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Santa Fe, cuna de cocodrilos

El yacaré overo, cuyo hábitat llegaba casi hasta Rosario, ya se había dado por extinto. Pero un programa inédito en Sudamérica lo revivió. Desde 1990 a hoy se liberaron más de 25.000 crías en la provincia.

Por Guillermo Correa.- Aunque suene increíble, Santa Fe es el hábitat natural de un reptil que puede medir más de tres metros y pesar más de 100 kilos. “Yacaré overo” es el nombre con que se conoce al caimán autóctono, por su piel que alterna manchas verdes y grises.

Es el más austral de Sudamérica, y alguna vez vivió a sus anchas en bañados, esteros y lagunas en todo el norte de la provincia, centro, e incluso el sur, hasta a unas pocas decenas de kilómetros de Rosario. Pero poco y nada de ese pasado había quedado en pie con el crecimiento de la población humana en la provincia: sea por exterminio directo, por la canalización de los espejos de agua o por la contaminación, el reptil que precedió por millones de años al hombre perdió en el mejor de los casos su lugar y en el más común su vida. Incluso ya se había dado por extinto en foros científicos mundiales cuando, antes de que se expandiera internet, un grupo local lanzó una apuesta tan inédita como intrépida: recolectar huevos, incubarlos, criar a los animales nacidos y soltarlos. El “Programa de Rancheo Experimental del Yacaré Overo”, como se lo denominó, se puso en marcha en 1990, con una característica por demás de curiosa: la pata financiera, indispensable para que fuera posible, la cubrió una mutual sindical, UPCN. Desde entonces, y hasta el mes pasado, el plan de “repoblamiento” no sólo funcionó sino que ingresó en una etapa “comercial” y se mantienen a sí mismo, fue “exportado” a otras provincias, y lleva liberados en territorio santafesino a más de 25.000 yacarés.

Alejandro Larriera es médico veterinario y ya en 1983 comenzó a tener los primeros contactos con yacarés. Pocos años después era el impulsor de un plan que no tenía antecedentes en la provincia y el país, y ni siquiera en Sudamérica. Y que le salió bien. Larriera es hoy director general de Manejo de Flora y Fauna de la provincia y además vicepresidente del Grupo de Especialistas en Cocodrilos –http: // www .

iucncsg.org– organización internacional que integra la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza –http://www.iucn.org–. Cuando no era nada de eso, según cuenta a El Ciudadano, comenzó su trabajo con yacarés en la Granja La Esmeralda, la estación zoológica experimental de Santa Fe. Ubicado en las afueras de la capital provincial, el establecimiento modelo fue –y sigue siendo– el escenario donde, entre muchos otros proyectos, se llevó adelante el que devolvió al yacaré su lugar en la fauna santafesina.

“En 1985 empiezo a viajar al campo para identificar dónde había poblaciones estables de yacaré overo”, cuenta Larriera, recordando que en esa época, para la bibliografía científica, ese animal estaba ya extinto. Pero algo había sobrevivido: “Me empecé a encontrar con que había varios lugares donde quedaban poblaciones residuales. Varias, pero muy castigadas”, rememora. Y explica el porqué: históricamente “la reacción natural de los pobladores” no era precisamente de aprecio al yacaré. “Por una u otra razón: sea porque en aquella época había un importante tráfico ilegal de cuero, o querían comerle la cola porque habían escuchado que era muy rica, o sino matarlo por las dudas, porque los perros, porque los chicos, porque es un bicho peligroso. Yacaré que se veía, yacaré que era boleta”, marca con crudeza el investigador.

Larriera cuenta que desde el 85 en adelante continuó trabajando con animales en cautiverio, pero no dejó de hacer relevamientos permanentes de poblaciones de yacaré “en la naturaleza”.

Y que en eso estaba cuando tres años después todo cambió: “En 1988 llega a mis manos un folletín que explica cómo es la técnica del «ranching» que estaban usando los norteamericanos y los africanos en Zimbawe” para sus propios cocodrilos.

Y recuerda que en aquel momento “no había internet ni nada de eso”, por lo que era más que difícil transmitir o recibir información de otras latitudes, y más todavía actualizada.

Pero su propia experiencia, sumada a un poco de oportunidad, hicieron que llegaran a sus manos datos de un procedimiento que desconocía: “Es la técnica de cosecha de huevos en la naturaleza para cría en granja”, explica.

La aventura del hombre

Conocida como “ranching” a nivel internacional, la técnica fue traducida como “rancheo” en Santa Fe, que en poco tiempo no sólo tuvo autoridad suficiente para hacerlo, sino que se convirtió en uno de los puntos pioneros del globo en conservación de uno de los grandes reptiles vivientes.

La respuesta estaba en sus huevos. “Me di cuenta de que ése era el camino, y no la cría en cautiverio que tenía una serie de desventajas: aún suponiendo que fuera rentable –y no lo es– si alguien logra implementar un sistema comercial para el yacaré, no le sirve para nada a la naturaleza.

