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ANÁLISIS POLÍTICO

Un triunfo electoral no significa un cheque en blanco

El gobierno aguarda por estas horas el resultado del escrutinio definitivo de las Paso sabiendo de antemano que, más allá de que se imponga o no la ex presidenta Cristina Kirchner en la provincia de Buenos Aires, la sensación de haber recibido un espaldarazo de confianza general en todo el país el pasado domingo 13 de agosto permanecerá inalterable.


El gobierno aguarda por estas horas el resultado del escrutinio definitivo de las Paso sabiendo de antemano que, más allá de que se imponga o no la ex presidenta Cristina Kirchner en la provincia de Buenos Aires, la sensación de haber recibido un espaldarazo de confianza general en todo el país el pasado domingo 13 de agosto permanecerá inalterable.

En el recuento final de votos, esa diferencia favorable a Cambiemos de apenas 0,08 por ciento podría variar, como se espera que suceda, e incluso revertirse, lo que significaría para la ex jefa del Estado y líder de Unidad Ciudadana una ajustada victoria sobre el precandidato a senador de la Nación por el oficialismo Esteban Bullrich en territorio bonaerense.

De todos modos, sea cual fuera el veredicto del escrutinio que se realiza en el teatro Argentino de La Plata, tanto para el gobierno como para Cristina el simbolismo de haber ganado las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (Paso), y sus potenciales consecuencias, son largamente más relevantes que el triunfo en sí mismo, en unas elecciones consideradas por muchos como una simple “encuesta nacional”.

Para el gobierno, una victoria implicaría la satisfacción de haber derrotado a la ex mandataria en el principal distrito del país, allí donde Cristina atesora un núcleo duro de votantes, y al mismo tiempo le permitiría adentrarse en la segunda mitad del mandato de Mauricio Macri sin turbulencias de temer –al menos políticas– en el horizonte, en el caso de confirmar el resultado en los próximos comicios.

En tanto, para Cristina, claramente un éxito en las Paso sería crucial para sus aspiraciones de absorber todavía mayor respaldo en los próximos dos meses y llegar lo mejor pertrechada posible a las elecciones decisivas del 22 de octubre venidero, cuando se presume que el llamado voto útil o voto anti-K podría ganar más protagonismo y jugar un rol determinante.

En este sentido, entre los desafíos inmediatos que afronta la ex presidenta en su afán por adueñarse de una banca en el Senado nacional y llevar consigo, además, al ex canciller Jorge Taiana, sobresale uno bastante curioso por cierto: lograr sumar más votos que los que consiguió Aníbal Fernández como candidato a gobernador hace dos años.

En caso de fallar, ese traspié de Cristina sin lugar a duda será explotado políticamente por el gobierno durante la campaña con vistas a octubre.

Los votos no dan la razón

En las Paso, e incluso durante el escrutinio provisorio de esa misma noche, el cual generó múltiples suspicacias, quedó demostrado –por si algunos tenían dudas al respecto– que la coalición de gobierno, Cambiemos, no es la Alianza UCR-Frepaso que tropezó con la Presidencia de la Nación en 1999 y que indudablemente Macri no es Fernando de la Rúa.

El oficialismo se alzó el pasado domingo 13 de agosto con una de esas victorias que envalentonan al poder de turno y que pueden resultar cruciales para garantizar gobernabilidad: pero, cuidado, el triunfo no significa un cheque en blanco; un pase libre para un parque de diversiones en el que, por ejemplo, se suspenda al cuestionado juez Eduardo Freiler de la manera en que se hizo… Más que una avivada, se trató de un atropello.

Es cierto, el macrismo recibió un espaldarazo significativo en las urnas e incluso inesperado, tomando en cuenta las políticas de ajuste económico implementadas por el gobierno en los últimos dos años. Pese a todo, Cambiemos fue la agrupación que más votos cosechó en el ámbito nacional (alrededor del 36 por ciento), con éxitos resonantes en provincias como Córdoba, San Luis, Neuquén y Santa Cruz, la cuna del kirchnerismo.

