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La crisis de la edad media de la vida

Por: José Alejandro Silberstein

Nunca está de más tener presente qu en el holograma chino la palabra “crisis” tiene una doble acepción: peligro y oportunidad. Ambas situaciones se encuentran íntimamente ligadas a la forma como la crisis es resuelta.

Desde el nacimiento hasta la muerte los seres humanos transitamos diversas crisis vitales que se inician con la vida extrauterina y culminan con el fin de la existencia. Y, si bien esto es algo por todos sabido, no significa que siempre sea pensado. El ser humano (al menos en la cultura occidental) no está preparado para tomar contacto con el ticket de ida que nos conduce a la muerte, que por otra parte es la única certeza que existe. El resto de los acontecimientos vitales son conjeturas, hipótesis, verdades a medias y (quizás lo más importante) el misterio.

Así las cosas, la muerte es el rasgo central de la crisis de la edad media de la vida. El logro de la adultez madura e independiente se presenta como la principal tarea psicológica. La paradoja consiste en que el estado de plenitud tiene una fecha de terminación. Más allá, está la muerte que deja de ser una idea general, una liberación, un fenómeno natural o un misterio para pasar a ser un problema personal.

Esta travesía nos enfrenta con la problemática del duelo porque estamos ante una crisis depresiva; a la declinación biológica se agregan las cosas que no volveremos a tener: posibilidades frustradas, tiempo y oportunidades perdidas, un adiós a la juventud irrecuperable. Los propios padres han envejecido o han muerto y los amigos y seres allegados han corrido una suerte similar. Esto puede traer aparejado un empuje vital: decisiones de llevar una vida mejor, es decir una mayor aceptación de la propia muerte.

Si la confianza y el amor por uno mismo permiten contrarrestar la destructividad, tiene lugar un renacimiento de la esperanza y una transformación del miedo a morir en una experiencia constructiva y también creativa, con lo cual el clima emocional será el acompañante de un disfrute de la vida adulta y una mayor profundización en la naturaleza de las cosas. Estaríamos recorriendo el potencial camino de la sabiduría.

Pero el manejo adecuado en esta crisis vital no es la única porque existen otras reacciones o estrategias que se ponen al servicio de evitar el dolor mental La crisis de la edad media puede resultar en esperanza o patetismo juvenil. que la crisis trae aparejada. Cuando este estado no es tolerado la salida común son el despliegue de actividades destinadas a la negación de la depresión y un culto al hedonismo y al éxito fácil.

El listado es enorme: divorcios, búsqueda de amantes, infidelidades, mudanzas, cirugías estéticas, viajes que no hacen sino empobrecer la vida emocional. Padres o madres que se identifican con la adolescencia de los hijos e hijas, salidas nocturnas, novios o parejas más jóvenes que generan la ilusión del “amor de sus vidas” (¿?) ofrecen lo que he denominado “la dimensión patética de la crisis” que no es sino el resultado de pactos faustianos por la inmortalidad.

La búsqueda de mujeres o de hombres jóvenes tiene además otros derivados. Más allá de la vergüenza y malestar que provocan en los hijos, el verlos por ejemplo realizar actividades aeróbicas con una intensidad desproporcionada a la edad, nos hace dudar si el jogging está al servicio de una necesidad perentoria de alcanzar una sexualidad idealizada o huir de la muerte que sienten que los está persiguiendo. El infarto (sea en la actividad deportiva o teniendo una relación viagra-sexual) muestra con claridad quién es el ganador (mejor dicho, la ganadora)

¿Cómo se puede transformar el miedo a morir en una experiencia constructiva? Hasta ahora la única propuesta que considero válida es la de don Miguel de Unamuno, que insistía en la importancia del sentimiento trágico de la vida. Con esto, Unamuno aludía a la idea de la finitud y sugería que había que tomar contacto con ese sentimiento para descubrir la muerte que opera como precursora del hambre por la inmortalidad. La lucha con el sentimiento trágico de la vida y la aceptación del final es la salida narcisista hacia la inmortalidad. En realidad se trata de una salida tramposa. Porque al estar inmerso en un presente continuo implica la mutilación del devenir y, por ende, del futuro.

Hace tiempo que pienso que la tragedia es algo inherente al ser humano, porque en última instancia nos muestra el equilibrio entre aquello que es posible y aquello que no lo es. Este balance nos muestra los límites tenues que existen entre lo sublime y lo ridículo.

La negación del sentimiento trágico de la vida, entonces, es una estupidez porque nos vacía de contenidos menta-les empobreciendo la vida emocional lle-vándonos a conducirnos como seres no pensantes en la búsqueda de una in-mortalidad que en definitiva no es un buen negocio; en realidad se trata de una maldición. Hasta la próxima. Buenos días, mucho gusto.

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