Funcionaría de manera independiente, y no habría nada que incentive a los pobladores a conservarlo”, explica Larriera. Pensando en todas las aristas, un grupo de profesionales comenzó a diseñar el plan. “La técnica es colectar los huevos en la naturaleza, llevarlos a una incubadora, después que nacen, criar a los animales, devolver una parte a la naturaleza y el resto derivarlo al circuito comercial.

Esto ya se hacía en Estados Unidos, y yo empiezo a ver cómo es la mejor forma de adaptar la técnica a Santa Fe. Diseñamos un programa de trabajo con una propuesta, y la presentamos en Gainesville, Florida, en una reunión del Grupo de Especialistas en Cocodrilos”, relata.

Larriera. “Y fue muy bien recibida –continúa– porque Argentina era el único país de Latinoamérica que proponía un trabajo de ranching. Todos los demás proponían programas de caza, con una cuota de cosecha, algo que se hace en Venezuela y también en Bolivia. Pero no con esta especie sino con otras, que son mucho más abundantes”.

Larriera logró entonces lo que se proponía: atraer las miradas internacionales hacia un plan novedoso, cuando todavía no había terminado la década del 80.

“El ranching requiere cierto nivel de sofisticación, y el plan se apoyó mucho.

Y después conseguimos la pata privada para el proyecto: para darle escala, necesitábamos un inversor”.

Sindicato de cocodrilos

Curiosamente, el inversor resultó ser nada más y nada menos la mutual de un sindicato: la Unión de Personal Civil de la Nación, uno de los gremios que históricamente estuvo entre los más poderosos de la provincia, y que por su pertenencia estatal no estuvo sujeto a los “achiques” y vaivenes que sufrirían unos años después las organizaciones que representaban a trabajadores de la actividad privada, y los sindicatos de empresas públicas que fueron sometidas a privatizaciones.

“Es una mutual que engloba a los empleados públicos. Ellos hacen una gran inversión inicial, desde 1992 hasta el año 2000”, cuenta Larriera. Y explica que eso le permitió al grupo original “contratar personas para integrar el equipo, contar con vehículos apropiados –entre ellos un hidrodeslizador para poder transitar por zonas de pantano– y, sobre todo, fondos para pagar los huevos de yacaré a quienes los recolectaban”.

Allí Larriera sorprende, y comienza a explicar que una parte del proyecto, acaso la más singular, fue convirtiendo a quienes mataban a los yacarés en sus “protectores”.

Es que quienes podían recolectar huevos de yacaré, eran quienes los descubrían. Y los que los que los descubrían, en la mayor parte de los casos, resultaban ser peones rurales que vivían o trabajaban en zonas próximas a donde los yacarés trataban de sobrevivir.

“Pasamos de una cosecha de 300 huevos en el año 1990 a 6.000 o 7.000 huevos una década después”, se enorgullece el veterinario. Y cuenta que en la última “campaña” de recolección el número se multiplicó más todavía: 17.000.

Promediando la década del 90, el proyecto estaba a salvo de recortes presupuestarios por no pertenecer a la órbita pública, y seguía creciendo. Y a partir de 1997, con la irrupción de internet, se logró además replicar la información científica que habían generado tras más de un lustro de existencia del proyecto.

“Llevamos los resultados a la Convención de Naciones Unidas para el tráfico de especies nativas amenazadas. El yacaré overo se encontraba en el «Apéndice 1» que incluye a las especies sobre las que está totalmente prohibido hacer nada. Y en el 97.

pasó a estar en el «Apéndice 2» en Santa Fe, es decir que ya no sólo no se consideraba en peligro de desaparecer sino que podía comercializar, siempre sobre la base del ranching y bajo controles internacionales”, explica Larriera. Y distingue: “En Paraguay, en Bolivia, en Brasil y en Uruguay, donde también existe, el yacaré overo sigue estando en el Apéndice 1”.

“Igual nos tomamos un tiempo más, recién en el año 2000 se inicia el período comercial. A partir de ahí la mutual de UPCN comienza a vender las primeras pieles de yacaré de criadero a partir de una planta frigorífica instalada en Santa Fe y habilitada por el Senasa”.

Devolver unos, comer otros

Larriera explica que, en estado natural, 9 de cada 10 yacarés nacidos vivos perecen antes de llegar al año. Es que son criaturas frágiles, que miden apenas 22 centímetros y pesan unos 40 gramos al salir del cascarón. Aves, mamíferos y hasta peces de mayor tamaño dan cuenta de ellos, si algún otro animal no lo hizo antes de sus mismos huevos. Además, como a cualquier otro ser viviente, el clima puede ayudarlos o destruirlos.

Por ello, durante una década, el Proyecto Yacaré liberó al 100 por ciento de los nacidos vivos. Y estos eran en promedio 95 animales por cada 100 huevos que ingresaban en la incubadora. Así, entre 1990 y 2000, el Proyecto Yacaré fue soltando centenares de individuos con un año de vida, bien alimentados y con óptima capacidad de supervivencia. Cuando llegó el siglo XXI el total de yacarés que el programa había liberado en territorio santafesino superaba los 10.000.

