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Hombres abandonados a su suerte en una superficie de hielo interminable

Planteada como una aventura marítima, “The North Water” describe la relación entre un médico y un marinero con oscuro pasado y sin pizca de moral arriba de un barco ballenero a mitad del siglo XIX, rodeados de peligros naturales, conspiraciones y crímenes


The North Water es la nueva a puesta de la cadena AMC, aquella que tuvo entre sus produccciones a algunas de más notables series de hace algunos años: Breaking Bad y Mad Men, e incluso The Walking Dead, que supo entusiasmar en sus comienzos. En este caso, se trata de la adaptación de la novela homónima de Ian McGuire, llevada adelante por Andrew Haigh (Lean on Pete, 45 años), y protagonizada por Jack O’Connell y Collin Farrell.

The North Water es una aventura marítima expuesta en cinco capítulos. Su estructura se asemeja más a la de una película narrada por entregas que a la de una serie. El eje de la intriga se focaliza en la relación entre Patrick Summer (Jack O’Connell), un cirujano que arrastra un hecho sórdido de su pasado, y Henry Dax (Collin Farrel), un asesino despojado radicalmente de cualquier indicio de código moral.

Ambos terminan enrolados en un barco ballenero que se dirige al ártico. Como trasfondo, una suerte de conspiración: el aceite de ballenas a mitad del siglo XIX, cuando transcurre esta historia, comienza a declinar en sus usos como combustible siendo reemplazado rápidamente por el kerosene.

A muchos dueños de embarcaciones ya les resulta más rentable hundir sus barcos y cobrar el seguro que comerciar aquel elemento en desuso. En ese contexto, el barco ballenero Volunteer parte de Yorkshire, Inglaterra, y se hace a la mar con un incierto destino.

Aislados en los confines del mundo

En The North Water no faltan peligros naturales, tampoco faltan conspiraciones ni crímenes (una violación y un asesinato son el elemento disparador), pero el tono, aunque no se aleja de su evidente filiación con las tradicionales aventuras marítimas, es algo oscuro y asordinado, y parece tomar otro rumbo más introspectivo.

El relato se despliega lentamente y sin estridencias, sin estallidos melodramáticos ni situaciones ampulosas. La apuesta narrativa, más que en la sorpresa de las peripecias y los peligros de la aventura, se concentra en la construcción de una atmósfera pesada en la que las pasiones masculinas van quedando a la intemperie en su brutalidad.

La nieve, el mar, el viento, la oscuridad, la luz de las velas, la madera desvencijada, las olas, los hombres, después el hielo sin orillas; todo es hostil, pero sobre todo los hombres. Feroces ante todo. Ante sí mismos también. Aislados en los confines del mundo, en lo más árido e inhóspito, en los más frío y en la más profunda soledad, no queda más que esa aciaga comunión con la naturaleza despiadada, no queda más que ese reconocimiento con lo propio (el horror propio) ya libre de ataduras morales y de códigos éticos.

Pero si la naturaleza no tiene intenciones más allá de su propio sostenimiento y de su propia proliferación sin fines, los hombres, estos hombres, arrastran el peso de vidas dañadas que no pueden sino extender ese daño en un ciclo sin fin. Arruinar otras vidas partiendo de la ruina propia. Hay conspiración entre los hombres, hay peligros en la naturaleza inhóspita, hay crimen; pero The North Water construye pausadamente, con esos elementos, el trasfondo a la vez realista y alucinado de un intenso drama sobre la posibilidad de redención y sobre la caída.

Manifestación desnuda de pulsiones

Los momentos de los encuentros con animales (cacerías) resultan ejemplares. Ballenas, focas y osos polares. Situaciones que narrativamente podrían requerir apenas unos pocos minutos, aquí se extienden (in) necesariamente en una atmósfera aletargada que alcanza los puntos más elevados del relato, los más poéticos y los más sórdidos.

Entre el sueño y la vigilia, entre el realismo y la alucinación, el páramo helado sirve de fondo a encuentros en los que se dirime, de modo esquivo, la lejana posibilidad de lo “humano”. Es ahí, en esa relación con la “animalidad”, donde parece conformarse el trémulo espacio en el cual se juega claramente la condición de esos hombres abandonados a su suerte.

El hielo interminable, como una suerte de mundo originario que disuelve lo concreto de las acciones, deja a esas situaciones en el borde de lo irreal. Disueltas sobre la superficie blanca de la ensoñación ártica, el acontecimiento no se trata ya exclusivamente de esas acciones relacionadas con la cacería, sino de la manifestación desnuda de pulsiones que van más allá de la intriga misma.

Sin forzar la puesta en escena, The North Water se sirve del paisaje para hurgar en el alma de esos personajes límite, hasta recalar en la notable secuencia (en el cuarto capítulo) del enfrentamiento solitario con un oso polar en la que se disuelven ya radicalmente todas las diferencias entre exterior e interior, y entre lo animal y lo humano.

La canción que pierde voces

The North Water tiene también algunos pequeños detalles rescatables, como la breve aparición del veterano Tom Courtenay como el dueño del barco, y algo, incluso, que parece menor (y puede que lo sea), pero que no deja de ser un destacable detalle en el conjunto.

Se trata de los créditos de cierre de cada episodio. En ellos, en el comienzo, se escuchará una canción de marineros entonada festivamente y con masculina bravura. En cada episodio, mientras los hombres van siendo “abandonados”, la canción final pierde voces y se aleja dando paso al silencio. Se trata apenas de un detalle, pero de esos detalles mínimos y notables que ponen un moño a una propuesta ya, de por sí, destacable.

The North Water / AMC/ 1 temporada / 5 episodios

 

Creador / director: Andrew Haigh

 

Intérpretes: Jack O’Connell, Colin Farrell, Tom Courtenay

 

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