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Una biblioteca enterrada en la dictadura como excusa para hablar sobre la muerte y el tiempo

En su novela “El aserradero” Marcelo Britos cuenta la historia de una biblioteca enterrada, como símbolo de lo que pasó en el país, en una trama que entreteje otros relatos y tiene en un lugar central a la memoria y a los recuerdos que se van inventando con el tiempo a modo de reposición


Así se define en el comienzo de El aserradero lo que sería una leyenda: “Alguien contó por primera vez esa historia, alguien que fue testigo del hecho y después le dio forma en la cabeza hasta que valiera la pena contarlo”.

Esta es una historia que vale la pena contar. La historia alrededor de la historia de una biblioteca enterrada. La historia que entreteje varias historias en tiempos pasados, presentes y tal vez futuros. Marcelo Britos construye en su narrativa una red que se expande en cada oración. Una infinita interconexión no solo entre las líneas narrativas dentro de este libro, sino también con otros libros y otras obras.

Marcelo Britos es magister en Literatura Argentina por la UNR, narrador y ensayista. El aserradero, su última obra, aborda temas como la familia, la memoria colectiva, la búsqueda, la enfermedad. La novela se incorporó el pasado mes de agosto a la Colección Confingere de la UNR Editora. Cerca de la presentación del viernes 16 en la Feria del Libro, el autor se refirió al libro, a sus tramas y abordajes.

Una biblioteca como símbolo de lo que pasó en el país

A modo de preparación, como un eslabón clave del proceso de escritura, el escritor realizó una investigación previa. Aseguró que “tiene temor al ridículo con la historia. Siempre me informo mucho, leo, no solo por el verosímil sino por ese temor a meter la pata”, expresó. Es en esa instancia donde Britos encontró muchos casos de personas que también habían enterrado sus libros.

“Hay un caso paradigmático que es el de una pareja en Córdoba, la diferencia es que ellos sabían dónde estaban. Estuvieron en el exilio y cuando volvieron desenterraron los libros. Lo hicieron junto con el Equipo de Antropología Forense. Estuvo bueno porque era la manera de simbolizar en esa biblioteca lo que había pasado en el país”, detalló el autor. Luego de publicada la novela también dio con casos similares. “Cuando hablo del libro la gente viene y me cuenta de otras bibliotecas enterradas”, añadió.

—¿Qué posibilidades dispara una biblioteca enterrada?

—Hace unos años leí G de John Berger. Es una novela que cuenta la historia de un hijo “extramatrimonial”. Es hijo de un empresario italiano, que tiene mucha guita, y de una madre norteamericana. La novela es sobre la vida de él, pero está atravesada por toda la historia europea de mitad del siglo XX. Entonces lo que hace Berger es utilizar la vida de una persona para reflexionar sobre la vida de todo un colectivo.

El aserradero intenta hacer eso. Voy a contar la historia de una biblioteca enterrada, pero una biblioteca enterrada en la dictadura es la excusa perfecta para poder poner a ese narrador frente al lector a opinar sobre la muerte, sobre la tierra, sobre el tiempo. Se traza un mapa de lectura.

“A la cuestión de la dictadura intento darle una vuelta de tuerca, hay que empezar a buscar otras cosas para discutir sobre ese período. Hay algo que dijo Estela de Carlotto cuando se cumplían los 40 años que a mí me marcó profundamente: “Ahora tenemos que ponernos a pensar por qué y cómo permitimos todos que esto sucediera”, sostuvo el autor, y opinó que “la sociedad civil con su silencio, con su indiferencia, o a veces activamente, acompañó a la dictadura, la permitió”.

—El libro trabaja mucho el concepto de memoria y el recuerdo. El libro en sí es un recuerdo

—Hay muchos recuerdos, y recuerdos propios adaptados a la historia que sirven para el plan de la novela, pero todo eso intenta estar al servicio de un mapa de lectura, de un mapa político, de la historia de un colectivo, etcétera. Creo que el tema es la memoria porque la biblioteca en sí es memoria. La obra también tiene otras búsquedas, otros abordajes. “Son un poco la subtrama”, subraya Britos. “Uno de ellos es la concepción de muerte, la muerte en sus distintos tiempos y lugares”.

“El protagonista reflexiona sobre cómo es la muerte en la ficción. El muerto que vuelve al mundo de los vivos en la ficción porque necesita que alguien pueda transformar algo en el mundo material, algo que él ya no puede hacer. Esta cuestión de la impotencia o legado del muerto tiene que ver también con la construcción de la memoria”, señaló. Y agregó: “Es lo que se pierde cuando ese otro se ausenta, desaparece o muere. Por más que viva a través del recuerdo y la memoria está «ese algo» que nunca vamos a poder dilucidar porque el otro se lo llevó consigo”. Esa es otra de las líneas narrativas que se entretejen en la historia de El aserradero. “Incluso lo que se recuerda también es una construcción. Eso me parece apasionante, uno va inventando los recuerdos con el tiempo, es necesario reponer a través del recuerdo”, planteó Britos.

Reponer el recuerdo con ficción

“Para mí uno de los cuentos perfectos de la literatura es el de «Funes el memorioso». La impotencia, la maldición de ese hombre es no poder ficcionar, estar condenado a repetir y recordar todo tal cual es. No se puede reponer nada con ficción, por lo tanto la vida se torna tremendamente aburrida. Porque encima está postrado, es decir, no tiene para recordar más que lo que ve desde su cama, me parece una cosa tremenda. Y a la vez termina siendo una metáfora de lo contrario, es decir, de cómo los demás reponemos el recuerdo con ficción”, mencionó el autor en relación a uno de los cuentos insignes de Jorge Luis Borges.

En esa tarea de ir enriqueciendo la narración, El aserradero refiere otras historias, libros, autores. “Ahí hay una intención de compartir la pasión por la lectura y no se puede hacer si no es a través de lo que uno ha leído. Es una elección arbitraria que va por diferentes lugares. En primer lugar, los libros que se elegían y que formaban parte de esa biblioteca tenían que funcionar en la historia. Después también elegí libros que a mí me generaron cosas”, expresó Britos.

La obra está atravesada de comienzo a fin por el poema “La pura verdad”, del escritor, guionista, periodista y militante político, Paco Urondo. Se trata un poco del eco que queda resonando al pasar de cada página. “Urondo cumple la función de símbolo de lo que perdimos en la dictadura, de las cabezas que perdimos, de esos tipos que hubieran hecho un país distinto, esa generación perdida de la que siempre hablamos”, concluyó Britos.

El aserradero se presentó recientemente, como lanzamiento de UNR Editora, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Rosario que culminó el último domingo. En el encuentro se reflexionó y conversó sobre la identidad y la memoria, la familia y el recuerdo.

 

 

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