Economía

Panorama económico

Un hecho negado y borrado de la historia: el trasfondo económico de la gesta de Mayo de 1810

“Seguramente son pocos los argentinos que saben que durante los primeros tres siglos de la historia de nuestra nueva identidad mestiza hispanoamericana, habíamos logrado alcanzar un nivel de bienestar básico para todas las personas”, marca el análisis de los autores


Fundación Pueblos del Sur (*) / Especial para El Ciudadano

Las celebraciones del 25 de Mayo de 1810 suelen hacer énfasis en el espíritu independentista que sobrevolaba por aquel entonces y en los hechos políticos que abrieron camino a un nuevo de gobierno. Sin embargo, se habla mucho menos de las circunstancias económicas que venían sucediendo en el Virreinato del Río de la Plata, a pesar de que indudablemente formaron parte de los motivos que dieron lugar a las revueltas populares y las luchas que sucedieron de allí en adelante. En efecto, la gesta de Mayo tenía mucho que ver con las decisiones políticas que afectaban los intereses económicos de la Patria, por lo que no hay razón para eludirlos al momento de conmemorar el desenlace de la Revolución.

Tal como explica clara y sintéticamente José María Rosa en su libro “Defensa y pérdida de nuestras independencia económica”, “… el comercio hispanoamericano en los tiempos de los galeones quedó reducido al transporte del oro y la plata de América a España, y al regreso de esos barcos llevando el mismo peso en los pocos, poquísimos, efectos ibéricos que no podían producirse aquí. América tuvo que bastarse a sí misma. Y ello le significó un enorme bien: se pobló de industrias para abastecer en su casi totalidad el mercado interno”.

El bloqueo comercial que se había producido de hecho (sin quererlo) le permitió a Iberoamérica alcanzar un nivel de desarrollo manufacturero y comercial que, si bien retrasado en términos tecnológicos respecto al que se estaba dando en Europa, generaba bienestar material. La demanda de trabajo para la producción de bienes y servicios vinculados al autoabastecimiento permitió la integración socioeconómica de los poblados, incluyendo muchas veces a la población nativa. La especialización productiva, que se fue dando en base a las características geográficas y naturales, promovía un intercambio complementario entre las ciudades del Virreinato del Perú y el Virreinato del Río de la Plata, que les hacía en efecto ser independientes de la existencia y comercio del viejo continente.

¿No es este el anhelo actual de nuestro pueblo? ¿No debe ser el propósito de la economía, las satisfacciones de las necesidades materiales de las personas, para la libertad respecto a todo interés de sometimiento? Seguramente son pocos los argentinos que saben que, durante los primeros tres siglos de la historia de nuestra nueva identidad mestiza, hispanoamericana, habíamos logrado alcanzar un nivel de bienestar básico para todas las personas, sin necesidad de asistencia, préstamos o prebendas del resto del mundo, con recursos y capacidades propias para aspirar a mucho más. Este hecho negado, borrado y olvidado de nuestra historia es de vital importancia en la actualidad, puesto que resulta un antecedente posible y real en nuestra lucha por una verdadera independencia económica.

Esta historia empieza a cambiar hacia fines del siglo XVIII, ya que en 1778 comienza el proceso de apertura del Monopolio (por el Reglamento de Libre Comercio con América) que va a flexibilizar el comercio con Gran Bretaña. Es el tiempo en que Inglaterra necesita imperiosamente abrir el comercio con América para colocar sus productos, ya que Estados Unidos va a profundizar sus políticas proteccionistas a partir de su independencia.

Ya antes de la Revolución de Mayo estaba latente la amenaza de un esquema librecambista, pro británico y asociado estrictamente al interés de unos comerciantes y contrabandistas vinculados al puerto de Buenos Aires. Si se abría el comercio con Gran Bretaña la protoindustria del interior corría la suerte de desaparecer, lo que dejaría en la pobreza, sin trabajo y sin futuro a los pueblos del interior.

El debate era claro: unos proponían el librecambio para poder comprar mejores productos a más bajos precios; otros defendían el proteccionismo porque de ahí surgía el trabajo y el bienestar material de los pueblos.

En este sentido, Yañiz y Agüero afirmaban desde la realidad de los hechos que “es un error creer que la baratura sea benéfica a la Patria; no lo es efectivamente cuando procede de la ruina del comercio (industria), y la razón clara es que no florece ésta si cesan las obras, y en falta de éstas se suspenden los jornales; y por lo mismo, ¿qué se adelantará con que no cueste más que dos lo que antes valía cuatro, si no se gana más que uno?”.

Por su parte, Mariano Moreno, afirmaba desde la idea que “los que creen la abundancia de efectos extranjeros como un mal para el país ignoran seguramente los primeros principios de la economía de los Estados”.

Luego vinieron las facilidades al comercio inglés y fue el virrey Cisneros quien permitió el libre cambio pro británico. Pero el 26 de mayo de 1810 la Junta Gubernativa firmó el Acuerdo de Libre Comercio con Inglaterra, que garantizaba y facilitaba la continuidad del liberalismo comercial que venía gozando la corona británica hasta ese entonces. Esto permitió salidas de monedas de oro y plata (con un impuesto 2,5% y 4,5%). Se consolidaba así un proceso de liberalización comercial que empobreció rápidamente a los pueblos del interior.

El pueblo argentino de aquel entonces entendía claramente lo que estaba pasando porque los productos importados comenzaban a desplazar la producción y el trabajo local, acumulando pobreza y concentración del capital. Veían cómo las autoridades de Buenos Aires, en atención a sus propios intereses afines a los intereses foráneos, estaban terminando con su trabajo y con sus aspiraciones de ser libres e independientes.

Vendrán después las luchas en el interior y los caudillos que encabezaban esta cruda resistencia contra el poder económico y militar. Los argentinos van a tener que esperar hasta la llegada de Juan Manuel de Rosas para, en 1935, poder recuperar terreno en la lucha por la soberanía política y la independencia económica.

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