Ciudad, Edición Impresa

En Rosario, médico cirujano cura con veneno de abejas

Roberto Grand explica cómo y qué males trata con apitoxina, y también con polen, propóleos y miel

Por: Guillermo Correa

Roberto Grand es médico cirujano y médico legista, es decir, opera y hace peritajes. Pero la cola de personas que lo vienen a ver todas las semanas, incluso desde otras ciudades, nada tiene que ver con eso: es que él es presidente de la Asociación Argentina de Apiterapia y, hasta 2013, de la flamante Asociación Latina de Apiterapia. ¿Y qué hacen los apiterapeutas? Hablando mal y pronto, son quienes tratan enfermedades y dolencias con inyecciones de veneno de abejas. Aunque la disciplina es poco conocida, no sólo no es nueva sino que viene de la antigüedad remota. Y a pesar de que desde la medicina convencional se buscó empujarla hacia las llamadas “terapias alternativas”, Grand, que cursó y se recibió en la Universidad Nacional de Córdoba, viene tirando de las riendas en sentido contrario. Y sorprende con dos datos: el primero es que los apicultores, que por gajes del oficio terminan siendo blanco de los temibles y dolorosos aguijones de las abejas apis mellifera, resultan también ser prácticamente inmunes a un nada desdeñable conjunto de males. Y el segundo es que él mismo fue su primer paciente, y que los resultados que obtuvo lo impulsaron a investigar más, tanto que desde hace una década y media cambió por completo la forma de ejercer su profesión, y aun su propia vida.

—¿Cuándo y cómo empezó a trabajar con veneno de abejas?

—Hace 20 años. Yo estaba de guardia en Pami y tenía una epicondilitis, que es la enfermedad del tenista. Tenía los dos codos hinchados, no me podía mover, ya me había hecho infiltraciones, todo lo que se pueda imaginar. Y vino una chica, que estaba cuidando a un familiar, para que le tomara la presión. Me preguntó qué me pasaba y le expliqué. “¿No probó con apitoxina?”, me preguntó. Y yo ni siquiera sabía qué era eso. Resultó ser que el padre era el profesor Néstor Urtubey, un biólogo que está en Santiago del Estero y es la persona que más ha estudiado la apitoxina en el país, y es una autoridad en el mundo. Esta persona me trajo información y un frasco: como no tenía contraindicaciones y sabía que no me podía hacer mal, me hice aplicaciones. Yo era alérgico a las picaduras de abejas: al otro día tenía los codos totalmente hinchados, pero a la noche se habían deshinchado totalmente: desde ese día no sé qué es un dolor en el codo.

—Después continuó…

—Con mi madre. Ella tiene una artrosis muy severa de columna lumbar: cuando se agachaba, tenía que agarrarse de los muebles para poder enderezarse. Le empezamos a hacer apitoxina en la zona lumbar y al cabo de 10 sesiones se paraba sola, doblaba las rodillas, y tocaba el suelo con la palma de las manos. Así siguió, de allí lo empezamos a usar con gente amiga, y después se desparramó como reguero de pólvora. De ahí en más empecé a interiorizarme, a investigar, a ver qué tenía, por qué calmaba. Y así llegué a un estudio que se hizo en Alemania sobre 5.000 apicultores: ninguno de ellos había desarrollado cinco tipos de enfermedades, que son artritis, artrosis, asma bronquial, psoriasis y cáncer. Es decir, son enfermedades que difícilmente un apicultor desarrolle –nunca es el ciento por ciento– y por qué: porque viven picados por las abejas.

—¿Esa es la teoría de base?

—En base a eso empezamos a profundizar y después a incursionar en todos los productos de la colmena. Apiterapia no es solamente apitoxina, que es el derivado del veneno que usamos en inyecciones. Tenemos también miel, polen, propóleos, jalea real… Es una serie de elementos que sirven a la medicina.

—¿Y trata un abanico de enfermedades?

—Si cualquiera busca en internet, hay páginas y páginas que hablan de cantidad de cosas que dicen que se tratan con apitoxina. Eso es falso. Se pueden tratar artritis, artrosis, hernias de disco, pinzamientos, neuralgias. Y estamos haciendo una linda experiencia en esclerosis múltiple. Hay un término que popularmente se usa en los medios, que identifica a esto como una terapia alternativa. Yo logré, después de muchas luchas y charlas en todo el país, imponer otra terminología: esto es una “terapia complementaria”. Es decir que nosotros, los apiterapeutas, no renegamos de la medicina alopática; pero sí consideramos que el ser humano es una unidad, no una estadística, y entonces no podemos decir que si una pastillita blanca le hizo bien a cien personas le va a hacer bien a todo el mundo. El paciente tiene que ser, primero, bien diagnosticado. Y después estudiado y ver cuál es el tratamiento que le cabe. ¿Cuál es la ventaja de la apitoxina sobre los tratamientos convencionales? Nosotros tenemos analgésicos, antiinflamatorios, corticoides, y todos son buenísimos. Pero tienen un período en el cual los podemos usar, no se pueden usar eternamente. Por ejemplo, una persona que padece una artritis reumatoidea: toma analgésicos, antiinflamatorios, corticoides, sales de oro, protector de la mucosa gástrica, antiulcerosos… Ya estamos hablando de siete u ocho medicamentos al mismo tiempo. Y el hecho de tomarlos prolongadamente destruye otras cosas. El corticoide es buenísmimo, pero si se usa por tiempo prolongado provoca fallas en la suprarrenal, trastornos cardíacos, osteoporosis… Y la apitoxina es un medicamento que no provoca nada eso: en un proceso artrósico, logramos que no siga avanzando. Hasta acá llegamos.

