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Inagotable violencia sobre lxs niñxs y las mujeres cuyo origen es una maldición

Netflix retoma la saga de terror “Ju-on” y recupera las atmósferas sórdidas y asordinadas del modélico “J-Horror”, donde el horror fantástico se imbrica dolorosamente entre y desde los dramas humanos más atroces con un resultado poderoso e inquietante y muy perturbador


Este mes Netflix estrenó una producción propia realizada íntegramente en Japón en la que se retoma la saga de terror Ju-on. Esta saga cuenta ya con numerosísimas entregas desde sus comienzos en su país natal, allá durante los últimos estertores del en principio destacable fenómeno internacional del terror japonés.

Ju-on: Orígenes, que consta de seis episodios de media hora cada uno, logra en cierta medida recuperar algo de aquellas atmósferas sórdidas y asordinadas del J-Horror, e incluso, con más fuerza , restaura ese perfil incómodo en el cual el horror fantástico se imbricaba dolorosamente entre y desde los dramas humanos más atroces.

De todos modos, aun así, a pesar de los logros que no son pocos, no deja de resultar un tanto innecesaria esta enésima revisitación de un universo que podría dar paso a otro.

Remake, reboot, precuela, secuela; todas esas tácticas que no logran encubrir la cómoda repeteción terminan por agotarse. Allí, la lógica de ese reciclaje continuo atenta contra una producción que de por sí tiene sus méritos.

 

El canto de cisne del fenómeno de terror japonés

Originalmente Ju-on parte de unos cortometrajes realizados por Takashi Shimisu. Con la tutoría del gran Kiyoshi Kurosawa, Shimitsu realiza para televisión, en 2000, dos telefilms que dan comienzo a la saga.

Dos años después se estrenan, casi al mismo tiempo, las dos primeras entregas ya realizadas para cine (a  cargo del mismo Shimizu), que son, a la vez, remakes y secuelas de las producciones televisivas anteriores.

Allí el siniestro universo de Ju-on ya estaba plenamente desplegado con su oscuridad característica. La casa maldita que configura el eje, el mal que se esparce como peste, lo sobrenatural que cristaliza en violencia familiar, el silencio y la amenaza, y los fantasmas que pasarán a formar parte importante del imaginario del cine de terror (Toshio y Kayako).

El hecho es que Ju-on configura, en cierta medida, el canto de cisne del fenómeno de terror japonés. Para el momento de su estreno, las renovaciones estilísticas y las temáticas implicadas en el abordaje japonés del género, ya eran un fenómeno de consumo masivo.

Y evidentemente, como no podría ser de otra forma, Hollywood apeló inmediatamente a su lógica de la apropiación y la repetición y comenzó no sólo a producir remakes de las obras niponas, sino también a sumar a sus filas a los directores implicados, como Hideo Nakata y otrxs.

El fenómeno se disipó en poco tiempo. Hollywood traicionó los rasgos originales de las propuestas y las convirtió en películas sin nervio, plagadas de sus lugares comunes, sustos fáciles y estereotipos insoportables.

Paralelamente, Japón ya parecía producir terror a mansalva con el único fin de apuntar a la meca del cine, y también perdió su oscuro pulso y su inquietante sutileza.

Entre 2004 y 2009, en Estados Unidos se relanza la saga con producción propia en tres entregas muy pobres que poco conservaban de la sustancia original.

También en 2009, en Japón, se realizan dos películas para cine que forman parte del universo <Ju-on<, pero que se corren de la historia original incorporando nuevos personajes y nuevos fantasmas.

Y la cosa sigue, entre 2015 y 2016 dos nuevas y olvidables entregas en Hollywood, en este caso a cargo del japonés Masayuki Ochiai. ¿Más? Sí, en 2015 tienen la maravillosa idea de cruzar el universo de The Ring con el de Ju-on, y se estrena Sadako vs. Kayako (las fantasmas protagonistas de ambas sagas). Y bien, por si todo eso era poco, ahora, claro, Netflix retoma y continua la apuesta.

 

Violencia familiar y machista

Más allá de las objeciones en relación a esta lógica de la repetición y el vaciamiento, no se puede negar que esta vez el producto resultante tiene su valor.

Ju-on: Orígines, sabe retomar esas atmósferas sutiles y sórdidas que caracterizaban el terror japonés de los 90. No hay aquí grandilocuencia ni sustos fáciles, no hay estridencias ni sorpresas gratuitas, hay en cambio y nuevamente una construcción asordinada que va cobrando fuerza.

Hay silencio. Hay espacios vacíos convertidos permanentemente en amenaza. Hay relaciones familiares sórdidas que se imponen por sobre lo extraordinario de lo sobrenatural. Hay una suerte de complejidad de un juego narrativo hecho de espejos anómalos.

Hay historias que se espejan, violencias que se replican. Si bien en los primeros capítulos parece apenas correcta, la serie va tomando vuelo rápidamente hasta estallar entre el gore desatado y la brutalidad de las relaciones familiares más mundanas.

Los fantasmas, aquí, en cierto sentido terminan por pasar a un segundo plano, dejando salir a la superficie lo que se rebela como eje, la violencia familiar y la violencia machista.

El ciclo de muertes, en el primer capítulo,  comienza con una violación, y, desde allí, la violencia se esparce como peste durante años, infectando todo lo que roza sin atenuantes.

En cierto punto, no importa ya tanto lo sobrenatural de las apariciones ni las maldiciones, sino que lo único importante es ese ciclo inagotable de violencia sobre lxs niñxs y las mujeres, cuyo origen, es la maldición poco probable de una casa “unifamiliar” de un barrio suburbano japonés.

La justificación de esta nueva entrega, cabe aclarar, es que se narran los hechos verdaderos que dieron origen a la saga. Con esta declaración se abre la serie.

Claro que como justificación no basta para volver por enésima vez sobre lo mismo, pero afortunadamente, por esta vez, el resultado es poderoso e inquietante.

Y eso no es poca cosa, el terror, género maravilloso y de los más sugerente, raramente está dando obras destacables.

Netflix / 1era. Temporada / Seis episodios

Creación: Hiroshi Takahashi y Takashige Ichise

Dirección: Sho Miyake

Intérpretes: Yuina Kuoshima, Kana Kurashina, Yoshiyoshi Arakawa y Tokio Emoto.

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