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Juane Basso: la vida, la muerte y la militancia

Matías Ayastuy recupera en este relato la militancia en Hijos, la Facultad, la creación del Eslabón y la sensibilidad del Juane

Foto: Franco Trovato Fuoco

Matías Ayastuy

Hará sido abril o mayo del 95 o del 96. Clase de Expresión Oral y Locución, primer año de la Facultad. Recontra campechanos los locos en una Rosario que todavía ni conocíamos. Gachi Santone creo que era la profe que nos propuso contar algo que hayan leído últimamente. Era una clase de unas 25 personas, amontonadas en un saloncito. Si no me equivoco era los jueves de 8 a 11. Alguien contó un libro que había leído hacía poco tiempo, más con la intención de presentarse como un gran lector que otra cosa, y en tres minutos resumió con introducción, nudo y desenlace la novela pedorra. ¿Quién más se anima?, preguntó la profe. Yo justo acababa de terminar un libro de Jorge Amado que me voló la peluca, pero me moría de vergüenza antes de levantar la mano. Se fumaba en el aula. Bastante. Desde el fondo, un pelilargo, medio gringazo, todo despeinado, desarreglado, largo y con cara de dormido levanta la mano, salvando de un incómodo silencio a la clase. “Yo puedo contar sobre el libro, La Muerte y la Muerte de Quinca Berros Dágua”, dijo el Juane desde el fondo del saloncito. ¿Cómo se llama el libro?, preguntó la profe. Y las siguientes dos horas de la clase sólo hablamos de eso. De la muerte (en realidad, de las muertes) y de esa muerte en particular, la de Quincas. Lloramos de risa toda la clase, porque los “hilos narrativos” que elegía el Juane no siempre eran los que estábamos acostumbrados a utilizar para resumir una historia. La siguiente clase requería de armar grupos de dos o tres personas. Salimos de esa clase, pasillo de la planta baja de la facu o del primer piso, del ala que da para el lado del río. Hola, cómo va. Bien che. Soy Matías. Soy Juane, de Rufino. Hicimos grupo, arrancamos los mejores y más impensados proyectos. Preparamos y rendimos juntos no se cuántas materias. Algunas bien y otra mal (Semiótica, con Tomás Labrador, por ejemplo). Militamos en Hijos. Su primera reunión fue un encuentro en la casa/escuela de Mariano Acosta, donde había juntada para hacer no recuerdo si empanadas, ravioles, o qué, para vender y juntar fondos para financiar las primeras actividades de Hijos Rosario. Los primeros escraches a Lo Fiego, Ibarra y Moore. “Rosario, cuna de grande torturadores”. La marcha a 20 años del Golpe Genocida. Semejante experiencia para vivirla a los 19 años.

Tuvimos infinitas noches de guitarreadas con Hijos, en el 3° A, de calle 3 de Febrero y Maipú, donde vivíamos con mi hermana, la Vero Almeida. Entonces cantamos también sin saberlo, a la muerte. La Gallega, Paulina Tovo, nos había hecho conocer a Alber Pla, y no podíamos dejar de cantar ese tema, La Dama de la Guadaña. Horas y horas pasaron mientras fumábamos, cantábamos. Hasta el Edu Tonioli intentaba cantar, pero sabía de sus limitaciones, especialmente con el género musical que nosotros preferíamos. ¡Nos disfrazábamos! Ya había salido el disco de Silvio y estábamos escuchando Rodríguez. Después Domínguez. Y meta que meta con Caballo Místico (que el final se prestaba para hacerla eterna), Abracadabra, Compañera, Y Mariana. Cantábamos. Gritábamos.

También pasmos momentos irreproducibles en el 9 A de Sarmiento al 400, Sarmiento y Tucumán. Un departamento sin horarios. Con Loly Araya y Barby Peters, con Flor Garat, Vero y Fede Garat, José Sopapita, Gerardo Carucha Fernández, la Tana Josefina González, Diego y Claudia Ponce de León. Fuaaaa… Qué lindo era que llegara en final de las reuniones de Hijos los viernes a la noche, ideal para “hacer algo” después…

La militancia en Hijos, la vida universitaria, el Pampillón y la disputa por el sentido de la producción de conocimiento científico estaban en todas las charlas. Entendíamos que la lucha en el plano de las ideas era lo que le daba sentido al bodrio que estábamos estudiando como carrera universitaria. “Dominación es coerción acorazada de consenso, debatíamos. Cómo es posible la construcción de ese consenso y qué papel tiene la comunicación, en tanto escenario de disputa por diferentes sentidos del orden social”, discutíamos. Un poco como consecuencia de esto, gracias a la convocatoria de Julián Lafuente, el 2 de septiembre de 1999 pusimos en la calle el número cero de El Eslabón, de la cadena informativa. Con el “Pecos” Jerónimo Principano, el Rodri Miró. Los cinco del autodenominado Grupo Editor, pero que ya tenía una banda de comunicólogos capísimos: el Javi García Alfaro, el Yayo Daniel Ekdesman, Alfredo Montenegro, Carlitos Del Frade (hay que reconocerlo, era un mar de huevos esa redacción). La primera campaña de afiches tenía la pregunta, “¿Y vos qué lees?”. Y Juane se devoraba los libros. Y sabía de la muerte, y la muerte de Quincas Berros Dáguas, que casualmente, leímos ese mismo año que nos conocimos.

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