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A los 88 años

Murió Andrés Rivera, el escritor de la historia

A través de sus obras dio voz a ciertos hombres polémicos de la historia nacional y a los proletarios. Falleció ayer a los 88 años en la ciudad de Córdoba. Su literatura fue testimonial y rescató a figuras como Rosas y Castelli.


El escritor argentino Andrés Rivera, que a través de sus obras dio voz a los hombres proletarios y de clase media baja del conurbano y de zonas humildes y periféricas, y que con su literatura testimonial rescató figuras de la historia argentina como Rosas y Castelli, murió ayer a los 88 años, en la ciudad de Córdoba.

Prolífico como pocos y sobre todo en una época de su vida, el escritor de El farmer y La revolución es un sueño eterno, entre otros, que había sido bautizado al nacer en 1928 como Marcos Ribak, fue internado luego de sufrir una fractura de cadera, que le provocó una septicemia y le causó la muerte.

Orígenes y política

Rivera nació en el barrio porteño de Villa Crespo y fue obrero textil al igual que su padre. “Es uno de los últimos grandes”, se lamentó Alberto Díaz, editor de Seix Barral, sello que publicó muchos de sus últimos libros, varios en formato de nouvelle.

Rivera “siempre tuvo una coherencia política inclaudicable, y una obra que fue un orgullo. Lo conocía desde hacía muchos años, porque hacía doce años que era su editor. Ahora iba a publicar Ese manco Paz y Cría de asesinos, señaló Díaz.

El universo narrativo de Rivera toma a la historia como base de su escritura y desde su convicción política de izquierda fue adquiriendo su tono y sus argumentaciones para plasmar sus tramas. A veces casi un cronista, el autor puso el ojo en acontecimientos históricos, en las circunstancias políticas en los que estos ocurrían, por lo que sus novelas iniciales adquieren un valor de verdad política y de testimonio social. En ese sentido, esa convicción ideológica que trasunta en sus libros se acompaña de una trayectoria literaria que en sus inicios estuvo confiada en una representación realista de los hechos narrados y que poco a poco se orientó hacia una concepción vanguardista de la escritura. En su narrativa, el compromiso ideológico con la realidad estuvo trabajado en una línea estética que fue siendo cada vez más refinada, tejiendo esa ligazón de forma y argumento desde una imaginación situada en cada acontecimiento histórico-político para dar con un cauce siempre posible.

“La obra de Rivera abarca dos grandes bloques: sus novelas históricas que fueron excusas para hacer reflexiones sobre la Argentina, el poder y la pérdida del poder; y los libros donde abordó la realidad de la clase obrera, y a partir de su experiencia personal como obrero, a partir de la cual se hizo marxista”, reflexionó su editor.

Francamente testimoniales, los primeros trabajos de Rivera, El precio (1957), Los que no mueren (1959), Sol de sábado (1962), Cita (1966), El yugo y la marcha (1968), están urgidos de preocupaciones empíricas y exhiben desde una poética realista las convicciones personales del autor respecto de la marcha lineal de la historia.

Rivera y la Revolución de Mayo

Las interpretaciones ejercidas por Rivera acerca de la Revolución de Mayo fueron un motivo que lo obsesionó a lo largo de varias novelas y que de alguna manera le permitió situarse y situar sus personajes cuando rondaban ese periodo histórico.  “La Revolución de Mayo fue una revolución inconclusa. Y fue llevada adelante, hasta donde se pudo y hasta donde pudieron, por un grupo minoritario. Cosa que ocurre con todas las revoluciones, las derrotadas y las triunfantes. Un pequeño grupo de jacobinos, encabezados por Moreno y por Castelli, que es la figura central de La revolución es un sueño eterno. Lo menciono porque, efectivamente, él sobrevivió a Mariano Moreno, y marchó por los ejércitos que rumbearon hacia el norte del país. ¿Y eso se les enseña a los jóvenes? ¿Qué propuesta traía en sí la Revolución de Mayo? ¿Se les enseña a los jóvenes a hurgar en los papeles? Creo que no, porque iría contra todos los principios de éste y de cualquier otro gobierno”, decía en una entrevista en mayo de 2010, a propósito del bicentenario de la Revolución de Mayo. Ese mismo año decidió no ir a la Feria de Frankfurt, donde Argentina fue país invitado de honor, porque lo consideró sólo una forma de exhibicionismo.

