Mi Mundial

Mi Mundial

La otra pelota


Una de las reglas básicas de todo juego, y la más difícil de entender, la aprendí en el Mundial del 98. Tenía casi 11 años y vivía en Cuba desde hacía dos. Era verano y estábamos de vacaciones. Con el grupo de la calle 20 del barrio Vedado pasábamos el día, la tarde y la noche en la entrada de la casa de mis vecinos, los jimagüas (que significa mellizos). Nos sentábamos en un sector que habíamos bautizado “el murito” por todas las veces que la vecina de arriba nos había retado pidiéndonos que salgamos del murito partío.

Era mi primer Mundial en Cuba y todo lo que recordaba del anterior era que a Maradona le había dado positivo el antidoping y que había sido en Estados Unidos. Mi vínculo con el fútbol era casi nulo. Era hincha de Colón por herencia paterna, aunque en Santa Fe había crecido con la contradicción de ir a la escuela de Unión. Daban italiano y mamá no quería que pierda su lengua y, la verdad, tampoco éramos tan hinchas de Colón.

Ya en Cuba el contacto con la pasión futbolera se perdió por completo. Cuba es un país beisbolista y decir “jugar a la pelota” significa jugar al beisbol. Se juega en las canchas, los parques, las plazas, la calle y cualquier lugar donde con un bate y una pelota dura se puedan improvisar tres bases. Los partidos se siguen por tele y por radio y los estadios se llenan cada fecha.

Pero cada cuatro años y un mes antes de que empiece el Mundial, el país se transforma. Las pelotas de beisbol se guardan y salen las de fútbol. Se arman arcos improvisados y mientras dure el arengue se juega a la otra pelota. Los cubanos aprenden nombres de jugadores y la historia de los equipos. Y lo más importante es que, como Cuba no clasifica desde 1938, todos eligen un equipo para seguir.

En la calle 20, el Mundial del 98 no fue la excepción. En el grupo cada uno adoptó una patria nueva y durante un mes arengó por ella. Antonio era Francia. Acababa de llegar de vivir en París y le decíamos el francesito. Sabía jugar al fútbol, conocía a todos los jugadores y andaba con la pelota para todos lados. Daniel y el Jhonny iban por Brasil. Daniel porque decía que le gustaban los equipos grandes, con potencia y ganadores. El Jhonny porque le tiraba Latinoamérica. Héctor y Aída eran España, por descendencia y por parientes afuera. Creo que había alguno que le gustaba Alemania, pero era de los que pasaban por la cuadra cada tanto. Yo era Argentina. Mi misión autoimpuesta era ser hincha y representar al país.  No sabía nada del equipo pero era la única con sangre rioplantense y un papá que decía “che” y hablaba con el “sho”.

Cada vez que pasaba un partido lo comentábamos sin importar si lo habíamos visto o no. Los varones solían estar más al tanto. Yo escuchaba argumentos en casa y los llevaba al panel. A mis conocimientos se sumaban algunos partidos que habíamos ido a ver con toda la familia a casas de otros argentinos que vivían en La Habana. Recuerdo el 5 a 0 a Jamaica y que cuando quedamos afuera en cuartos de final estaba muy enojada.

Ese día en el murito no recuerdo de qué partido hablábamos. Tal vez se venía la final y estaban todas las cartas sobre la mesa. O ya había terminado y los análisis seguían como las pelotas de fútbol en las calles. Sí recuerdo que discutíamos a los gritos, cada uno defendiendo a su equipo. Yo no quería perder. Que Argentina había jugado muy bien todo el mundial, que no merecía haber perdido el partido contra Holanda, que seguro estaba todo arreglado. “Lo que importa son los que hacen los goles no los que los merecen”, me dijo Daniel y me cerró la boca. Jugar es también saber perder.

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