Mi Mundial

Mi Mundial

Los dueños del mundo


El paso del tiempo distorsiona los recuerdos. No hay dudas. Nuestra subjetividad remodela. Sin embargo, la esencia de ellos no se pierde. Las fotos de aquellos momentos que nos dejaron una marca en el alma siguen ahí. Imperfectas a veces, pero están. Y muchas escenas del Mundial 78 cumplen con este requisito. Permanecen perpetuadas dentro de una colección de imágenes inolvidables que me regaló el fútbol en medio siglo de vida.

Por entonces tenía 10 años, los suficientes como para entender parte de lo que sucedía. Al menos desde lo deportivo. De las botas y de la represión supe más tarde. Y el dolor de lo sufrido por muchos en aquellos tiempos, camina en paralelo con este recuerdo. Pero no lo cruza.

La selección del Flaco Menotti había clasificado a la segunda ronda del Mundial, y los próximos tres partidos los debía disputar en Rosario. ¿Dónde? En el Gigante de Arroyito, a seis cuadras de mi casa. Desde ese mismo momento, no hubo otro objetivo: estar en la cancha en cada una de esas citas. Pero la tarea no era sencilla. Las entradas estaban agotadas.

El primero fue ante Polonia. La aliada de ocasión, mi vieja. Con ella nos fuimos hasta las inmediaciones de la cancha para ver si conseguíamos algo en la reventa. Pese a la falta de experiencia en el tema, lo logramos. Dos plateas que mi viejo pagó, no lo olvido, con gran esfuerzo. Fuimos los tres al partido, noche perfecta. Pasé los controles como menor, y Argentina ganó 2 a 0: los goles de Kempes y el penal atajado por Fillol a un tal Deyna.

El segundo, contra Brasil. Uno de mis tíos tenía una platea, y no puso reparos en llevarme. Más allá de los reclamos del portero de turno, mi condición de menor se mantuvo. El equipo del Flaco no pudo con los brazucas, aburrido 0 a 0. Pero el empate dejó abierta la chance de pasar a la bendita final.

Y llegó el último, Perú. La única opción para estar, un compañero de quinto grado que tenía al abuelo de portero en uno de los accesos a la popular que da a Regatas. Había que ir temprano. Llegamos al Gigante a la una de la tarde, recién abrían las puertas, el partido era a las ocho o a las nueve. Llevamos una bandera con Montenegro (perdón compañero, tu nombre de pila cayó en el arcón del olvido), y la colgamos en la baranda que da al foso, bien atrás del arco. Y ahí empezó la vigilia.

Un tipo angustiado, con una radio, se instala cerca nuestro y con preocupación cuenta detalles del triunfo de Brasil en la previa. Festejamos un gol polaco del Pelado Lato, pero no sirve para mucho. Hay que ganar por diferencia de cuatro para pasar a la final. De todos modos, a los 10 años, el límite de lo imposible es difuso. Se puede. El Conejo Tarantini putea a todos cuando hace el segundo, y el Loco Houseman bate el récord de los 100 metros para festejar el quinto. Testigo privilegiado: Argentina golea y obtiene el derecho a ir por todo.

Después llega la sufrida final ante Holanda. Kempes es el muchachito de la película, Carlos Gardel cantando Volver, Humpery Bogart en Casablanca, Charles Chaplin escapando de un tigre dentro de una jaula… Caravana festiva por las calles de la ciudad y multitud en el Monumento.

No hay forma de borrar esas imágenes. Las atesoro muy dentro. Y sé que hoy es imposible aislarlas de aquel tiempo oscuro, de represión y desapariciones. Pero, sin desconocer ni minimizar lo ocurrido, hago el intento. Y, con esfuerzo, trato de preservar la memoria de aquel pibe de 10 años. Una edad en la que, desde la inocencia, sentía que con la pelota en los pies podíamos ser los dueños del mundo.

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