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Reflexiones

Todo acto político es ambiental y el consumismo, su producto

En la historia de la humanidad el desencantamiento tuvo su función.


En la historia de la humanidad el desencantamiento tuvo su función. Desencantar, nos indica el desandar de una ilusión, esto es divorciarnos de una gran seducción que nos atrapaba. Podemos decir que algunos encantamientos son muy persuasivos. Muchas veces para realizar una crítica tenemos que alejarnos del objeto, la distancia  permite cuestionar lo que se ve, eso abre  el  camino de una nueva visión. En el medioevo el hombre estaba encantado con la naturaleza. San Agustín, en su obra La Ciudad de Dios, percibió un desencantamiento, pero va a ser, entre otras cuestiones, con la peste negra que asoló Europa donde más de cuarenta millones de personas encontraron la muerte. Esto iba a producir una gran decepción con la naturaleza. Otro desencanto sucedió, entre tantos otros, en el día de los Todos los Santos, el 1º de noviembre de 1755, en la catástrofe de Lisboa. Ese día, un grave terremoto seguido por un tsunami la devastaría con muerte y destrucción. Esta catástrofe natural se expandió también a  otros lugares. Sólo en Lisboa murieron más de sesenta mil personas. El hombre empezó a desencantarse, a quitarse el encanto y la naturaleza ya no encandilaba. No había protección ante la inseguridad y por ende del miedo. Es difícil imaginar la modernidad  sin esta desilusión. Pero ahora,  la decepción  es con la razón moderna. Le llevó un largo camino a la humanidad distanciarse de la naturaleza. Y, ahora otro tanto para formar parte de ella. Estas distancias y cercanías tienen un lugar común: las catástrofes ambientales en sentido amplio. ¿Será acaso el movimiento pendular de Foucault?

El hombre de la modernidad se volvió en sí y para sí, y ya en el industrialismo avanzado empezaba depredar su casa común: el planeta. En la actualidad ya no se trata de desengaños, sino de necesariedades: nuestra casa la Tierra necesita de cuidado. Ya no es el hombre en el medioambiente, es el hombre integrando ambiente.

El ambientalismo político es el ambiente como un todo, atravesado por la política. Esa relación es integradora, dialéctica, no lineal y sumadora. La política analiza, evalúa, decide  y  gestiona resoluciones conflictuales ambientales. Todo ello desde una concepción ambiental integral, que abarca las dimensiones de la vida orgánica, elementos inorgánicos y los bienes comunes (agua, aire, tierra,  tiempo, etc.).

Toda acto político es ambiental y viceversa.  Lo es en sí o deviene en ello. Así, la injusticia social de la pobreza es una lesión ambiental y es analizada en ese sentido por una parte del  ambientalismo político. Porque al malograrse la vida de muchas personas con la desocupación y la pobreza se está afectando el bien vida, en este caso humana. Cuando se contamina el aire o el agua es una cuestión de lesa ambientalidad, y es la política, entre otras ciencias, pero, en grado de prevalencia, que tomará la cuestión.

Es notable cómo el ambientalismo político logró superar las barreras del siglo XX, al no quedarse  en la flora y la fauna solamente.

Todo acto de consumo es político, dado que construye y es construido en tendencias, ideologías, estéticas y actuaciones conductuales en la sociedad. Determina fundamentalmente  cómo se utilizan los bienes comunes universales de la Tierra.

Las políticas ambientales derivan y son consecuencias del ambientalismo político. Por lo tanto  es biocentrista y dará lugar a políticas ambientales que prioricen el bien vida y los bienes comunes universales.

El artículo 41 de la Constitución nacional establece el derecho a un medio ambiente sano; ello tiene una caracterización de priorizar sólo al hombre, típica del siglo XX, importante, pero insuficiente. El nuevo pensamiento de la neomodernidad critica esta posición constitucional. Lo transformador es la centralidad de la vida en todas sus dimensiones.

Se necesita en ese sentido  una profunda innovación de la administración pública que ya no es sólo para el hombre, es para la vida in totum. La actual organización de la cosa estatal responde al siglo pasado más que al siglo XXI. Los gestores  tienen por delante un profundo desafío: ya no es la administración para proveer servicios y obras para el bien común,  sino que debe  pasar a ser administradores y protectores de los bienes comunes.

En tiempos de la velocidad sin razón, es necesario el cuidado perpetuo de lo efímero. Nos falta mucha conciencia de la fragilidad de la vida.

Director Cátedra del Agua UNR / Especialista en Ambiente-Desarrollo Sustentable / Docente UNR

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