Cultura

“Perversidad”: un policial negro donde un periodista busca justicia por mano propia

La novela de Marco Mizzi cuenta la historia de un periodista sin rumbo pero con una clara vocación de solucionar situaciones injustas que se topa con una violación en manada y muerte de una niña de trece años que circula por Whatsapp y no parará hasta dar con los autores de semejante atrocidad


Pau Turina / Especial para El Ciudadano

La novela Perversidad, de Marco Mizzi, narra la historia de Carlos Bustamente, un periodista rosarino que busca a los femicidas de Elena, una adolescente de un barrio. Mizzi cuenta que la trama principal surgió de un rumor, en realidad de una confidencia que le hizo la nieta de una compañera de militancia.

Estaban tomando mate en un merendero, y la nieta aparece y les cuenta que entre los grupos de Whatsapp del barrio circulaba el video de una violación.

“La nieta de mi compañera no nos quiso mostrar el video, le pregunté si daba para hacer algo, denunciarlo, hacer una nota, o lo que fuera, y dijo que ni en pedo. Que de eso no se podía hablar, que no insistiera, que mejor charlásemos de otra cosa. Así fue, pero después, con las semanas, en mi cabeza seguí masticando «eso».

La pregunta era ¿por qué? Sabemos que porquerías así pasan todo el tiempo, y es una cagada, pero este caso tenía la particularidad de no ser una violación más.

Los tipos se sintieron con la suficiente impunidad como para difundirlo por Whatsapp ¿Por qué? Había algo muy hondo ahí, o así terminé entendiendo. Le seguí dando vueltas, fui comparándolo con otras notas, lecturas de la realidad que iba levantando en distintos barrios y libros, hasta que me di cuenta que tenía en las manos la posibilidad de una novela.

Lo que me dijo ese día la nieta de mi compañera en realidad fue la clave: si no se puede hablar, entonces hagamos literatura”, explica.

Construir la primera persona del protagonista: un desafío

Escribir la novela le llevó dos o tres semanas, aunque después de los veinticinco capítulos que escribió en agosto de 2017 algunos cambiaron de lugar, otros se eliminaron y la mayoría fueron reescritos.

“Incluso se modificó el final, que terminaba antes que en la versión definitiva, pero la estructura y el grueso de la trama siempre quedó igual”, dice.

Pero Carlos Bustamente no investiga para hacer una nota periodística, sino para hacer justicia por mano propia ya que lo mueve el horror de la violación y el femicidio, además de un gran descreimiento de la justicia.

Según el autor, construir la primera persona del personaje principal fue lo que le llevó más trabajo. “Todos tenían que pasar por el filtro de la voz del narrador, y eso los achataba. Lo mismo con las acciones.

Y con el lenguaje ni hablar. Un día releía lo que había escrito la noche anterior y me encontraba con que aparecía un viejo toba que tenía el ideario y el registro oral de un vecino mío que era un criollo de veinte años.

Era una locura. Finalmente, cuando la terminé, pude ponerme bien a ver esas cuestiones, y ahí sí, me puse a laburar a fondo a los demás personajes y la cuestión del idioma.

También sobre los motivos del periodista, que como es el narrador, lleva –nunca mejor dicho– la voz cantante. Lo pude despegar un poco más del «yo» que exige la literatura instantánea, lo fui llevando a acciones y reacciones más parecidas a las que tenía en las otras historias que escribí sobre él.

En eso me ayudaron mucho los consejos de gente que leyó el texto. Tengo que nombrar a Rafael Trebino, Narel Trujillo, Julia Hernández, Roberto García, Laura Hintze, Carlos Bernatek. Toda gente querida, que me ayudó muchísimo a rumbear la novela hacia su objetivo final”, cuenta.

En busca del hilo que permita tejer un sentido

En la novela, Bustamante recorre distintos escenarios y barrios de la ciudad, algunos marginales, otros más céntricos, en los que muestra cierto entramado de la ciudad, un entramado centro/periferia.

Con respecto a esto, Mizzi afirma que su vida está atravesada por la ciudad. “Puede ser que en la novela se ponga en juego centro y margen. No es capricho. Toda ciudad, y hablo tanto de Rosario como de la polis en sí, se estructura así. No está ni bien ni mal. Es así.

El problema principal que tenemos hoy por hoy es que el centro está corrido de eje. Eso rompe el diálogo armónico entre el adentro y el afuera. En la novela, el centro que es –o era– el microcentro es tan tenebroso como la villa más recóndita de todas.

Tampoco digo nada insólito. Cualquiera que ande por la peatonal lo puede ver. Como el centro no existe, o está desplazado, el margen gira sin sentido. Pero como sin sentido no hay realidad, hay que inventarse uno.

Hay miles de centros, que a la vez son márgenes para los demás. Y así no hay mundo que aguante. Un tejido no tolera tantos agujeros. Si en el texto hago un recorrido de punta a punta de Rosario no es por capricho itinerante, o porque digo qué lindo, qué loco, miren.

Ojo, me encanta mi ciudad, cuando algún amigo porteño o de otro lado viene, soy el guía turístico más apasionado que existe. Pero en la novela, mientras Bustamante busca a los asesinos de Elena, yo como autor busco algún hilo que permita tejer un sentido”, menciona.

En la dura calle se dice y escucha todo

Bustamante para buscar respuestas tiene que estar en la calle, y para Mizzi, la calle solo está habitada por personas que no pueden darse el lujo de abandonarla.

Para el autor lo único bueno que siempre ha tenido la calle es que se encuentran historias. “En la calle cualquiera te cuenta cualquier cosa. Incluso, a veces, uno puede encontrarse con alguna forma de la ternura. La calle no es como en otros lados. Ahí se habla. Bustamante eso lo sabe también. El personaje ya lo sabía.

Por eso busca en la calle, en ese fermento de voces, las respuestas del caso que investiga. ¿Dónde las va a buscar? ¿En un bar de Pichincha? ¿En Instagram? ¿En una fábrica metalúrgica? ¿En Disney? Esos lugares no existen. Sólo existen el mundo privado que cada uno inventa o recibe en suerte, y que puede ser más o menos habitable pero que es un mundo mudo para el resto, y la calle, que siempre es dura pero al menos habla”.

Para Mizzi, la novela tenía que ser un policial porque partía de un interrogante que únicamente podía responderse en ese lenguaje. “No es que fue mecánico, pero pensé, por un lado que quería preguntarme por qué existe el mal y por otro que no quería hacer un tratado de conceptos raros que ni mis amigos leerían.

Busqué la forma idónea para eso. Tampoco quería la típica crónica policial lacrimógena, el índice onomástico del narcotráfico que puede garpar para que se horroricen las doñas y se tiren chicanas los políticos, pero que se queda en la superficie. Así que no tuve que seguir dándole muchas vueltas, la verdad.

Esa forma que buscaba ya se inventó hace mucho: un tipo sin rumbo cuyo único sentido en la vida es enderezar un entuerto, sin saber cómo, ni por qué quiere hacerlo”.

 

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