—¿Cómo es eso?

—La apitoxina, aplicándola a nivel local, es muy alto el efecto analgésico y antiinflamatorio. Localmente el efecto es mucho mayor, y se aplica en forma subcutánea, es decir por debajo de la piel. Si el problema es en la rodilla, se aplica en la rodilla. Pero el efecto general que hace es estimular a la suprarrenal para la producción de endocorticoides –los corticoides que nosotros mismos fabricamos, que no nos hacen nada–; activar la circulación –el organismo tiene la posibilidad de hacer más rápido o mejor el cambio de toxinas que son las que provocan dolores y demás–; inmurregular –actúa sobre el sistema inmunológico y por eso el tratamiento con apitoxina de una serie de enfermedades autoinmunes es excelente–. Después tiene otra serie de efectos, pero lo más importente es que no tiene contraindicaciones. Es decir que el paciente en tratamiento puede comer y beber lo que quiera, tomar cualquier otro tipo de medicamento que tenga indicado o que le tengan que indicar. Es decir, puede hacer una vida normal. Cuando me preguntan, yo les digo que se imaginen que salen al patio de su casa y los pica una abeja: por una picadura no van a dejar ni de comer ni de tomar ni de hacer nada. Cuando llega un paciente por primera vez se le hace una reacción intradérmica: se pincha dentro de la piel y se le hace un “buboncito”. Es decir, se emula la picadura de abeja, y con la reacción sabemos si el paciente es alérgico o no. Si lo es, se hace un tratamiento de des-sensibilización: empezamos con apitoxina muy diluida, y en dosis crecientes.

—¿Lo reconocen las obras sociales?

—No, a esto no lo reconoce nadie. Pero volviendo a la artritis reumatoidea: son siete u ocho medicamentos, pero si el paciente comienza con apitoxina, no toma más ninguno, porque no va a tener más gastritis ni otros problemas. Igual hay un problema: nosotros podríamos llegar a la tercera parte de lo que nos cuesta hoy la apitoxina si lo hiciésemos masivamente, porque para hacer un litro el costo es exactamente el mismo que para hacer cien.

—¿Y en cuanto a la efectividad en pacientes?

—Yo tengo una estadística que presenté en un congreso en Termas de Río Hondo, hecha sobre 4 mil pacientes míos, tratados en 12 o 14 años, y con seguimiento. Para sintetizar, hay un 70 por ciento de efectividad absoluta, un 20 por ciento que anduvieron ni bien ni mal y hay un 10 por ciento de fracasos. Estoy hablando en general, después cada caso en particular es distinto. Esto yo lo vi por Discovery: los estadounidenses están tratando esclerosis múltiple con picadura directa de abejas, y empiezan el primer día con dos picaduras, hasta llegar al día 14 con 74 picaduras. Después empiezan a bajar, hasta llegar al día 28 con dos.

—¿Esa cantidad de picaduras no mata?

—Si se va haciendo progresivo, no. El número de picaduras de abejas que se considera que puede matar son 100. Pero lo cierto es que puede matar una sola: si una persona tiene alergia y lo pica una abeja en la cara, se produce edema de glotis y chau.

—¿Se aplica apitoxina en puntos de acupuntura?

—Se llama “apipuntura”. Por lo general se buscan puntos de acupuntura para aplicar apitoxina, fundamentalmente en la columna, porque el efecto analgésico es mucho más rápido. Ahora, que se calme el dolor no significa que el paciente esté curado: los tratamientos, por lo general, duran de tres a seis meses.

—¿Cómo se aplica?

—Un caso clásico son tres aplicaciones semanales, por ejemplo lunes, miércoles y viernes con descanso sábado y domingo, durante dos meses; después bajamos a dos y a una hasta no hacer más. Y después hacemos una vez al año dos o tres semanas seguidas de tratamiento.

—¿Y hay aceptación de la apiterapia en hospitales o universidades?

—Hay muchos lugares donde se están haciendo estudios conjuntos: Santiago del Estero y La Plata son dos de ellos, y ahora estamos, como Asociación, trabajando con la Universidad Nacional de Río Cuarto. Pero seguimos tratando, con esfuerzo, de que nos lleven el apunte.

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