La Historia, fuente inagotable

Sus novelas y relatos de los 80 hacen compleja la representación de un poder que ya no es concebido de manera compacta sino que se lo ve colándose irracionalmente por entre las relaciones interpersonales y los vínculos cotidianos del individuo con el Estado. Unos ciento cincuenta años de historia argentina ofician de referencia o contexto en la producción de Rivera. Una rápida revisión permite esbozar que en En esta dulce tierra Rivera escoge un momento particularmente violento de la historia argentina, que se inicia hacia 1835 con el segundo gobierno de Rosas;  En La revolución es un sueño eterno se renueva la confrontación entre el ideario jacobino de la Revolución de Mayo y la burguesía conservadora porteña. El amigo de Baudelaire y La sierva exponen el marco histórico de la utopía de la Argentina moderna de finales del siglo XIX.

Nacional de Literatura

Rivera había obtenido en 1992 el Premio Nacional de Literatura por La revolución es un sueño eterno y durante su trayectoria escribió más de treinta libros, y los últimos publicados fueron Estaqueados, Guardia blanca y Kadish.

Hosco y generoso

Con fama de hosco y generoso, Rivera vivió muchos años en Bella Vista, en Córdoba, aunque él se definía como “un escritor argentino, que nació en Buenos Aires”. Lo que era cierto ya que su infancia y adolescencia las vivió en Villa Crespo. Y, en los últimos años, se había vuelto, según él mismo contó, en “un adicto a la televisión”. “Es una práctica para mí muy interesante. Porque suelo escuchar, de pronto, a invitados en algunos programas televisivos y algunos hablan muy bien, y a otros les tengo que poner las comas, los puntos y coma. Y advierto cuán invadidos están por una autoestima que no se merecen, que se la adjudican ellos mismos. Y de eso también aprendo. No hay que hablar tanto de uno mismo”, decía Rivera en una declaración que a la vez era toda una definición. Reacio a las entrevistas, había que llegar a él a través de alguien de su confianza o de algún escritor de su entorno.

La disputa histórica de las rivalidades

De la Serna y Audivert en “El farmer”.

La excelente nouvelle El farmer donde Rivera explora los últimos años del caudillo o restaurador Juan Manuel de Rosas, tuvo su versión teatral el año pasado protagonizada por Rodrigo de la Serna y Pompeyo Audivert, y dirigida por este último. La obra trabaja sobre la consagrada novela de Rivera a partir de una compleja y novedosa máquina teatral que propone una mirada poética para aproximarse al personaje maldito de la historia argentina.

La novela, una de las más festejadas de Rivera, es un largo monólogo en que el ex caudillo bonaerense despotrica contra su vejez solitaria en su exilio de Southampton y de algún modo polemiza, entre la admiración y el resentimiento, con Sarmiento. La novela tiene una prosa vigorosa, muy cargada de intensidad dramática, y el retrato es una dolorosa meditación acerca de la vejez en relación a los brillos del pasado. En la adaptación, la pieza desdobla al Rosas en dos personajes: el viejo, que es interpretado por Pompeyo Audivert, y el Rosas joven a cargo de Rodrigo de la Serna, que también encarna a algún otro personaje que dialoga con el caudillo. Bajo este juego de espejos, se alude a la figura del “doble mítico”, que es, en realidad, la forma en que se conforma la disputa histórica de las rivalidades binarias en la Argentina, nunca bien resueltas ni sintetizadas. Audivert consigue con su ajustada dirección plantear esa idea cabal de los dos lados de quien fuera uno de los hombres más polémicos de la historia argentina, algo que también yace en la novela de Rivera.

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