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Construir infancias dignas y respetadas

Un mundo en el que quepan todos los mundos

El 28 de mayo es el "Día Nacional de los Jardines de Infantes" y el "Día de los y las Maestras Jardineras" en Argentina. Gabriela Pereyra, que co-conduce la Secretaría de Nivel Inicial de la Asociación del Magisterio de Santa Fe, señala la importancia de los jardines en la educación de les niñes


Juan Pablo Sarkissian

El 28 de mayo se celebra, en memoria de Rosario Vera Peñaloza, el “Día Nacional de los Jardines de Infantes” y el “Día de los y las Maestras Jardineras” en Argentina.

Rosario Vera Peñaloza nació el 25 de diciembre de 1873 en el pueblo de Atiles, La Rioja, donde es reconocida por su destacada labor docente. La escuela del lugar es conocida como “Escuela Maestra de la Patria” en su honor.

En el año 1969, Mercedes Sosa junto a Ariel Ramírez y Félix Luna incluyeron la canción “Rosarito Vera, Maestra” en el álbum “Mujeres Argentinas”, como un modo honrar su memoria y destacar la importancia de su trabajo.

Y Atiles también tiene historia: fue escenario de uno de los últimos enfrentamientos entre las fuerzas federales lideradas por Ángel Vicente Peñaloza y las fuerzas unitarias al mando del coronel Ignacio Rivas, con anterioridad al acuerdo de paz firmado en el Tratado de La Banderita.

Como sea, Vera Peñaloza, dedicó su vida a la enseñanza y fundó el primer jardín de infantes argentino. El Consejo Nacional de Educación de la época le encargó la formación del Primer Museo Argentino para la Escuela Primaria que en la actualidad es el Complejo Museológico del Instituto Félix Bernasconi. Tras una larga y brillante trayectoria, es nombrada Inspectora de Enseñanza Secundaria, Normal y Especial. Falleció el 28 de mayo de 1950. Esa es la fecha que se toma, precisamente, para conmemorar en su honor, el “Día de los y las Maestras Jardineras” y el “Día de los Jardines de Infantes”.

“Nuestra tarea intenta, a tiempo completo, retomar la idea y propuesta de Paulo Freire cuando señala que la lectura del mundo precede a la palabra, y como diría Graciela Montes, les niñes construyen su lugar en el mundo en la escuela, porque las lecturas son el camino para encontrar y construir sentido”, señala Gabriela Beatriz Pereyra que junto a Carina Cabello conducen la Secretaría de Nivel Inicial de la Asociación del Magisterio de Santa Fe (Amsafe provincial) y es candidata a Delegada Seccional Adjunta de la seccional por el departamento Rosario para la elecciones del gremio el próximo 15 de junio.

Y agrega: “En realidad todas las cosas que se hacen en el jardín son construcción de sentido, estamos hablando de la lectura del mundo, de cómo nos apropiamos del mundo, qué espacio le damos a los nenes y las nenas para que construyan su lugar en el mundo. Y necesariamente ese mundo es con otros. Con esos otros que nos encontramos en el jardín y aprendemos a mirarlo, a cuidarlo con otros ojos, ya no sólo con los del primer vínculo familiar, sino en la diversidad de miradas, de sentires”.

La educación siempre es una experiencia ética

Por esta razón, cuando les niñes van al jardín, dice Pereyra, “el tiempo, el espacio y los recursos se organizan para hacer posible la experiencia del punto de partida y el acontecimiento del encuentro, la atención y el interés se tornan indispensables. Como maestras tenemos que ser capaces de ayudar a los estudiantes a escapar de su mundo vital y de su (aparentemente predestinado) lugar y destino en el orden social apostando a un amor que se expresa en el hecho de abrir y compartir el mundo”.

“Nosotras somos trabajadoras de la educación y reivindicamos con orgullo y pertenencia esa condición, pero es necesario pensar que la educación siempre es una experiencia ética, en tanto que la constituye una relación, es decir, la palabra de un otro que nos trasciende como educadores y frente al cual tenemos la obligación de asumir una responsabilidad incondicional más allá de todo”.

En este sentido remarca: “En paralelo, el acto de enseñar puede pensarse como un “nombrar juntos” las cosas del mundo. Es decir, entre las cosas y el mundo común están las palabras. Las cosas están hechas también de las palabras que las nombran, y el mundo se vuelve lo que es, cuando lo nombramos”.

Es preciso recordar que Vera Peñaloza vive en una época en la que el rol asignado a la mujer estaba muy ligado al ámbito doméstico y consecuentemente, la educación de las niñas y niños en la primera infancia debía darse allí. En ese contexto, demuestra, como mujer y maestra, la vital importancia del nivel inicial en el proceso de formación. Así, propone una educación más abierta e inclusiva, estableciendo una inquebrantable coherencia entre la pedagogía y la práctica del aula y fuerte defensa de los derechos de las mujeres que hoy sigue teniendo más vigencia que nunca.

Es que Vera Peñaloza comprendía la educación como un proceso integral que comenzaba en los primeros años de vida, haciendo hincapié en la expresión oral y la construcción del conocimiento a través de la creatividad, la exploración y el juego. “El juego es la vida del niño. En él ejercita su actividad innata y muestra sus gustos y sus tendencias, su sentir”, afirmaba de manera contundente.

En sintonía, Pereyra rescata la su icónica frase del Subcomandante Marcos: “Un mundo en el que quepan todos los mundos”.

“Es a partir de ahí que se puede pensar al jardín de infantes como ese mundo en el que caben muchos mundos. Lxs niñxs van al jardín para «aprender cosas», pero se puede  ampliar la mirada con la idea de que lxs niñxs van al jardín para encontrarse con el mundo de un modo particular, o para «balbucear» el mundo”, y en ese balbucear encontrarse con otros mundos”.

En la escuela del jardín se aprende a estar con otros

Dice el pedagogo Daniel Brailovsky: “El jardín es escuela porque allí aprendemos a estar con otros, a salir de nosotros mismos. Los chicos van al jardín para ser verdaderamente escuchados y para habitar otras vidas a través de los relatos que allí se construyen. Van a preguntar y a preguntarse, a mirar y a mirarse, a través de la lente amorosa del juego. Van para abrirse a una conversación que los humaniza como infancias y que devuelve infancia a la humanidad toda. Van a hablar con sus propias palabras, porque en la sala (que es un aula) del jardín (que es una escuela) la palabra está abierta para hacerla propia”.

En este marco, es necesario rescatar el rol de las y los docentes del nivel inicial, en más de un caso observadas con desdén.

“Hay que desentrañar un conjunto de mitos que circulan acerca de los y las maestras jardineras, como por ejemplo que para ejercer de maestra solo se necesita ser paciente, alegre y que le gusten les niñes, que, como sólo se aprende en la primaria, no sería necesaria demasiada formación docente. Miradas interesadas sostienen estas lógicas y también es nuestra tarea echarlas por tierra. Para desovillar esos mitos, las maestras tenemos que dejar de convalidar estos supuestos en el quehacer cotidiano y reafirmarnos en el trabajo que realizamos, en la construcción de  intervenciones pedagógicas y la producción de conocimientos que se retroalimenten. Es vitalmente necesario el trabajo colectivo y  en red, con otras instituciones y la comunidad. Porque al fin y al cabo nuestro trabajo se tiene que basar en el compromiso de construir mundos más justos con infancias mucho más dignas y respetadas”, remarca Pereyra.

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