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Historias de boxeo

Kid Gavilán: el cubano que fue amigo de Perón


Eran los días de agosto de 1952. La mayoría del pueblo argentino lloraba y acompañaba el luto por la muerte de Eva Perón. El ánimo popular recobraba lentamente su pulso normal, luego del inmenso dolor. Kid Gavilán llegó a Buenos Aires tentado por un interesante contrato.

Gerardo Mauras alias “Kid Gavilán”.

El 18 de mayo de 1951 había derrotado en Nueva York a Johnny Bratton  logrando el título mundial welter. Luego de tres exitosas defensas, Charles Johnston, un empresario relacionado con el Luna Park, le ofreció tres peleas. Lo convenció una buena bolsa y la seguridad que tendría apoyo del gobierno del general Juan Domingo Perón. Hizo las valijas y aterrizó en Buenos Aires.

Nacido un 6 de enero de 1926, como Gerardo Mauras en una plantación de azúcar en Berrocal, Camagüey, Cuba. Luego fue rebautizado como Gerardo González cuando su madre volvió a contraer matrimonio con un empleado del ferrocarril con ese apellido.

Debutó profesionalmente en La Habana el 5 de junio de 1943, ganándole por puntos a Antonio Díaz. Su carrera comenzó a ser manejada por Yamil Chade un conocido manager que vivía en Puerto Rico. Desembarcó en Estados Unidos el 1 de noviembre de 1946, con veinticinco peleas ganadas, dos derrotas y un empate, una valiosa carta de presentación. Noqueó rápidamente en Nueva York a Johnny Ryan.

El sábado 16 de agosto de 1952, subió por primera vez al ring del Luna Park. Luciendo pantalón blanco con vivos negros, enfrentó al mendocino Mario Díaz, un hábil y sagaz boxeador. Díaz había derrotado dos veces a Eduardo Lausse y cultivaba un estilo colmado de recursos técnicos. Testigos de la pelea la definieron como un juego de ajedrez-boxístico. Dos zorros astutos pensaban cada movimiento. Kid Gavilán  logró imponerse por puntos a base a un mejor desequilibrio ofensivo. Su figura alta, morena, con físico trabajado y un caminar plástico, deslumbraron al público. Sus puños rápidos y enérgicos dejaron el sello personal. Sin embargo hubo algo más que atrapó la atención de todos: el Bolo Punch. Un golpe de definición mitad gancho y ascendente que había creado el filipino Ceferino García, campeón mundial mediano de los años treinta y que el cubano había perfeccionado con notable precisión.

El 6 de setiembre lo pusieron frente a frente con el temido Rafael “Rompehuesos” Merentino. Un noqueador tremendo que llegaba luego de fulminar en un asalto a Mario Díaz. Merentino era dirigido por los hermanos Tino y Alfredo Porzio, dos entrenadores estrellas, del momento. Los aficionados pedían a gritos la pelea Merentino- Lausse, el otro noquedor de moda. El zurdo también era del equipo de los Porzio. El combate nunca se concretó. La empresa Luna Park decidió probar a Merentino con Kid Gavilán y después armar el choque entre el cubano y Lausse.

