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La adolescencia y el peligro al transitar el universo de las drogas

Existen desde hace largo tiempo y conforman una problemática que no puede analizarse desde un único lugar.


Quizás es necesario el drama, la tragedia para que comiencen a circular interrogantes con respecto a una determinada problemática. No se trata de que podamos verla o no, sino que cuando la imagen se presenta de manera tajante, intempestiva y cruda en todos sus matices, ya no se puede mirar para otro lado.

Las drogas existen desde hace décadas y décadas, desde que usted y yo transitamos por estos suelos.

Se trata de una problemática que no puede analizarse desde un único lugar, es un problema multicausal, en el cual intervienen muchos factores: sociales, económicos, comerciales, de políticas de Estado y modos de estar propios de cada época. En relación con el sujeto intervienen la dimensión de lo familiar, la personalidad y estructura, la historia de vida y los modos de vincularse en relación con el deseo y los goces.

El ingreso a la pubertad o adolescencia aparece como la época de riesgo en la iniciación en el universo de las drogas. La adolescencia es una etapa muy difícil, en la cual se reactivan conflictos y crisis identificatorias. El adolescente se debe responder la pregunta: “¿Qué quiero para mi vida?”, y el interrogante: “¿Quién soy?”. Se trata de una etapa de duelos y pérdidas que deben resolverse. El duelo es por el cuerpo infantil perdido, por aquellos padres de la infancia idealizados, perfectos, por aquel sentimiento de protección absoluta, donde un Otro cuidaba de los posibles peligros que acechaban la vida.

Existe una metamorfosis producto de lo biológico. Existe un cuerpo que se asemeja al de un adulto, pero no se es adulto. El cuerpo del adolescente cambia, el cambio no pide permiso, se desata, irrumpe.

La pubertad es ese tiempo en el cual emergen grandes preguntas sobre el sexo y la autoridad. Los interrogantes también son del orden de la orientación vocacional y sexual.

Se trata de orientación y desorientación del deseo.

La dificultad del sujeto que se droga está en su relación con la falta, es decir, con el sufrimiento y angustia que presenta la vida misma, la realidad. Acceder a la realidad es aceptar las pérdidas y culpas, las cuales para el adicto están siempre en el Otro. Existe en los adictos la fantasía de que son sus padres los culpables o responsables de su “desgracia”, fantasía muchas veces compartida por ellos.

La droga le permite al sujeto extrañarse de la realidad, renegarla, y son los efectos de la droga los que permiten fabricar una realidad distinta. Es el medio que le permite al sujeto sostener una posición de “omnipotencia narcisista artificial”.

Gran parte de los sujetos no pueden precisar las razones que los llevaron a dar los primeros pasos en el mundo de las drogas. El sujeto ingresa en dicho universo por curiosidad. No se trata de decidir ser adicto; de golpe se es adicto. Es a partir de la primera sensación de “falta” que el sujeto se da cuenta que el vínculo con la droga no va a ser fácil de sortear.

La droga tiene un impacto físico, provocando una modificación orgánica definitiva. En la persona drogadicta existe un deterioro físico, como si el “sufrimiento psíquico” se disfrazara de “sufrimiento físico”, causado por la incorporación de las drogas en el cuerpo.

El universo de las drogas no es propiedad del adolescente, considerando además adolescente a aquel sujeto que aún no ha ingresado en la etapa adulta, independientemente de su edad cronológica. Entonces, ¿por qué insistir con esta etapa? Porque es la edad de mayor riego, de mayor vulnerabilidad del sujeto y de iniciación en el consumo de drogas. Sin embargo, no todo adolescente que en algún momento atraviesa una fase en la que recurre al consumo de alcohol o drogas, no por eso va a estar destinado a ser un adicto. Mientras para algunos es tan dolorosa dicha etapa, que ponen en riesgo su vida, tratándose esta de una manera muy desgarradora de crecer.

Así como los hijos no eligen a los padres, tampoco los padres eligen a los hijos. Los padres van a elegir tener un hijo, pero la personalidad que este hijo desarrolla no siempre es la esperada por los padres. El hijo nunca corresponde al hijo imaginado.

Este adolescente que ya no es un niño necesita separarse de los padres, y lo hace desde la oposición, mediante el desafío constante. Es el medio que encuentra para poder crecer y separarse de los padres, la rebeldía, como tantos padres suelen llamarla. La oposición, el ser desafiante, en realidad es un pedido de amor encubierto. Es importante que el adolescente sienta que sus padres desean cuidarlo y no controlarlo. Cuidar y controlar, términos que suelen confundirse, ya que los padres tienden a controlar a sus hijos, como si esto fuese del orden del cuidado. El controlar tiene que ver con esperar que el otro se desenvuelva como uno desea, mientras que el cuidado es aceptar al hijo con su personalidad y diferencias, y a partir de allí trasmitirles a qué peligros puede enfrentarse.

El psicoanálisis se centra en el sujeto, no en el trastorno o en la conducta. Se trata del sujeto “RSI”, sujeto atravesado por lo real, lo simbólico y lo imaginario. La dimensión de lo simbólico abarca lo que es el lenguaje que el Otro introduce y con el cual interpreta las necesidades del niño. Más tarde se podrá disponer del lenguaje que se articula con un discurso.

El tiempo de lo imaginario es aquel en el cual la mirada del Otro permite al niño tener una imagen unificada de su cuerpo, mirada del Otro que permite el sostén narcisístico del niño. Por ultimo lo real, donde interviene la orientación de los goces. Lo real tiene un primer tiempo, que es el del comprender, cuando predominan los juegos reglados y entonces el interrogante recae sobre qué se puede y qué no se puede hacer en el juego, es decir, con el goce. Se trata de buscar las reglas para dar un orden legítimo al goce.

Más tarde comienza la etapa de la pubertad o adolescencia, en la cual se deben orientar los goces, discriminando aquellos que deben ser prohibidos.

Al goce se lo suele confundir con el placer, pero el goce se experimenta en el cuerpo y es del orden del malestar, del dolor, del displacer. El goce tiene que ver con un desenfreno pulsional, un torbellino sin límites.

Una de las maneras de poner límite al goce es mediante la sanción subjetivante, que no es lo mismo que un castigo. La sanción tiene que ver con responsabilizar al otro de sus actos y al mismo tiempo esperar algo de ese sujeto. Un ejemplo de goce es el no estudiar. Aunque no sea visible, el adolescente sufre al llevarse materias o quedarse de año. Un límite a dicho desborde pulsional es hablar a este sujeto desde aquello que se espera de él, y entonces dicha sanción subjetivante permite circular la demanda, el sujeto púber puede saber que alguien espera algo de él, y a partir de ahí desear estudiar en lugar de gozar del estudio.

La desorientación del adolescente es una desorientación de la pulsión. Impulsividad, desbordes, adicciones. De lo que se trata es de un pedido de orientación del deseo. Es cierto, sí, que algunos caminos son más peligrosos y riesgosos que otros. La droga obtura el deseo, la palabra, la mirada, el vínculo. Se trata de un goce aplastante, donde el sujeto se pierde como sujeto de la palabra, sin poder hablar de su angustia.

Dice la psicoanalista Alba Flesler: “Es el deseo y el amor los que le pueden poner límite al goce”.

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