Economía

Panorama económico

Soberanía monetaria: la esperada vuelta del control de cambios

El gobierno calificó como “extraordinaria” y “de emergencia”, la medida, que justificó en evitar “males mayores”. Pero es una herramienta de alto contenido político, y no utilizarla, negarla o denostarla es también un criterio político. Lo importante son los criterios afines al interés nacional


Esteban Guida

Fundación Pueblos del Sur (*)

Especial para El Ciudadano

 

El domingo pasado se publicó en el Boletín Oficial un decreto de necesidad urgencia donde el Poder Ejecutivo facultó al Banco Central a reglamentar una serie de medidas tendientes a controlar las operaciones cambiarias desde el 1° de septiembre hasta el 31 de diciembre de 2019. Inmediatamente, en los medios y en la calle se comenzó a hablar del nuevo “cepo cambiario” o “cepo light”.

El control de cambios fue una política enfáticamente rechazada por el actual oficialismo, incluso desde la campaña presidencial de 2015. Por eso el gobierno calificó a esta serie de medidas como “extraordinarias” y “de emergencia”, sólo justificadas para evitar “males mayores”. Hasta un director del Banco Central evitó utilizar el nombre técnico de la medida y optó por denominarla “paraguas cambiario”.

El ministro de Hacienda, Hernán Lacunza, fue más contundente al decir que “no son medidas típicas de un país normal y son medidas incómodas”. También dijo que “un país tiene que tener libertad para cambiar las zapatillas celestes por las verdes y comprar todo lo que quiera”, subestimando con infantiles analogías el conocimiento técnico y la sabiduría popular.

El control de cambios en Argentina es una medida de política cambiaria que ha sido etiquetada negativamente, aunque en sí misma no tenga nada de malo. Justamente, la prédica mediática interesada y políticamente decidida a inducir a toda una sociedad a juzgar las cosas desde un punto apátrida y a-histórico, termina logrando que una herramienta utilizada en todo el mundo con propósitos políticos y estratégicos, en sea demonizada sin mucho fundamento.

Tal es así que una gran mayoría de los argentinos utiliza el término “cepo” para hablar de algo que no sabe muy bien qué es, pero que definitivamente considera dañino; en general esto no se debe a un prejuicio ideológico, sino más bien al simplismo de usar los términos que usan todos, aunque sin saber muy bien por qué. Es posible que de esta forma muchas personas terminen opinando en contra del interés nacional sobre un tema de gran actualidad y siempre presente en la agenda de todos los días: el dólar.

El control de cambios (mal llamado “cepo” cambiario) refiere a las diferentes formas y mecanismos que tiene un país de intervenir y regular el mercado cambiario con el propósito de administrar con determinados criterios políticos y económicos la compra-venta de divisas.

Controles de cambio existen en todo el mundo, con diferentes propósitos, de diversas formas y grado de intervención, puesto que las divisas no son un bien como cualquier otro. Desde que Estados Unidos impuso sus condiciones en el nuevo sistema monetario internacional, en 1944, el dólar (moneda que emite solamente ese país) es el medio mundialmente aceptado para realizar todas las transacciones que los países necesitan para su vida y desarrollo.

Al aceptar las reglas de juego impuestas por el imperio dominante, el dólar pasó a regir en las relaciones comerciales mundiales. De esta forma, un país expresa su riqueza respecto al resto del mundo en términos de divisas, aunque no necesariamente por los bienes que posee, logrando que la riqueza pase de manos y circule, siempre y cuando no haya una normativa que obstaculice este movimiento.

Por eso, un país puede aplicar controles de cambios para evitar que los shocks externos impacten negativamente en el mercado de bienes internos, puesto que la economía, en definitiva, busca satisfacer las necesidades materiales (principalmente básicas) de todas las personas. Por otra parte, también sirven para limitar el acceso a las divisas por parte del sector privado, que puede demandarlas con legítima pretensión pero en oposición al interés general (por el que deben velar los gobiernos y autoridades). Este tipo de medidas también suele ser implementado para morigerar las presiones coyunturales sobre el tipo de cambio (evitar o estabilizar los excesos de oferta y demanda) para así resguardar el valor de la moneda nacional y sostener una política comercial con el resto del mundo.

Pero una de las funciones más importantes del control de cambios, ignorada por la amplia mayoría de personas que pretenden un país que crezca y se desarrolle, es su utilidad y eficacia para modelar la estructura económica de un país. En otras palabras, los controles de cambio sirven para llegar a ser el país que se quiere en términos económicos, alentando y promoviendo algunos sectores y actividades de la economía, en detrimento de otros y otras que no cumplen con los valores y aspiraciones de esa comunidad. Si se quiere un país industrial se asignará mayor cantidad de divisas a ese sector para que adquiera los insumos necesarios para hacerlo; si en cambio se quiere y pretende un paraíso fiscal, se desregulará el mercado para que cualquiera pueda hacer lo que quiera con esas divisas, generando el marco propicio para la especulación.

Por lo tanto, el control de cambios es una herramienta de alto contenido político. Pero no utilizarla, negarla o denostarla es también un criterio político, que implica conceder la definición acerca del uso de un recurso clave y estratégico como son las divisas a quienes sí saben y tienen claro qué tipo de país les conviene que sea Argentina.

El control de cambios no fue un invento de Perón… Fue antes utilizado por los gobierno oligárquicos y liberales para favorecer al sector ganadero (del que provenían) y particularmente a los capitales británicos radicados en Argentina, procurando así mantener al país como un dominio más de Inglaterra, como venía siendo desde 1860 con el fraude electoral, la corrupción y la violencia.

Aunque el control de cambios se haya utilizado para resguardar el interés de unas minorías o se encuentre actualmente denostado por quienes trabajan para que la fuga de capitales sea legal y socialmente bien vista, lo importante es que los argentinos podamos comprender la importancia política del control de cambios y la necesidad de exigir a los gobernantes que administren el mercado cambiario con criterios afines al interés nacional. No importante quién gobierne, sino que deje de confundir al pueblo con conceptos impertinentes que sólo logran despistar la atención de lo que realmente nos importa. Importa el bienestar de los argentinos y la riqueza nacional necesaria para lograrlo; la elección de los instrumentos y medidas no puede quedar enredada en el debate ideológico, sino más bien lograr el objetivo con el pragmatismo necesario.

Es clave que nuestro país administre correctamente sus divisas. Y ahora que entendimos que cualquier gobierno puede aplicar controles de cambio, incluso a aceptarlo el propio Fondo Monetario Internacional, exijamos que se definan primeramente los criterios y objetivo políticos con claridad y precisión. Los argentinos queremos un país industrial, con trabajo digno, que genere riqueza y que sirva para atender a las necesidades de nuestro pueblo primero, y de otros pueblos en necesidad después. Si a ello apunta el control de cambios, en buena hora que se aplique.

(*) fundació[email protected]

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