uso de productos naturales, sean de emprendedores o de marca, o productos de segunda línea. Sin embargo, hay quienes opinan que requiere el uso de más preparados, y con ellos aumenta la cantidad de envases plásticos.

“Todo apunta a productos más naturales, pero se está comercializando, y en el afán de buscar el mejor resultado te comprás varias cremas o champú. Algunos promotores del método te sugieren un solo producto, pero las marcas están aprovechándose y lanzando sus líneas para rulos, y los influencers están incentivando eso. Desde que empecé, terminé comprando más productos, y en ese sentido no es sustentable”, opina Virginia.

Para Eugenia, que los productos no contengan ingredientes como los sulfatos, siliconas, parabenos y derivados del petróleo le hace bien al cabello, pero también al planeta. “Este método me llevó a pensar en la contaminación, y hoy soy vegetariana. Hago detergente ecológico, reciclo y trato de hacer un consumo a conciencia de todo lo que compro. El champú sólido es algo que llegó para quedarse, ya que no contamina y además no tiene envase plástico. Además promovemos a los emprendedores locales”, resume.

Para Alegra se trata de un método sustentable en cuanto la promoción del consumo de marcas locales y cosmética natural. “Económicamente promueve un comercio más justo, donde entran a jugar marcas pequeñas y medianas en lugar de multinacionales monstruosas”, cierra.

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