Rusia 2018

El espía rojo

Un enviado muy especial


Antes que nada, es mi deber presentarme. Mi nombre está al pie de esta columna, y seguramente no les representará nada, más allá de orientar sobre mis orígenes: ruso, claro, y para nada famoso, un don que está en las antípodas de mi larga carrera como espía de la KGB, oficio que -cualquiera puede entender– impone ante todo discreción y anonimato.

Tras el retiro, por cuestiones que no vienen al caso, emigré y me radiqué en esta ciudad, donde, ya sin muchas tareas que atender, fortalecí mi pasión y gusto por algo que aquí es enfermedad, o religión: el fútbol. Y como ocurre con todo aquel futbolista frustrado (más allá de que en mis años de juventud supe concretar alguna proeza en las inferiores del Dinamo), bajo el amparo de distintos pseudónimos me dediqué a comentar aquello que hacen los que sí saben jugar, como si uno supiera más y mejor que ellos. Dicho esto, cualquier analogía con el ADN de los periodistas deportivos no es pura casualidad.

En fin, conocido este breve currículum, no les será difícil entender que ante el inminente Mundial fui tentado por distintos medios para convertirme en su analista-enviado estrella, como buen conocedor de la geografía y la idiosincrasia rusas, poseedor de contactos de alto nivel en los más diversos ámbitos del poder internacional (incluida la oscura dirigencia que manda en Fifa), y mi preciada condición de puente cultural (en vez de Rosario-Victoria, algo así como Rosario-Rusia).

La cuestión es que me tentó la oferta de este diario, y no precisamente por el factor económico. De hecho, ahora que lo pienso, creo que ni siquiera hablaron de pagarme. Pero al margen de ello, sabrán ustedes que las grandes decisiones de la vida suelen estar inclinadas por pequeños detalles. Por caso, uno de ellos es que décadas atrás entablé íntima amistad con el primer secretario de redacción que tuvo este matutino, devoto de la fe soviética e histórico colaborador e informante de la agencia de noticias Tass.

Pasaron casi 20 años de aquello, el personaje en cuestión ha seguido otros rumbos, pero sin dudas algo de su impronta se mantiene; cuando pregunté dónde queda El Ciudadano, mi interlocutor me ubicó sin dudar. “En la esquina de Rusia”, señaló, en alusión al reconocido boliche de Pichincha emplazado frente a esta redacción. Detalles, dirán, pero para alguien que lleva el espíritu rojo en el alma, cualquier mínima evocación de tinte bolchevique tiene su peso, y no menor. Y aquí estamos.

Por lo demás, no esperen de mí pronósticos de resultados, ni lugares comunes a la hora del análisis. No soy el pulpo Paul, ni el gato Aquiles, ni el Pollo Vignolo, ni el Pato Fillol, ni nada que se le parezca a la fauna habitual de un planeta-fútbol hegemonizado por animales. La idea de estas columnas, que no pertenecen al pueblo, son mías, es aportar una mirada distinta, lateral, adyacente, oblicua, acaso tangencial al fenómeno de la redonda, del que todos hablan y muy pocos entienden, tema que quiérase o no machacará la agenda pública hasta el hartazgo de aquí a fin de julio, y no mucho más. Porque como bien decía Don Julio, para bien o para mal, todo pasa, incluso un Mundial. Hasta mañana.

 

(*) Vladimir Kuznetzov (80 años), ex espía de la KGB. Vivió en cada una de las sedes mundialistas y ahora reside en Rosario.

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