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Un mes del adiós a Sandro

Hoy se cumplen treinta días de la multitudinaria despedida del ídolo de América. Sus fanáticas y todos aquellos que supieron escuchar sus melodías lo recordarán con el mismo fervor que cuando murió.

El inmenso fervor, las contundentes y masivas muestras de afecto que acompañaron el definitivo adiós a Sandro, de quien ayer se cumplió el primer mes de su muerte, fueron una muestra palpable del lugar que el músico se ganó en el corazón de la gente y un pasaje privilegiado al territorio del recuerdo popular.

Aquejado por una enfermedad pulmonar obstructiva crónica (Epoc), que lo llevó a tener apenas el 8% de su capacidad respiratoria y lo obligó a un triple trasplante de corazón y pulmones en un cuerpo frágil y debilitado, Sandro falleció el pasado 4 de enero en Mendoza, 45 días después de haber sido sometido a una intervención quirúrgica que era su última carta y su mayor esperanza de vida.

El músico nacido en la maternidad Sardá de Parque Patricios un 19 de agosto de 1945 y criado en Valentín Alsina fue, desde joven, no sólo un provocador y un atrevido pibe de barrio dotado de una inmensa sensualidad y un carisma inusitado, sino también una de las expresiones más poderosas de la cultura plebeya, un lugar de reconocimiento y una figura de idolatría.

Si su muerte fue una ceremonia fausta, con miles de personas acercándose hasta la capilla ardiente montada en el Congreso de la Nación y otras tantas despidiéndolo en el cortejo fúnebre por las calles de los barrios más populosos del Gran Buenos Aires, ayer comenzó una visita masiva al cementerio de Almirante Brown donde el ídolo fue enterrado y se prevé que continuará durante todo el día de hoy. 

También la vida de Sandro fue de película y, si bien resguardó obsesivamente su intimidad detrás de los muros de la casona de Banfield, siempre explotó el fenómeno que supo inventar y que sintonizó con una industria cultural que se nutría, sobre todo, de artistas locales antes de los vientos de la globalización.

No sólo editó 53 discos y vendió más de 8 millones de placas discográficas en el país, además de filmar 13 películas, una de ellas dirigida por él, sino que también fue el primer artista latino en cantar y llenar el Madison Square Garden de Nueva York.

En su momento de gloria, Sandro estuvo primero en todos los rankings de América del Sur y América Central; y fue un suceso en España y otros países de Europa, continente que apenas visitó porque se negó a “pasar la vida arriba de los aviones” y porque, como buen pibe de barrio, prefirió ser un fenómeno de cercanía antes que una inalcanzable estrella internacional.

Sus comienzos se remontan al Trío Azul, Los Caniches de Oklahoma y el mítico Los de Fuego, un grupo de rock bastante procaz –lo que le valió inclusive algunas censuras–, y con el que inauguró en 1963 el también legendario reducto La cueva, de Juncal y Pueyrredón en Buenos Aires, junto a Pajarito Zaguri y Horacio Martínez.

Sin embargo, fue con la música melódica que Sandro logró su mayor popularidad, que quedó consolidada en Argentina cuando en el carnaval de 1971 llenó con 60 mil personas el ya desaparecido estadio porteño de San Lorenzo de Almagro de avenida La Plata.

Temas suyos como “Así”, “Por qué te amo”, “Penas”, “Mi amigo el puma”, “Penumbras” y “Una muchacha y una guitarra”, lograron vender un millón de copias cada uno en el país, dando una idea del fenómeno que logró suscitar.

En la despedida final, fue su esposa Olga Garaventa, la última de una serie de mujeres a las que amó y que ocultó del conocimiento público y la única con la que se casó, la encargada de diseñar el último adiós del ídolo y lo hizo a la altura y en el estilo del artista fallecido: dando protagonismo público a sus seguidores y resguardando para la familia y los amigos las imágenes más íntimas y reservadas.

Hasta en esas horas finales, Sandro estuvo a la altura de la idolatría que supo despertar y devolvió con afecto un último gesto hacia quienes lo eligieron desde el anonimato de los fieles.

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