Cultura, Espectáculos

2 de abril

Malvinas desde la ficción: irreverencia, parodia y elocuencia para recuperar la memoria colectiva

Desde las dificultades iniciales para aceptar la derrota a las políticas de olvido de los años 90 y luego, con el cambio de siglo, la recuperación de la memoria, hay un arco icónico que va desde "Los Pichiciegos" de Fogwill y "Las Islas" de Carlos Gamerro hasta "Puerto Belgrano" de Juan Terranova


Con un corpus que arrancó casi en tiempo real con el enfrentamiento bélico, la literatura se anticipó a elaborar críticamente el trauma de la Guerra de Malvinas y fue sustituyendo la narrativa heroica por representaciones que acompañaron o interpelaron la evolución del clima social frente al conflicto, desde las dificultades iniciales para aceptar la derrota a las políticas del olvido que en los años 90 invisibilizaron a los excombatientes y luego la recuperación de la memoria colectiva, en un arco icónico que va desde Los Pichiciegos de Fogwill y Las Islas de Carlos Gamerro hasta Puerto Belgrano de Juan Terranova.

A veces en diálogo y otras en contrapunto con las mutaciones que reconfiguraron el imaginario sobre Malvinas, a lo largo de casi cuatro décadas, los escritores que dedicaron ficciones al tema lo hicieron desde perspectivas diversas pero con una certeza confluyente: la idea de que la literatura no debía quedar subsumida en la descomposición rigurosa de una trama histórica que diluyera los recursos narrativos en función de una lectura política alineada con la época.

La irreverencia del hito literario que inició la genealogía sobre la guerra acaso selló esa astucia de la ficción para leer a contrapelo de la agenda social. La apuesta de riesgo corrió por parte de Rodolfo Fogwill, quien días después de la capitulación argentina del 14 de junio de 1982 que puso fin a 74 días de enfrentamiento con las tropas británicas tecleó las últimas líneas de Los Pichiciegos, que se constituyó como un modo impertinente y corrosivo de leer lo que aún estaba ocurriendo.

Con una trastienda de escritura tan inquietante como la misma ficción, regada por la leyenda de una creación frenética condensada en tres días de vigilia sostenida por la cocaína y el alcohol, la novela del autor de Restos diurnos plantea un relato sobre la guerra desacralizado y feroz que desecha todo heroísmo para concentrarse en un repertorio de personajes que subvierten la épica sobreactuada del periodismo disciplinado por la dictadura: traidores, cobardes, fantasmas, desertores.

El costo de la incorrección al límite tuvo sus consecuencias sobre la circulación de la novela más icónica sobre Malvinas, que fue leída al principio en borradores mimeografiados en el Hospital Albert Einstein de San Pablo y recién fue publicada por el sello Ediciones De la Flor en 1983, con la democracia recién recuperada y el subtítulo “Visiones de una batalla subterránea”.

Los Pichiciegos, según definió alguna vez Fogwill, es un texto experimental, “que no fue escrito contra la guerra sino contra una manera estúpida de pensar la guerra y la literatura”. La historia sucede en medio de la acción bélica en Malvinas, cuando un grupo de soldados desertores se esconden en un túnel subterráneo mientras escuchan cómo las bombas impactan alrededor. Su enemigo es el ejército inglés, pero también los oficiales argentinos. Así, se desentienden de toda épica guerrera para reconocerse en cambio como parte de un sistema mercantilista que los “obliga” a negociar con sus supuestos enemigos para poder sobrevivir.

Las sucesivas apropiaciones que una mayoría de escritores, y unas pocas escritoras, fueron produciendo hasta el presente, recuperaron y hasta profundizaron el gesto desafiante de Fogwill. Fueron la parodia, la farsa o el humor los recursos estilísticos que consolidaron una representación del conflicto que electrizó una escena anestesiada de a ratos por el desinterés histórico o el inquietante telón de fondo que construyó en los 90 el menemismo con su trama de indultos y su empeño en sellar el pasado, acentuando la deriva de los excombatientes invisibilizados ante el Estado y la sociedad.

Tras una primera etapa donde se concentran los relatos fundacionales sobre el conflicto, en la década del 90 sobrevino una nueva posta generacional que desató un aluvión de ficciones, algunas impulsadas por quienes estuvieron en el frente de batalla, como Edgardo Esteban y Gustavo Caso Rosendi, y muchas por escritores de la generación Malvinas. En este lapso que se extiende hasta el estallido social de 2001 abordan el tema muchos autores que tienen la misma edad que los conscriptos cuando participaron del combate: Rodrigo Fresán, Gustavo Nielsen, Carlos Gamerro, Roberto Herrscher y Patricia Ratto.