Pero, claramente, el gobierno de Macri cometería un error, un grosero error, si permite que las mieles de esta victoria en las Paso lo engolosinen, lo embriaguen y lo confundan, haciéndole suponer que el triunfo le da la razón en todo.

Analistas políticos consideran que si 3,5 de cada 10 votantes dieron su respaldo a Cambiemos en todo el país –contra un 20% del kirchnerismo y un 17% del peronismo tradicional– fue porque esos ciudadanos abrigan la expectativa de estar mejor en un futuro cercano; es decir, no necesariamente acudieron a las urnas y, al elegir la boleta, ponderaron su situación actual, pensaron “en el bolsillo”, como se suele decir.

Defraudar a ese público fiel implicaría forzarlo a sumarse al número de decepcionados que ya tienen decidido darle la espalda a Cambiemos en estos comicios de medio término, lo que a todas luces podría resultar fatal para las pretensiones de Macri y compañía de extender por cuatro años más el mandato en 2019: año en el que el Partido Justicialista –al que no le gusta demasiado ser oposición– intentará regresar al poder.

Claro que el peronismo transita actualmente por un proceso de reconstrucción y de renovación después de la derrota de 2015 y, sin un líder consolidado aún, que sea capaz de iluminar el camino hacia el resurgimiento, un eventual traspié de Cristina no tanto en las Paso, sino en octubre tornaría más cuesta arriba aún esta misión en la que se embarcó el PJ.

De todos modos, esta es otra discusión.

¿La única verdad?

Si la realidad es la única verdad, como presuntamente solía decir el ex presidente Juan Domingo Perón, es indudable a estas alturas del gobierno de Cambiemos que, si la economía no empieza a reactivarse, si no repunta el consumo, si la inflación continúa haciendo estragos y carcomiendo el poder adquisitivo del salario, al macrismo le demandará cada vez más esfuerzo defender su verdad y evitar que pierda credibilidad frente a la realidad.

Más allá de las discusiones políticas, de las chicanas y las especulaciones sobre quién tiene más probabilidades de mejorar en octubre su performance de agosto (¿Cambiemos, restándole votos a 1País de Sergio Massa y Margarita Stolbizer); o Cristina (con el apoyo de los peronistas que en las Paso respaldaron a Florencio Randazzo?), detrás de cada sobre introducido en las urnas existen hombres y mujeres unidos por el mismo deseo de prosperidad o, simplemente, de poder llegar cómodos a fines de mes.

Pero, atención, si en efecto la única verdad es la realidad, eso quiere decir –también– que a pesar del ajuste económico, poco más de un tercio de la ciudadanía está dispuesta a renovarle la confianza al gobierno, si bien de cada 10 personas, casi siete optaron por otras alternativas políticas.

Mientras el país en su conjunto aguarda por un “segundo semestre” que parece no llegar nunca, esa suerte de palmada en la espalda que recibió Cambiemos en las Paso, un par de días después de los comicios, es vista como una oportunidad: “Las buenas noticias electorales permiten ser más optimistas con el crecimiento de este año”, estimó al respecto la consultora ACM (Análisis de Coyuntura Macroeconómica).

En un reciente informe difundido a la prensa, la firma que dirige Javier Alvaredo consideró que “la tranquilidad cambiaria” generada al cabo de la votación “incrementa la posibilidad de impulsar reformas que motoricen la economía en el mediano plazo”, al tiempo que “seguramente se reactivarán proyectos de inversión que se encontraban en stand by”.

ACM indicó, asimismo, que sobre la base de “las buenas señales al consumo y la inversión, junto con la buenas expectativas que despertó el resultado electoral”, decidió mejorar su proyección de crecimiento para 2017, del 2,7% al 3,1%.

La consultora pronosticó un “repunte del consumo, que crecería en torno del 3% (interanual) y de la inversión, que también se incrementaría en torno al 10%”.

“En este escenario, la economía estaría creciendo al 4,5% (interanual) en el tercer trimestre, lo que ciertamente puede mejorar la performance electoral del gobierno en las elecciones de octubre”, evaluó finalmente ACM.

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