Ciudad, Edición Impresa

Los obreros del arte se muestran

Por Claudio de Moya.- Un centenar, de varias provincias, expone sus obras en el Centro Cultural Bernardino Rivadavia hasta mañana. Rechazan el estereotipo del hippie o el bohemio: dicen ser a la vez trabajadores y empresarios.

Ni el estereotipo de hippie ni el de bohemio. Quienes desde el jueves pasado y hasta mañana ocupan los stands montados en el Centro Cultural Bernardino Rivadavia son gente de oficio, que vive del perfeccionamiento de técnicas y del gusto por el diseño poniendo en juego las manos y la imaginación. Vinieron de Buenos Aires, Córdoba, Tucumán, Misiones, Catamarca, Mendoza, Entre Ríos, La Pampa, para junto a los santafesinos y locales rosarinos participar de la IV Feria de Artesanías y Maestros Artesanos. Para vender, porque con sus trabajos se ganan el sustento. Pero también para conversar con los visitantes a esta muestra, que aspira a convertirse en un clásico en el país, de lo que hacen: piezas únicas que la industria con su producción en serie no puede ofrecer.

“Somos empresarios en el buen sentido, porque tenemos que administrar el trabajo, tenemos que llamar a proveedores, fabricar, diseñar y aparte comercializar, porque somos nuestra propia vidriera y no hacemos publicidad”, deja en claro Samuel Muñoz, que desde la ciudad entrerriana de Paraná aceptó la convocatoria rosarina para exponer sus mates y bombillas.

“Mi intención es que Rosario se establezca en el calendario nacional de Ferias de artesanos. En esta participan más de cien. Catamarca aporta toda una delegación en la que se destaca la tinogasteña Aldacira Andrada, que este mes cumplió apenas 90 años y aporta sus mantas bordadas. Y hay un grupo de luthiers”. La apuesta corre por cuenta de Eva Martín, productora y organizadora de la muestra.

“Nuestro trabajo comienza cuando viajás a comprar el material, volvés a tu casa, pensás cómo cortarlo, hasta la forma de exhibirlo, las tarjetas con tus datos. Y termina cuando se lo das a una persona que te lo compra porque lo valora”, explica Cinthia Tarifa, que desde la cordobesa Cosquín trajo sus piezas de marroquinería en cuero. Como Samuel, se preocupa en aclarar que el artesano es un trabajador, que se gana la vida perfeccionándose día a día y necesita espacios que lo respeten para mostrar lo que producen sus manos e imaginan sus cabezas.

Es que los artesanos exponen y al mismo tiempo se exponen. No hay marketing cuando el oficio se toma en serio. Y se arranca con todos los temores a cuestas. “Temblaba la primera vez que fui a una feria, pensaba en si iba a perder el colectivo, si cuando llegara conseguiría un lugar, si a lo mejor no vendía nada. Efectivamente la primera vez no gané nada, y entonces dije que esto no era lo mío. Pero la última vez hice una venta gloriosa de una pieza pensada en realidad para un concurso. No lo gané, pero el momento fue muy feliz”, recuerda Samuel. De abuelo herrero, incursionó en varios trabajos pero –afirma– supo que era artesano desde los 15 años. Y relata el largo periplo que antecede a la materialización de cada pieza, un tiempo que en su caso se concentra en las horas del sueño. “Tengo un modelo de bombilla que adoro, y sueño con que me va a hacer millonario alguna vez. Tiene un filtro apto para todas las yerbas, tiene elegancia. Le llamo «hatori hanzo» (por la espada de la película Kill Bill), porque cuando la desarmás silba. Para diseñarla invertí largas noches, a lo largo de las cuales fui elaborando piezas y piezas hasta que llegué a ese modelo, que ahora lo resuelvo de una manera distinta. El diseño es eso, crear, romper, hasta que llegás al modelo final o seguís avanzando”, dice el entrerriano.

Las ferias son un lugar central en la vida del artesano, hay todo un rito de diálogos con los visitantes, un esfuerzo para que puedan valorar los oficios y se retiren, además, como compradores. Porque no es un pasatiempo, es el trabajo con el que se sustentan, y hay que explicar las diferencias con una producción industrial, tal vez más barata. En ese juego hay anécdotas y sorpresas. “A veces me trabo con una cartera, la miro y digo que no la voy a llevar a ninguna feria porque es horrible. Pero un día necesito exponer variedad, la incluyo y es lo primero que vendo”, se ríe Cinthia.

Desde el jueves y hasta mañana, la IV Feria de Artesanías y Maestros Artesanos funciona en el centro cultural de San Martín y San Juan entre las 14 y las 22. Obras de arte, diseños utilitarios y ornamentales, cerámica, cueros, fibras naturales, maderas, hierros en todas sus expresiones son parte de las técnicas y materiales expuestos. Además hay espectáculos, confección de piezas “en vivo” y demostración de obras. Todo eso se puede recorrer en los 100 metros cuadrados que ocupa la muestra, con una puesta cuidada para favorecer la circulación del público. “Fruto de las experiencias anteriores”, recalca la organizadora, Eva Martín. Y destaca lo primero que verá quien se acerque: las esculturas mitológicas de Fabián Villani, que sorprenden con sus más de dos metros de altura. “Hasta los 20 años trabajó de huertero con su abuelo, a los 20 conoció a una chica de Villa Constitución, se mudó y comenzó a trabajar en Acindar. Trabaja en el horno de la acería, un día imaginó un caballito y comenzó a hacer estas obras con alambre, cada una de las cuales tiene 18 mil puntos de soldadura y le llevan un año de trabajo”.

En varias entrevistas, Fabián cuenta cómo empezó con sus obras: “En noviembre de 2006, acomodando unas cosas en mi garage me puse a trabajar un pedacito de alambre y ví que podía llegar a hacer muchas cosas con él, que no servia sólo para atar, eso me llevó a trabajarlo y a perfeccionarme cada vez más”. Lo primero fueron “unas motitos del tamaño de la palma de la mano, con unos veinte puntos de soldadura”. Le siguieron autos, aviones, barcos, dinosaurios, floreros, que no superaban lo doscientos puntos de soldadura. “Hasta que busqué hacer una obra que superaba los dos mil puntos, y así fue que hice un caballo rampante, un toro, un águila, una jirafa un barco, un pez, un hipocampo. Un día me propuse hacer una obra que superara los veinte mil, y nació el San Jorge con doscientos cuarenta días de trabajo de ocho horas de promedio y doscientos kilos de alambres”, relata Fabián. Las Quimera, por ejemplo, le llevó 31 mil puntos de soldadura y trescientos kilos de alambres.

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