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encuentro en la toma

Varones feministas: “Buscamos romper con la complicidad machista”

Más de 150 hombres reflexionaron y trazaron estrategias para romper con las prácticas cotidianas patriarcales.


Romper con la complicidad que se da entre los varones ante una práctica machista. O “cortarnos el mambo entre nosotros”. Con ese norte, el jueves pasado se hizo en Rosario la primera asamblea de varones feministas, organizada por el colectivo Mala Junta. Fueron más de 150 hombres que llegaron al edificio de La Toma, de Tucumán al 1300, para reflexionar sobre las acciones cotidianas del machismo de las que los hombres son cómplices. La asamblea tiene como antecedente a los colectivos de varones antipatriarcales que con el correr de los años viraron hacia la militancia por un feminismo que definen mixto, popular y disidente. En diálogo con El Ciudadano, el referente del encuentro Luciano Fabbri explicó que, para no quedarse en soledad, los varones tienen que generar nuevos espacios de complicidad y hermandad que no reproduzcan el patriarcado.

— ¿Cómo surgió la asamblea de varones feministas?

— Los varones de Mala Junta hace un tiempo venimos apostando a un feminismo mixto, popular y disidente. Si bien algunos veníamos trabajando en el tema de masculinidades y de cómo nos pensamos los varones en la agenda de género, este último año nos generó un debate más profundo. Detrás de la asamblea están las movilizaciones masivas de las que venimos participando, el recrudecimiento de los femicidios –llegando a uno cada 18 horas– y la indignación que nos genera que la solución a nuestras demandas por parte de una derecha conservadora sea dar respuesta punitivista a la violencia machista.

— ¿Qué se planteó en la asamblea?

— El objetivo fue reconocer las prácticas machistas que reproducimos o que vemos reproducir en nuestro entorno, haciendo una descripción de cuáles son los territorios y ámbitos de socialización en los cuales aparecen. Lo que buscamos es reflexionar sobre nuestra reacción a esas prácticas. Por lo general, los varones solemos responder a los actos de machismo con omisiones, silencios o formas de indiferencia. Entonces, lo que nos proponemos es cuestionar qué es lo que se pone en juego cuando alguien reconoce una práctica machista y es crítico hacia ella, pero aun así decide no intervenir. Si bien están los miedos y las inseguridades, lo que vemos que aparece es una forma de complicidad en la que sabemos que si exponemos el machismo del otro, el otro puede exponer el nuestro. Hay un cuidado del propio privilegio que es la esencia de la complicidad machista. Y eso es lo que hay que poner en cuestión.

— ¿Hay una supremacía de las instancias colectivas de militancia por sobre los cambios en la esfera privada e íntima?

—No sé si es una cuestión de tapa. Hay un ida y vuelta. Hay muchos compañeros que han sabido transformar el ámbito privado y no necesariamente lo hacen público. Y también hay otros empiezan en el ámbito colectivo porque llegaron a la reflexión sobre lo privado precisamente a partir de lo colectivo. Muchos no tuvieron en lo cotidiano el espacio para volcarlo en lo privado. Los recorridos son muy disímiles y personales. Uno de los grandes desafíos es poder traducir estas discusiones en lo doméstico, en el trabajo o en la organización política. De lo que se trata es de cómo nos hacemos cargo de llevar a la práctica estos procesos de reflexión. En nuestro caso, la asamblea es una instancia extraordinaria a nuestro espacio cotidiano de militancia, que es el del feminismo mixto.

— ¿Cómo se rompe con la complicidad machista?

—En el encuentro del jueves, un chico hizo una reflexión que nos quedó a todos resonando. Él dijo que todo lo que estábamos describiendo como prácticas machistas era todo lo que le habían enseñado a hacer: él era todo eso. No son sólo prácticas de las que uno pueda despojarse. Nuestra identidad, nuestra corporalidad, nuestros deseos están forjados en el marco de un discurso sobre la masculinidad que nos da un lugar en el mundo. Y cuestionar eso te da la sensación de quedar a la intemperie. Los mecanismos de complicidad se dan en nombre de la amistad, de la fraternidad entre varones. Se juegan en lo personal y en lo cotidiano, pero lo personal es político y lo político es colectivo. Por eso, apostamos a estos espacios de encuentros para poder acompañarnos en esta tarea. Si vamos a encarar una acción que nos puede generar cierta sensación de soledad, de aislamiento o de dejar de pertenecer, al mismo tiempo tenemos que crear otras formas de fraternidad que no estén atravesadas por la lógica machista. Empezar a instalar esas coordenadas de reflexión es una de las principales herramientas de cambio. Y, en eso, una de las grandes dificultades que tenemos hoy, más los varones que las mujeres, es que nos faltan modelos de referencia para imaginarnos más allá de la identidad patriarcal. Es un mundo por crear y resulta complicado hacer el ejercicio colectivo de imaginarnos más libres. Porque, en última instancia, de lo que se trata es de ser menos varones en términos del patriarcado para ser sujetos más libres.

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