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Confesiones de un periodista

La mirada que no cambió la fama

Marcelo Bielsa sigue siendo auténtico y mantiene inalterables sus principios y convicciones. Nunca utilizó atajos.


De aquél joven impetuoso e irresistiblemente detallista a este maduro entrenador nada ha cambiado. De aquellas interminables charlas de café analizando partidos de su Newell’s en el arranque de una carrera poblada de éxitos y aclamada y celebrada en todo el mundo con el paso del tiempo, quedaron la certeza de conocer en profundidad al personaje y confirmar que ni el prestigio ni las cataratas de elogios hicieron mellas en sus principios. Su ADN se mantiene idéntico e inalterable.

Marcelo es auténtico. “No pienso variar mi postura”, me comentaba luego de la eliminación de Argentina de la Copa América de 1999 en Paraguay. “Me contrataron para ser técnico de fútbol no político”, agregaba. “Cuando veíamos por televisión las diferencias que hacían los entrenadores con los medios de difusión y la utilización de gorritas publicitarias no nos gustaba. Bueno, yo no soy así. Voy a atender a la prensa en conferencias, desde el más humilde al más poderoso”.

Le manifesté mi preocupación al respecto porque en la sala de periodistas llovían críticas feroces por ese accionar tan particular y hasta le sugerí en ese instante que se tomara alguna semana libre en el predio de Ezeiza para concertar notas con los colegas de mayor prestigio en el país. Marcelo no se movió de su eje: “No lo voy a hacer. Me tendrán que aceptar así. Lo importante es que el futbolista me respete y reconozca mi trabajo”. Recuerdo que le sentencié: “Hay una jauría que te va a tumbar”. Pegó media vuelta y se perdió en la inmensidad del complejo de Olimpia de Asunción.

Admiración total. El hotel de Bielsa en Bella Vista lleva el nombre del Maestro.

Después llegó la eliminación del Mundial de Corea-Japón en 2002 y esa honestidad y capacidad para desarrollar su trabajo le permitieron que Humberto Grondona le renovara el contrato. Él continuó por los jugadores, pero era consciente que había fracasado. Se calzó la medalla dorada en los Juegos Olímpicos en Grecia 2004 y pegó el portazo sin mirar atrás. Inclusive dejó al seleccionado en las puertas de la clasificación para el próximo mundial.

Esperó ese momento de éxito para cerrar una etapa que con el tiempo fue reconocida por los jugadores y fanáticos y sólo juzgada duramente por aquellos que siempre lo quisieron tumbar. Bielsa no era ni es un técnico “lobbista”. No convocaba a los futbolistas que representaban aquellos que repartían sus ganancias con periodistas corruptos. No se sentaba a la mesa de los que manejaban la opinión. No hacía concesiones.

Cuando intempestivamente se alejó de Newell’s no escuchó ruegos ni súplicas. Nunca explicó los motivos, ni los hará públicamente. La realidad es que algunos integrantes de aquel plantel lanzaron ácidas críticas hacia su persona y cuando se enteró los reunió a todos y les anunció que se iba. Con el tiempo, recomendó a uno de aquellos detractores a un equipo de primer nivel. Por supuesto que le pregunté por qué lo había hecho y sentenció: “Me pidieron un futbolista con ciertas características y él las reúne. No me consultaron sobre la persona”.

En todos los lugares que dirigió siempre fue igual. Frontal, derecho, empecinado en aplicar sus ideas y un trabajador incansable. Construyó un hotel en Bella Vista como regalo a todo lo que Newell’s le brindó y la plata la manejó exclusivamente su hermana. Todo se desarrolló como él lo programó.

Hoy la fiebre “bielsista” se desparramó por todos los rincones. Son muchos los que intentan imitarlo y lo tienen como referente. En Chile es Dios. Sus “retiros” son profundos. Dedica horas a estudiar videos y seguir perfeccionándose. No es capricho cuando desecha una millonaria oferta por una cuestión que a la vista de todos es intrascendente. Para él todo tiene su valor.

No es fácil convivir con él. Tampoco trabajar junto a él. Exige por lo que da. El silencio es salud y el perfil bajo su manual de cabecera. Nada ni nadie alteró esos pensamientos y esas convicciones. Por eso es un grande y más allá de sus méritos deportivos, lo fundamental es que jamás traicionará sus principios. Y en este mundo en que vivimos, encontrar a un Marcelo Bielsa no es tarea fácil. Por el sólo hecho que exista alguien así, vale la pena soñar con que no todo está perdido.

Al Maestro con cariño

Bielsa nos decía en una oportunidad: “Me había mimetizado tanto con el maestro que hasta utilizaba sus modismos y forma de hablar cuando regresó de España”. Y luego sentenció: “Griffa fue el líder más grande”. Por eso no sorprendió que el hotel que el Loco hizo construir en el predio de Bella Vista lleve el nombre de su mentor. “Tuve la suerte de pertenecer a una generación en Newell’s donde el conductor fue Jorge Griffa, el verdadero artífice y arquitecto de todos los éxitos posteriores. Me marcó para siempre, sus conceptos, sus palabras, sus consejos, todo su trabajo”.

La sangre de Guardiola

Antes de iniciar su carrera como técnico en el equipo B de Barcelona al que ascendió a la segunda división y luego convertir al equipo catalán en uno de los más grandes de la historia, Pep Guardiola visitó a Marcelo Bielsa en Máximo Paz. Estuvieron 11 horas charlando. En un momento, el Loco le preguntó a Pep “¿por qué usted que conoce toda la basura que rodea al mundo del fútbol, el alto grado de deshonestidad de cierta gente, aún quiere volver ahí y meterse además a entrenar? ¿Tanto le gusta la sangre? Pep no lo pensó dos veces y respondió: “Necesito esa sangre”.

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