Economía

Panorama económico

Superávits gemelos: no hay mucho para festejar

Los primeros datos de la economía en 2019 arrojan que en enero hubo saldo positivo en las cuentas públicas y en la balanza comercial. Pero lo primero no indica crecimiento sino ajuste en las funciones del Estado, y lo segundo surge de la caída de importaciones por achicamiento del mercado interno


Por: Esteban Guida (*)

Los primeros datos oficiales del año 2019 muestran que la economía argentina logró un superávit en las cuentas públicas y en la balanza comercial, lo que se denomina “superávits gemelos”. De hecho, hace unos días, desde el Ministerio de Hacienda celebraron que las cuentas públicas obtuvieron un saldo positivo de 16.000 millones de pesos para el mes de enero. Por su parte, el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) publicó los primeros datos mensuales del intercambio comercial, los que arrojaron un superávit (diferencia entre exportaciones e importaciones) de 372 millones de dólares.

A simple vista, este resultado puede inducir a “cantar victoria antes de la gloria”, sobre todo teniendo en cuenta que el 2018 fue deficitario en ambos frentes (el fiscal y el externo). Pero, como bien alerta el dicho: “No todo lo que brilla es oro”. Si se analizan ambos superávits en el contexto de la actual situación económica nacional y de la política económica desarrollada por Cambiemos, no hay mucho por festejar; sería más prudente y racional dudar de la solvencia de la economía y del sustento de estos superávits en el corto y mediano plazo.

En otras palabras, más allá de los datos de enero, hay que preguntarse si la Argentina ha logrado estos superávits de manera genuina y si ello implica que la economía está mejor o se encuentra en un sendero de recuperación económica y desarrollo sostenido, aspectos que nunca se deberían resignar de los objetivos de la política económica de un gobierno.

Respecto a la primera cuestión, el Ministerio de Hacienda informó que en enero de 2019 se contabilizaron ingresos primarios por $281.653 millones; así, los recursos del Estado nacional crecieron 38,7% respecto de igual mes del año anterior. Asimismo, los egresos primarios (sin incluir el pago de los servicios de la deuda pública) totalizaron en $264.995 millones, alrededor de 33% por encima en términos interanuales. De esta forma, las entradas de dinero al Tesoro Nacional se expandieron a un ritmo mayor que las salidas y el superávit fiscal primario mejoró en términos interanuales.

Sin embargo, existen tres cuestiones a notar sobre este aspecto: primero, que los ingresos tributarios no ha crecido lo esperado producto de la recesión económica que se está impulsando desde el estallido de la crisis cambiaria de 2018; si el primer objetivo del gobierno sigue siendo controlar el dólar vía tasa de interés, no se puede esperar que la recaudación crezca mucho en vista de la dependencia que ésta tiene con la actividad económica. En otras palabras, si la recesión persiste, la recaudación no aumentará mucho más que la inflación.

Segundo, los gastos del Estado sufrieron considerables ajustes en línea con las condiciones estipuladas en el acuerdo stand-by con el Fondo Monetario Internacional, lo cual requiere considerar que esa reducción relativa del gasto implica menos servicios y menos prestaciones públicas que afectan proporcionalmente más a los sectores más vulnerables. O sea, la caída en el gasto no es gratuita, puesto que aumenta la brecha social.

Por último, la gran “mentirilla” del déficit fiscal total: resulta que este resultado fiscal primario no incluye lo que ha tenido que pagar el Estado nacional por los compromisos de deuda que asumió, no sólo como parte de la “pesada herencia”, sino por el despropósito del endeudamiento para financiar los crecientes déficits a los que el actual gobierno indujo a la economía argentina desde diciembre de 2015. Las cifras son elocuentes, puesto que en el primer mes de este año, los intereses ascendieron a $76.696 millones, un 157% por encima de lo registrado en enero de 2018, lo que hizo que el resultado fiscal total (financiero) fuera deficitario de $60.038 millones.

Por el lado de las exportaciones, estas alcanzaron en enero los 4.586 millones de dólares, mientas que las importaciones los 4.214 millones de dólares; de allí surge el mencionado superávit comercial. Sin embargo, esto no ocurre por una dinámica exportadora que renueve las esperanzas de una mejora real en la competitividad nacional, puesto que específicamente, las ventas al exterior disminuyeron 4,7% (es decir, 224 millones de dólares) en términos interanuales, principalmente por la caída en las ventas de manufacturas industriales y combustibles.

Lo que operó para lograr el superávit comercial fue el efecto de la recesión sobre las importaciones, buscado por el gobierno como recomendación del FMI para quitarle presión a la demanda de divisas. En enero las compras al exterior se contrajeron 26,5%, en mayor medida por el derrumbe en la adquisición de bienes de capital y de consumo. Como se observa, el efecto de la devaluación y la política monetaria contractiva, tiene más resultado sobre la caída de las importaciones (menor actividad y menor consumo) que por el incremento de las exportaciones (para lo cual se requiere mucho más esfuerzo, investigación, inversión y trabajo político).

Lo que se debería mirar para saber si la competitividad ha mejorado luego de la fuerte devaluación de la moneda, es el Índice del Tipo de Cambio Real Multilateral (ITCRM) que surge a partir de considerar también los precios internos. En efecto, con la presión cambiaria originada por las corridas de abril/mayo, junio y septiembre, tal índice comenzó a subir progresivamente hasta tocar un máximo histórico de 142 puntos en septiembre pasado (niveles que no se registraban desde enero de 2010). Sin embargo, este salto nominal de la competitividad se está esfumando con la persistencia del ritmo inflacionario, lo que hace que el ITCRM esté apreciándose nuevamente en una sostenida tendencia que lo llevó a 115,8 puntos en enero pasado.

Por tales motivos, vale preguntarse si la performance del mes de enero es sostenible en el tiempo y permite avizorar una mejora en la economía nacional. La información es contundente al reflejar que la situación económica cursa una caída sin límite visible y que, lo peor de todo, eso se trata de una decisión política enfocada a lograr mantener (a cualquier costo, sobre todo social, la fuente de financiamiento externo como respirador artificial de una economía que genera riqueza, pero la fuga en beneficio de unos pocos.

Es probable que este comportamiento de superávits gemelos se repita durante el año en curso, pero esto no implica bajo ningún concepto que se trate de la presencia de un crecimiento estable ni mucho menos, que resulte justo, equitativo y permita el desarrollo económico y social del país. Para ello, sin cambios previstos por el gobierno en materia económica, habrá que esperar un verdadero giro político que ponga el interés nacional por encima de los intereses particulares.

(*) Fundación Pueblos del Sur. [email protected]

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