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Informe Especial

Lo cabal no quita lo cortés


El mundo no se creó la semana pasada. Probablemente tampoco cambie demasiado para la próxima. Ferrari seguirá siendo Ferrari y el resto, Kimi Raikkonen incluido, seguirá teniendo los mismos derechos. Y, sobre todo, casi las mismas obligaciones.

En el pasado Gran Premio de Mónaco se volvió a ver uno de esos capítulos agrios que de vez en cuando nos entrega la Fórmula 1, donde los intereses de los equipos desvirtúan las fibras más íntimas de la competencia en sí misma. Esto sucedió cuando la escudería Ferrari le permitió a Sebastian Vettel girar un puñado de vueltas con pista libre con posterioridad al ingreso a los boxes del líder Raikkonen, y antes de su única detención prevista, para que así redujera su diferencia y pudiera superar a su compañero. Y, de esta manera, cerrar una intención favorecedora para con el piloto alemán, del que están convencidos que podrá llevarlos a ser campeones del mundo frente a la resistencia de Lewis Hamilton, con Mercedes.

No se trata de ser incrédulos, ni ilusos. Prácticamente todos los deportes desde hace ya tiempo han sucumbido y se erigen como fenómenos a escala global por el dinero que, como una vela o como un ancla, así se ha posicionado sobre ellos. No aceptarlo podría suponer esta idea absurda, en tiempos modernos, de querer hacer fuego chasqueando dos piedras mientras un encendedor descansa pacíficamente en un cajón.

Al margen de discusiones con respecto a si Raikkonen podría o tendría que haber ganado en las calles de Montecarlo, de si está bien o está mal, de si es válido o no; no estaría mal plantear, en momentos donde Liberty Media, la empresa norteamericana dueña de la Fórmula 1, comienza a deslizar nuevos cambios en la categoría para conquistar nuevas audiencias, una idea en función de un fenómeno del que actualmente atañe a casi todas las empresas que existen en el mundo: la mirada hacia el cliente. En este caso hacia el público, hacia las tribunas, hacia los televidentes, hacia las nuevas generaciones que tanto quieren cautivar. Y por qué no hacia las generaciones ya instaladas que no claudican en esto de acallar el verdadero espíritu de las carreras.

Es entendible que los equipos y fábricas, que tanto dinero gastan e invierten anualmente en la Fórmula 1 no dejen ningún detalle librado al azar. Que vayan al ataque de un punto con el mismo ímpetu que en pos de una victoria. Muchos campeonatos se han definido, de hecho, por ese escaso margen; después está lo que siempre se exclama hasta el hartazgo: “Hay mucho dinero en juego”. Entonces, ¿Cómo reclamar un altruismo a esas personas que un punto, incluso, les significaría que su puesto de trabajo cayera en la ruleta rusa del ganar o perder? ¿Detrás de qué escudo podrían los interpretes de estas historias ubicarse, si del otro lado se encuentran los millones de dólares que posibilitan, asimismo, que todo este circo se lleve adelante? Pero en una guerra donde indefectiblemente no es tal, ya que no hay valencias, es necesario preguntarse con descifrable resignación con qué grado de dignidad poder afrontarla.

Una vez caída la bandera a cuadros el pasado domingo, las voces que todo lo aceptan no tardaron en hacerse escuchar y leer. Volvieron a ponerse el delantal de los conocimientos para impartir lecciones de cómo adaptarse, aceptar y continuar con el derrotero de nuestras vidas; con una sonrisa amplia y conformista. Resumiendo en frases trilladas como “esto es así”, “son carreras de marcas, no de pilotos”, “hay contratos que cumplir”… No puedo dejar de preguntarme qué hubiese sido si la Revolución Francesa hubiera dependido de ellos.

Con muchísimas menos pretensiones, resulta válido pensar hasta dónde queremos ser espectadores de escenas pseudamente encubiertas donde se pre digita un resultado deportivo en pos de un objetivo grupal del que, a vistas del rostro de Kimi Raikkonen en el podio, no había sido englobado dentro de ese “equipo”. A estas alturas, resulta demasiado subjetivo e irrelevante preguntarnos si era necesario hacer lo que se hizo cuando aún falta tanto para el epílogo del campeonato. Entendido el qué y el porqué, mejor pasar al cómo. Ni más ni menos que mirar a través del cristal donde el poder suele plasmarse con todo el rigor de la palabra.

Es por eso que lo más obsceno no estuvo cuando decidieron otorgarle la chance a Vettel de redimirse de su actuación del sábado en clasificación e incluso en la largada, cuando Raikkonen, guste o no, estuvo mucho más fino. Lo más nauseabundo fueron las declaraciones posteriores de Sergio Marchionne, presidente de Ferrari, felicitando a los pilotos y al resto del equipo alegando que fue “una carrera muy emocionante donde vimos la verdadera escudería”, ignorando notoriamente el tema cuando aún se encontraba flotando en el ambiente.

En un equipo donde históricamente la política ha reinado, que mejor remedio que una política desde lo más alto para dejar en claro que aquí no ha pasado nada. Y por si esto aún fuera necesario, con la cola de paja del caso, en las cuentas oficiales de la escudería de Maranello de las redes sociales no tuvieron mejor idea que enfocarse, como un premio consuelo, en el excelente trabajo hecho por Kimi. Ridículo. Probablemente de esto se trate: de querer hacernos ver que nada ha pasado. Tal vez, una de las formas más efectivas de alienación. Subestimando a ese público que da sentido a todo este hermoso circo llamado Fórmula 1. No era necesario negar algo que estuvo claro, que no es ilegal y que, en efecto, les es más conveniente. Si hay un costo político al sinceramiento, páguenlo de una vez; porque en definitiva todo poder, también es deber.

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