El público pedía desde el entusiasmo y el corazón. Los empresarios resolvían desde el negocio y la recaudación. La pelea con Rafael Merentino fue mayúscula. Kid Gavilán planteó la estrategia con su conocida técnica de media distancia. Merentino fiel a sus antecedentes, buscando el nocaut en cada golpe. En el octavo, un derechazo explosivo puso en conocimiento al cubano que su rival era sumamente peligroso. Tenía que definir o la pasaría mal. En el noveno Gavilán salió decidido a imponer su plan. Lo acorraló sobre las cuerdas con una descarga veloz y penetrante. Sus puños llevaban mensaje final. Ganó por nocaut técnico. El Luna Park colmado lo aplaudió de pie. Se recaudaron 671.750 pesos, récord de recaudación en la temporada. En el aire flotando quedó la expectativa de la pelea ante Eduardo Lausse. Sin embargo, este enfrentamiento estuvo lejos de lo que se esperaba. El público no le dio el apoyo deseado. Las tribunas lucieron con mucho menos espectadores de los que se estimaban. Los ingresos por entradas superaron ligeramente los 150.000 pesos. El combate fue muy pensado. Los dos se respetaron al extremo. Lausse nunca logró soltarse plenamente. Gavilán ganó por puntos con lo justo. A los pocos días, el cubano se marchó a Estados Unidos. Dejó en el ambiente una impecable impresión. Venció a los tres mejores medianos argentinos. Además, se ganó un nuevo amigo: el general Juan Domingo Perón. Resignó la corona mundial el 20 de octubre de 1954 en Filadelfia, ante Johnny Saxton, un boxeador que manejaba la mafia a través de Blinky Palermo. Perdió por puntos. Años después se comprobó que la pelea había sido arreglada para que perdiera el cubano. Las apuestas mandaban.

Escaso de fondos, con su espíritu bohemio y trashumante, decidió volver al Río de la Plata. Su nombre, su figura, aún despertaba interés y cotizaba en el universo pugilístico. Hizo dos peleas en Montevideo ( Uruguay). Noqueó a Juan Burguéz y perdió por puntos con el inolvidable Dogomar Martínez. Cruzó a Buenos Aires. Lo esperaban dos reuniones en el Luna Park. El 23 de julio de 1955 dio una cátedra de boxeo y eficacia. Venció al notable mendocino Cirilo Gil. El 3 de setiembre en pelea revancha, cayó ante Eduardo Lausse en decisión unánime. El zurdo pasaba por el mejor momento de su carrera. Atraído por la noche porteña, las bellas mujeres y el trato familiar que le daba la gente, optó por quedarse en Buenos Aires. Ante la llegada de la revolución golpista, abandonó el país. Sus fotos y marcada admiración con el presidente Perón lo colocaban en una situación muy vulnerable ante quienes usurparon el poder.

En 1958 decidió anunciar su retiro. Quedaban atrás 108 peleas ganadas con 28 nocauts, 30 perdidas y 5 empatadas. Nunca en su larga carrera fue noqueado. Se instaló en su granja en Camagüey, una pequeña propiedad que era lo único que le quedaba. Parecía mentira que el niño mimado de la televisión norteamericana que había televisado y negociado 46 de sus peleas, no contara más que con ese  inmueble. Intentó varias actividades fuera del boxeo. Ninguna le salió bien. Pasó malos momentos cuando Fidel Castro lo encarceló en varias oportunidades, acusándolo de espía antirrevolucionario. En 1968 con unos pocos dólares se radicó en Miami. Los amigos de otros tiempos le negaron ayuda. Las batallas le pasaron facturas. Ciego del ojo derecho. Lo afectó el Alzheimer y el Parkinson. Tres infartos se encadenaron para hacerle muy difícil la vida. En el 2000 lo ingresaron al Salón de la Fama de Canastota, Nueva York. Tuvo su película: “El campeón soy yo”. No pudo disfrutarlo. Vivía en la nebulosa de preguntarse quien era. Murió solo. Triste. Olvidado. Internado en un asilo modesto del Condado de Dade, en Miami. Kid Gavilán, alguna vez un héroe tallado en ébano, era un desconocido. Su final abrió el paso a la leyenda. “El Halcón Cubano”, el de las grandes hazañas, apenas si cuentan sus historias en La Habana actual, cuando los mayores luciendo buena  memoria lo devuelven al presente. Vertical, orgulloso, admirado, quedó flotando en el recuerdo del boxeo argentino. Ese vínculo fraterno que se instaló y que Kid Gavilán siempre reavivó cuando al encontrarse con un argentino le decía: “Gracias  por tanto cariño y saludos a mi amigo: el general Juan Perón”.

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