Coronavirus

Opinión

Vacunatorio VIP: nunca preguntes por quien doblan las campanas

El escándalo suscitado por el "vacunatorio VIP" implica un daño social por el bajo calibre moral que representa, pero además desconoce la regla básica de cualquier inmunización: sólo funciona si es para todos


Elisa Bearzotti

Especial para El Ciudadano

Se suele decir que las crisis ponen en evidencia lo mejor y lo peor de las personas. La generosidad y la miseria, el coraje y la cobardía, la honestidad y la mentira son los extremos de una lanza sin apoyo, sólo sustentada por las arenas movedizas del desconcierto y el temor que aparecen cuando se corren los parámetros habituales. Estos escenarios, que se repiten en cualquier geografía del planeta pero se multiplican desfachatadamente allí donde existe una desigualdad endémica, casi siempre terminan abonando la supervivencia del más fuerte.  

 En estos días, las páginas de todos los diarios del país (y de varios del exterior) se hicieron eco del escándalo provocado por el “vacunatorio VIP” que hizo “saltar” de su cargo al ministro de salud Ginés González García, un escándalo que remite a casos similares ocurridos recientemente en Chile y Perú. Luego de recorrer el inmenso océano de noticias que circula en la red, debo decir que no he encontrado una situación parecida en otras partes del mundo, por lo tanto, resulta aún más lamentable que la fallida historia latinoamericana no deje de manifestar su decadencia y que hoy, la tríada de países termine asociada a la desvergüenza en lugar de remitir a la heroica gesta sanmartiniana.   

La exitosa campaña de vacunación de Chile, un ejemplo en la región y en todo el mundo, se ha visto empañada por irregularidades dado que se conoció que un total de 37.306 personas recibieron dosis contra la enfermedad antes de lo establecido en su calendario, es decir, siendo menores de 60 años y sin comorbilidades que los habiliten a integrar los grupos prioritarios. En tanto, en Perú la tormenta política estalló el pasado 15 de febrero y se convirtió en el primer país latinoamericano en destapar un hecho de corrupción de este tipo. Allí, al menos 467 personas accedieron a la vacuna china de Sinopharm cuando aún permanecía en ensayos clínicos, salpicando a una multitud de políticos y funcionarios tanto del Ejecutivo anterior como del actual gobierno de transición. 

En Argentina, si bien la nueva ministra de Salud, Carla Vizzotti, se ocupó de enfatizar que “no hay un vacunatorio VIP” en el Ministerio de Salud ni en el ámbito nacional sino que hubo una “situación puntual, incorrecta y reprochable”, lo cierto es que los nombres que integran la lista brindada por esa misma cartera indican lo contrario, ya que no aparece ninguna persona que no pertenezca al selecto grupo de poderosos que se ocupan de guiar los destinos de este país, que nunca deja de sorprendernos.  

Chiche y Eduardo Duhalde (además de sus hijas Juliana y María Eva), Daniel Scioli (actual embajador argentino en Brasil), Carlos Zannini y su esposa, el presidente Alberto Fernández, el secretario de Comunicación, Juan Pablo Biondi, el canciller Felipe Solá, el ministro de Economía, Martín Guzmán, el ex ministro Ginés González García y su sobrino, Lisandro Bonelli (quien aparentemente estaba a cargo de la confección de la bochornosa lista) integran el rosario de nombres que han accedido al privilegio de la inmunización. Insólitamente, la actual titular del ministerio de Salud, Carla Vizzotti, a pesar de los varios viajes que ha debido emprender para pelear con uñas y dientes los valiosos contratos internacionales que aseguren la necesaria cantidad de dosis al país, no está vacunada. 

El hecho generó repercusiones que perturbaron a todo el espectro político nacional. En Santa Fe, el gobernador Omar Perotti debió aclarar que no había vacunado a su familia e inmediatamente dio a conocer el plan “Santa Fe Vacuna”, un registro voluntario para acceder a la inmunización contra el coronavirus, cuya web colapsó enseguida y acaparó, en sólo 10 horas, el interés de 100.000 santafesinos. También el intendente de Rosario, Pablo Javkin, tuvo que explicar las motivaciones que lo llevaron a aplicarse, el 12 de enero, una dosis de la vacuna Sputnik V. En diálogo con la emisora local LT8, Javkin señaló que “frente a la negativa de algunos médicos de ponerse la vacuna (producto de la campaña que se venía desarrollando), me pareció que lo correcto, como intendente y presidente del Consejo de Riesgo de la Ciudad, era vacunarme. Y lo hice públicamente, en el hospital Vilela, a media mañana, con varios médicos haciendo la fila junto a mí. No fue algo que se transmitió en directo, pero fue un acto público. Acá no hubo nada oculto”. 

 Más allá del impacto periodístico y el daño social por el bajo calibre moral que representa, el aprovechamiento de preciadas dosis de vacunas por parte de algunos elegidos, desconoce la regla básica de la inmunización: sólo funciona si es para todos. Ya en noviembre, Vizzotti había aclarado que “en la Argentina hay un marco legal que es la Ley de Vacunas, y eso implica que la vacunación es gratuita porque es un signo de equidad, y el Estado Nacional las provee para garantizar el acceso a toda la población; también es obligatoria porque es un bien social que está por encima del beneficio individual”. La torpeza subyacente en la acción misma no puede menos que hacernos sonreír con la evidencia de la inutilidad del gesto, que se aferra a la creencia de que es posible “salvarse” de una pandemia con actos individuales que en nada garantizan el escudo protector que prometen. O lo garantizan tan limitadamente que sólo alcanzan a prolongar un tiempo (seis meses, ocho meses, de acuerdo a los últimos datos conocidos) la sensación de estar “zafando” del virus.  

En este sentido, apenas se comenzó a develar el “affaire” vacunatorio, vinieron a mi memoria las frases del sensible poema de John Donne, que Ernest Hemingway coloca como prefacio de su libro “Por quien doblan las campanas”, y que aportan el necesario contexto de muchas de las acciones que realizamos como sociedad:

“Ningún hombre es una isla entera por sí mismo./ Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo./ Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, /como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia./Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta,/ porque me encuentro unido a toda la humanidad;/ por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti”. 

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