Con esa meta cumplida el proyecto pasó a su etapa “comercial”: el aprovechamiento de la carne y el cuero puede no caer simpático, pero lo cierto es que también terminó operando a favor. “Una vez que ingresa el yacaré overo al circuito comercial, empieza a aparecer en otras provincias el interés en desarrollar programas similares. Así largó Formosa en el año 2001, y Corrientes en 2004”, cuenta Larriera.

Y esa situación se sumó que las hembras liberadas por el programa alcanzaron la madurez reproductiva. Se nota en los huevos: “En esta campaña en Santa Fe –después de dos años de sequía– tuvimos una colecta de 17.000 huevos. Pero en Formosa superamos los 40.000, y en Corrientes los 20.000 huevos”.

Formosa y Corrientes trabajan con el yacaré negro además del overo. Atendiendo la lógica numérica del programa en marzo del año que viene se liberarán 1.700 yacarés más en Santa Fe, y 4 mil y 2 mil en las otras provincias.

Y ahora mismo en territorio provincial se están liberando los animales criados en los piletones de La Esmeralda: unos 1.200 en total, mientras que más de 10 mil fueron o irán a faena. “La carne se comercializa dentro de la provincia”, cuenta el veterinario. Y remarca: “El Proyecto Yacaré ya es autosustentable, y la idea es que se mantenga de esa manera. Que el Estado no tenga que hacerle aportes”.

Sembrando guardafaunas

Larriera cuenta que en el programa trabajan, en forma regular y sólo en Santa Fe unos 300 “gauchos” –así los llama– que son quienes proveen los huevos encontrados en áreas naturales. Y remarca que el número alcanza a 1.200 si se cuenta a Formosa y Corrientes. “Es decir que en la Argentina hay 1.200 guardafaunas cuidando al yacaré overo. No hay ningún parque nacional, ni programa, ni cuerpo de inspectores provinciales que tenga esa cantidad de gente trabajando en proteger una especie”, se enorgullece.

En esa línea, el veterinario explica que una de las claves del proyecto se basa en el interés que genera el pago de los huevos de yacaré. “Para los gauchos es muy importante”, insiste. Pero a la par aclara que el programa “sólo les paga a las personas que ha capacitado previamente”. Ocurre que, por ejemplo, los huevos se marcan con una pintura especial en función de la posición que tenían en el nido. Y ésa y otras cuestiones forman parte del plan de capacitación.

Además, Larriera explica que el mecanismo está ayudando a conservar mucho más que el yacaré overo. Por caso, la canalización de los Bajos Submeridionales “y de cualquier estero” es fatal para un sinnúmero de especies. “Ya ha ocurrido muchas veces en el cordón de San Javier y el este de General Obligado: muchos productores han metido retroexcavadoras para secar esteros pensando que así iban a tener más tierra útil para las vacas”, cuenta y no duda en definir el intento como “una torpeza”.

“Da buen pasto un par de años, que es cuando el suelo retiene la humedad: después se seca y se transforma en un desierto”, explica. Y allí cita cómo el programa puso un coto clave: “Los dueños de los campos están muy contentos con el proyecto, porque sus empleados ganan más. En algunos casos se trata de buena cantidad de dinero, que ellos no tienen que pagar. Me ha tocado ver a propietarios de un campo contratando peones a los que les decían: «Y además, en el verano tenés los huevos de yacaré», como si fuera un beneficio más”.

De igual modo, Larriera concede que, en su primera etapa, “si no hubiese sido por la paciencia de los propietarios el proyecto no habría prosperado”. Y que además “era difícil creer en este proyecto en esa época”.

Con todo, Larriera remarca que otra de las aristas clave que tiene el programa es la base científica: “El proyecto Yacaré tiene ya unos 300 papers publicados en revistas internacionales. Y hoy tenemos, entre doctores del Conicet, becas posdoctorales, becarios extranjeros, y pasantes de distintas universidades. Es una masa crítica de entre 50 y 60 investigadores haciendo investigación básica, y sobre todo aplicada con respecto al tema de yacaré overo”, cita.

Además las investigaciones ayudaron a hacer más eficaz el programa, cuyo éxito, según destaca Larriera, ya se evidencia visualmente: “En las áreas de trabajo nuestro, el 50 por ciento de las hembras reproductivas son hembras liberadas por el proyecto. La madurez sexual demora hasta los 8 ó 10 años y no es algo que se vea inmediatamente. Pero nosotros empezamos a liberar animales en el 90.  Y en el 98 y 99 ya empezamos a encontrar hembras con nuestra marca haciendo nidos.  Nos da justo: en los lugares donde trabajamos, el 50 por ciento de las hembras tiene la marca del Proyecto Yacaré”, concluye.

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