El Hincha

Leyenda del boxeo

A 50 años de la noche mágica de Nicolino Locche

Se cumple medio siglo del magistral triunfo del mendocino sobre el hawaiano Paul Takeshi Fuji. Esa victoria en Tokio le valió el título mundial de la categoría welter junior de la AMB


Un 12 de diciembre de 1968 Nicolino Locche ganó el título mundial welter junior de la AMB al hawaiano de origen japonés, Paul Fuji, en una épica pelea que se desarrolló en Tokio. En el décimo round, Fuji, que un año antes le había sacado la corona al italiano Sandro Lopopolo, no quiso salir a pelear. Fue la gran pelea del Intocable, apodo del mendocino por su manera de esquivar los golpes ajenos.

Hace 50 años la radio era el medio de comunicación más cercano. Como con Pascualito Pérez en 1954 y Horacio Accavallo en 1966, había que madrugar para imaginarse la pelea a transistores desde Tokio y sufrir con el corazón mirando al Lejano Oriente. Faltaban siete meses para que la TV vía satélite se inaugurara en la Argentina. Y el mundo era tan grande y tan poco mediático por ese entonces que Nicolino Locche llegó a ser campeón del mundo de los welter juniors desde los parlantes de la Spica, montado en las voces chillonas y emocionadas de Osvaldo Caffarelli en los relatos, Ernesto Cherquis Bialo en los comentarios y Jorge Cacho Fontana en la locución comercial.

Aquel jueves 12 de diciembre de 1968 era de noche y llovía a mares en la capital de Japón. Mientras, del otro lado del mundo, también llovía en buena parte de la Argentina y la actividad laboral matutina prácticamente se paralizó en las principales ciudades para que la gente pudiera seguir por radio las alternativas del combate que se desarrollaría en el estadio Kuramae Sumo.

Locche, como tantas veces, se vistió de galera y bastón. Y fue como Chaplin, otro de sus apodos, pero en un ring. Esa vez le sumó una inédita agresividad y fortaleza en los golpes. “El concepto principal del boxeo era el arte de la defensa pero nadie lo vivió como él. Nico no pegaba porque era vago. Cronometraba los tres minutos del round porque quería sentarse”, dijo Adrián Dottori hace unos años atrás recordando a uno de sus mejores amigos y con quien compartió cientos de anécdotas.

Pocos fueron los argentinos que acompañaron al mendocino a la capital japonés, apenas doce de su entorno. En los días previos a la pelea con Fuji, a todos les dijo lo mismo: “Dame una Coca Cola y un cigarrillo. Nada más, es lo único que necesito en el día”.

A los 29 años, pese a ser un veterano de 106 peleas, dos títulos argentinos y dos sudamericanos, pocos, apenas un puñado de cronistas fieles y Tito Lectoure confiaban en que el duende de su boxeo sutil, talentoso pero inofensivo, podría ganar de visitante ante el agresivo hawaiano Fuji.

Nicolino era (fue) incomparable tejiendo telarañas defensivas. Pero atacando era discontinuo e imperfecto. Pegaba con el revés del guante y gustaba demasiado de ir contra las cuerdas para desplegar su repertorio de visteos, bloqueos, esquives y paradas que enloquecía a sus rivales porque no le podían acertar una mano y hacía delirar a la gente, que gozaba paladeando algo diferente pero no por ello menos excitante. Locche proponía otra cosa. Lo suyo, más que boxeo, era el arte de no pegar sin dejarse pegar. Todo un artista, como lo definieron muchos periodistas de la época especialistas del ring.

El Intocable en esa noche inolvidable de Tokio no se dejó pegar y pegó. Entre un amague, una zurda; tras un bloqueo, un cross; después de un paso al costado, un gancho. Impotente, lastimado, quebrado en sus reservas anímicas, meneando la cabeza, Fuji –con los ojos prácticamente cerrados por la hinchazón de su rostro– decidió quedarse en su rincón cuando sonaba el timbre para el inicio del décimo round de una pelea que estaba pactada a 15 asaltos.
Desde la esquina opuesta, el único que lo notó fue Nicolino, quien interrumpió las instrucciones de Paco Bermúdez: “No, maestro, no hace falta… no sale… ¡No sale!”. Al otro lado del planeta, la inconfundible voz de Caffarelli pareció hacer cobrar vida a millones de radios por las que llegaban las alternativas del combate: “Fuji no sale… ¡Nicolino campeón del mundo!”.

Nick Pope, el mismo árbitro que había proclamado el triunfo de Accavallo como campeón mundial dos años antes, le levantó la diestra a Locche, quien se transformó así en el tercer boxeador argentino en lograr el título de campeón del mundo.

Después llegaron las cinco defensas exitosas del título y una sexta en la que resignó la corona ante el panameño Alfonso Frazer, el 10 de marzo de 1972. Pero Nicolino generaba algo distinto en la gente, tenía un carisma especial. Un artista, como pocos, generaba un amor único. Una leyenda argentina del ring que le dijo adiós a la vida un 7 de septiembre de 2005.

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