Ciudad, Últimas

Último adiós

Juane Basso: el chico de pelo largo que llegó a la Facultad desde Rufino

Tuvo una vida difícil, tantas pérdidas, en pocos años. Me acuerdo todavía la de su mamá, la desolación, el desarraigo. Sin embargo, no perdía la dulzura, ni la inteligencia, ni su sonrisa. Las ganas de pelear, los escraches a genocidas, la justicia ante todo


Tamara Smerling

Los dos teníamos 17 años. Empezábamos la Facultad, queriendo cambiar el mundo o el periodismo, no sé bien, a mediados de los años 90, cuando afuera estaba “esa patria de lo inaccesible / en este tiempo olvidado de Dios”. Fui a diferentes reuniones de la agrupación HIJOS, cuando se empezó a formar, en la casita de los ciegos, cerca del Parque Independencia. Era la época de “Tiempo Nuevo” y la polémica por los Reggiardo Tolosa. Después fue el Pampillón y la pelea con la Franja Morada. Él andaba con el pelo largo, todo desaliñado, llegaba de Rufino. Estudiamos juntos varias materias, en la planta alta de la casa de mi querida amiga Agustina Foster Ferrer, que era nuestro refugio bajo el ala de Mara.

En segundo año nos tocó una suave: creo que eran Hegel, Marx y Durkheim. Nosotras, como locas, nos pasamos meses subrayando los apuntes, mate tras mate hasta quedar verdes. Matías Ayastuy rasgaba algún acorde, Jerónimo Principiano dando vueltas }siempre inquieto y el Juane, el Juane, siempre tirado en un sillón, como colgado de una palmera. Era, después, el único que se sacaba 10. Los demás, a duras penas, llegábamos al aprobado. Es que escuchaba y absorbía, como una esponja, lo que a nosotros nos costaba decenas de trasnoches de estudio.

Tuvo una vida difícil, tanta pérdidas, en pocos años. Me acuerdo todavía la de su mamá, la desolación, el desarraigo. Sin embargo, no perdía la dulzura, ni la inteligencia, ni su sonrisa. Las ganas de pelear, los escraches a genocidas, la justicia ante todo.

Tengo dos mil imágenes en mi cabeza.

Después fue El Eslabón, donde me sumé a colaborar desde el principio, cuando todo lo demás, en los medios de Rosario, era un páramo. Fue un espacio de resistencia, donde escribir lo que no nos dejaban en otro lado. Estaban mi querido profesor Alfredo Montenegro a quien conocimos en primer o segundo año, cuando escribí un texto ¡sobre el anarquismo!, y entonces el jefe en la cátedra donde me sumé a trabajar encantada. Y mi admirado Carlos del Frade. Se convirtió en una voz propia, donde siguieron muchos amigos y amigas, ahora casi 20 años después en La Cooperativa La Masa y en Redacción Rosario.

Me insistió siempre que escribiera un único libro, que todavía no está pero ofreció a ayudarme a terminarlo. Llevaba años sin verlo. Me lo volví a encontrar acá, a cuatro cuadras de mi casa, en Semana Santa, en algún paseo con la familia hermosa que había formado. Nos abrazamos como si nos hubiéramos visto ayer: “¿Qué hacés por mi barrio, loco?”, le dije entonces, cuando lo vi caminar con ese paso tranquilo hacia mi encuentro, y nos reímos.

Ayer lo soñé, como queriendo volver a tener veinte años.

Hoy, el dolor es realmente insoportable.

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