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análisis del historiador Carlos Herrera

La crisis peronista del socialismo


“Se acabó la leche de clemencia (…), los argentinos necesitan aprender que la letra, con sangre entra”, expresó Américo Ghioldi, líder del socialismo argentino tras la caída del peronismo y la ocupación por la fuerza de los sindicatos. Ghioldi se había impuesto a la parte del Partido Socialista (PS) que pretendía una revisión y una correcta comprensión del fenómeno peronista para no quedar atrapados en el grupo de los denominados “gorilas”. No son pocos los que achacan esa perspectiva a la faceta liberal del socialismo criollo. A su vez, los socialistas tenían mucho que decir porque durante el gobierno de Juan D. Perón habían sufrido persecución, cárcel y destierro. Sin embargo, el PS perdió durante ese periodo su base social más preciada, el proletariado. El historiador Carlos Herrera, de la Universidad de Cergy-Pontoise, propone en  su libro ¿Adiós al proletariado? El Partido Socialista bajo el peronismo (1945-1955) un nuevo análisis de los recorridos del socialismo y de por qué quedó anclado en el antiperonismo. Según el investigador, existió una línea liberal ya desde antes del peronismo que terminó nutriendo la tesis de Ghioldi, aunque, insiste, no debe perderse de vista el proyecto socialista que tenía como protagonista al movimiento obrero.

—¿Por qué decís que hubo una crisis peronista del socialismo y por qué adoptaron un perfil más liberal?

—La idea asume el estallido de circunstancias críticas para el PS. Algunas fueron “externas”, como la pérdida de representación parlamentaria nacional por primera vez desde la Ley Sáenz Peña, o la larga clausura de su periódico, otras tienen que ver con las líneas de acción adoptadas en ese momento (abstención, o formas ilegales de acción como sabotajes, pequeños atentados) o las expulsiones de importantes dirigentes que se produjeron por entonces. Pero estos fenómenos no deben ser desconectados de una crisis más profunda, cuyas causas se remontan, para mí, a los años 30.  Luego viene el contexto mundial, en los prolegómenos de la Guerra fría, y sobre todo la caracterización del peronismo como totalitarismo, y cuando hacia fines de 1950 un sector interno pide el abandono del rol de “tutor de la burguesía” ya parece tarde.

—¿El socialismo tenía una matriz democrática liberal, más que obrera y revolucionaria?

—Como todos los partidos de la II Internacional, el PS argentino tenía un proyecto tensionado, bifronte, donde democracia y clase obrera confluían. Porque se pensaba a los asalariados como la mayoría de la población, y el libre juego de las instituciones democráticas, el sufragio universal, eran vistos como canales “naturales” para la conquista del poder. Una visión que corría por el carril de un evolucionismo y un economicismo característicos de la corriente. En el caso argentino, (Juan B.) Justo veía a la burguesía como una clase atrasada tanto desde el punto de vista político como económico y pensaba que el partido obrero debía asumir algunas de sus funciones.

—¿Por qué triunfó la posición de Américo Ghioldi?

—Existen una pluralidad de causas, internas y externas. Entre las primeras se puede anotar la legitimidad de su liderazgo, su peso en la organización, la coherencia de su caracterización. Entre las segundas, tal vez influya mayormente el hostigamiento creciente del gobierno, que termina encerrando al partido en una posición defensiva. En todo caso, hacia 1952, la masa de los afiliados sostiene las posiciones de la dirección, cada vez más marcada por la línea anti-totalitaria. Los trabajadores no sólo siguieron siendo el principal sujeto interpelado por el PS bajo el peronismo; el Socialismo se mantuvo presente en el movimiento obrero, sobre todo durante los primeros años del gobierno peronista, como lo muestra su papel en los movimientos de protesta en gráficos, municipales, textiles y bancarios. No hay que olvidarse tampoco que tras la “normalización” de los sindicatos a finales de los años 50, los socialistas recuperan la conducción de varios de sus bastiones sindicales históricos. Pero la desactualización del tipo de relación partido/trabajadores que el PS había imaginado, la persistencia del vínculo del movimiento obrero con el peronismo llevarán a otros derroteros en los años 60, donde la idea histórica del socialismo como “expresión política de los trabajadores” perdió entidad.

—Durante el peronismo y en los años posteriores, ¿se generó una cultura política de izquierda que rechaza al peronismo y se aferra a las libertades civiles?

—Se puede pensar que la emergencia de una nueva cultura de izquierda, centrada en el problema de la cuestión colonial y la liberación nacional, con el consiguiente “reconocimiento” del liderazgo del peronismo entre los trabajadores, puso a la vieja cultura de izquierda en un lugar residual, aún en los pequeños grupos que se reivindicaban de esa tradición. Esto se agravó por el giro anti-comunista de la social-democracia europea, ya muy consolidado en la década del 50. Con todo, subsistió en el grupo que se organizaría como Partido Socialista Democrático un conjunto de marcadores de izquierda, como el laicismo o el cooperativismo.

—¿Cómo ves el socialismo hoy, tanto el de Santa Fe, como el francés?

—Partamos de lo obvio: la situación política de los partidos socialistas es muy distinta en Francia y Argentina. Creo que hay elementos comunes y que tiene que ver con una identidad “social-demócrata”, hoy por hoy en crisis. Esto aparece más fuertemente en Europa, ya que el ideario de los partidos socialistas allí estuvo muy ligado al modelo estatal social que se construyó al terminar la Segunda Guerra. La recomposición de ese modelo ha generado, desde los años 90 una crisis muy profunda en la identidad del socialismo, lo que explica que hayan surgido alternativas de izquierda reformista por fuera de sus partidos. Los sectores socialistas más ligados al ejercicio del poder promueven cada vez más una recomposición de estos en términos de partidos “progresistas”, abandonando incluso algunas ideas como el keynesianismo, la progresividad fiscal. El caso argentino es muy distinto. Concebir una identidad social-demócrata sin esa experiencia histórica del Estado social, la hace más frágil. Las identidades que a partir de los años 70 se quisieron construir en torno de una centro-izquierda fueron muy inestables, y desdibujaron el perfil socialista. A esta discusión se agregan otros elementos, por ejemplo el hecho de que el núcleo dirigente del PS actual no viene de esa tradición centenaria, sino de otras recomposiciones. Quizás la experiencia de la gestión, tanto municipal como provincial, que vive el socialismo aporte elementos para pensar una identidad propia. No hay que confundir al socialismo democrático con la social-democracia, aunque ambos sean tradiciones reformistas. Y no alcanza con un “regreso a las fuentes”. El socialismo está condenado a una nueva radicalidad, si quiere conservar su especificidad de partido del cambio social.

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