A la generación que se ocupa del tema en los 90 le toca desandar las secuelas de la “desmalvinización”, el período que sobrevino tras las iniciativas con las que el gobierno de Raúl Alfonsín pretendió desmilitarizar a la sociedad, acaso para aventar todo fantasma que remitiera a la dictadura en los primeros años de la recuperación democrática. El proceso se complementaría durante el menemismo con el cuadro de época comprimido en el “pizza con champagne”, que invisibilizó a los desaparecidos y a los excombatientes con el empeño de dejar atrás el pasado problemático y lacerante.

En esta escena se inscribe la novela Iluminados por el fuego, que publicada originalmente en 1993 tuvo diez reediciones y una película dirigida por Tristán Bauer, con participación de su autor, Edgardo Esteban, en el guion. La última reedición cuenta con el agregado del diario del primer viaje de regreso a las islas que hizo el excombatiente, periodista y hoy director del Museo Malvinas.

Ya desde la primera tapa está la potencia de la experiencia del autor en el centro: Esteban aparece en la edición del 93 con su ropa de combatiente. Esa primera tirada se agotó en 15 días, lo que demuestra que la pregunta por Malvinas, aún en los 90, cuando el tema se corría del centro de la agenda pública, generaba creciente interés. “Para los militares había que olvidarse porque había cosas que no se podían decir, para la sociedad era una especie de derrota, y después de Malvinas hubo más de 400 suicidios, 625 casos de muerte hubo allá y más del 50 por ciento de esa cifra fue después de Malvinas y fue consecuencia de que para mucha gente fue como una gran película, una gran derrota, una cosa que no se podía hablar”, sostuvo Esteban en una entrevista. Y agregó: “No estaban nuestros padres preparados para interpretar la experiencia de la guerra”.

Con el mismo título que el libro, la película se estrenó en 2005, en un momento en el que el reclamo por la soberanía de Malvinas formaba parte del discurso oficial con pronunciamientos a nivel nacional e internacional que dieron lugar a la creación en 2014 del Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur, un espacio creado en la ex Esma.

En estos años se construye también otra de las narrativas más emblemáticas sobre la guerra: Las Islas, de Carlos Gamerro, una novela de 600 páginas que con formato de thriller suma componentes de ciencia ficción a una historia ambientada a diez años de Malvinas y narrada desde la parodia, la farsa, el humor (un retorno a la estética Fogwill) que se centra en el devenir de los ex combatientes en tiempos de desmalvinización, mientras el poder económico tiende redes con el menemismo.

“La guerra de Malvinas fue en sí una ficción escrita por la Junta Militar y el periodismo cómplice”, sostuvo Gamerro alguna vez. “Todos los días se nos escribía una ficción absolutamente crasa, diría Borges, inverosímil, que consumíamos con avidez; íbamos ganando y de un día para el otro perdimos”, supo detallar el autor. Su novela, publicada en 1998, procede a la deconstrucción total de la epopeya bélica desde la mirada de su protagonista, Felipe Félix, un exsoldado que regresa a la batalla una década después a través del campo ilusorio que delimitan los sueños, las alucinaciones y los recuerdos. En paralelo, al personaje se le ocurre cumplir una vieja promesa que le había hecho a un militar veterano de Malvinas: hacer un videogame de la guerra.

Desde un formato compacto como el cuento, dos por entonces jóvenes promesas de la literatura argentina como Juan Forn y Rodrigo Fresán hacen también en 1991 su aproximación generacional al tema. El autor de Corazones y María Domecq hace su aporte en el volumen de relatos Nadar de noche, mientras que el creador de La velocidad de las cosas lo concreta en Historia argentina: ambos eligen una representación del conflicto que recupera la marca paródica de Fogwill.

Forn narra en Memorándum Almazán la historia de un chileno que se hace pasar por veterano de Malvinas para conseguir un trabajo en la embajada argentina en Chile, mientras que Fresán publica La soberanía nacional, donde cuenta la experiencia de un soldado argentino que viaja a Malvinas como voluntario para tener la posibilidad de entregarse prisionero a los ingleses y así poder viajar a Gran Bretaña a cumplir su sueño: ser telonero de los Rolling Stones.

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