Observatorio, País

El que siempre está volviendo

Hace 45 años se fue de gira el gordo Pichuco, un troesma del fuelle e ícono de la música popular

El domingo 18 de mayo de 1975 moría el músico, compositor, director y arreglador Aníbal Carmelo Troilo, “el bandoneón mayor de Buenos Aires”, un hombre generoso hasta el abuso, bohemio vocacional y humorista espiritual


Arte El Ciudadano / Georgina Rantica

“No hay tango viejo ni tango nuevo. El tango es uno solo. Tal vez la única diferencia está entre los que lo hacen bien y los que lo hacen mal”. La cita es de Aníbal Carmelo Troilo, el mítico Pichuco, de cuya muerte se cumplen este lunes 45 años.

Eterno y taciturno niño gordo, madurado a golpes de noche y de trasnoche por las calles porteñas, fue músico, compositor, director y arreglador, disciplinas desde las que construyó un discurso estético que lo ubicó como uno de los principales cultores del tango. Bautizado por el poeta Julián Centeya como “el bandoneón mayor de Buenos Aires”, su obra cubre toda una época y es el prototipo de los 40, la edad dorada del tango.

“Músico a secas, por vocación y herencia de porteñidad, Troilo le puso un sello distintivo de calor y color al bandoneón, ese gusano asmático de voz ronca y profunda, como la suya”, al decir del periodista Jorge Göttling. Instrumentista genial y director irrepetible, Pichuco ejerció docencia, inauguró estilos, fabricó el más completo y afiatado organismo musical al servicio del tango. Tan auténtico y original que siempre cambió: fue vanguardia hasta su última nota.

El poeta y ensayista Horacio Salas señaló: “Si Roberto Firpo y Eduardo Arolas dominan la Guardia Vieja, Julio de Caro y Osvaldo Fresedo los años del cabaret alvearista, y la voz de Carlos Gardel junto con los versos de Enrique Santos Discépolo se adueñan de los 30, Aníbal Troilo y Osvaldo Pugliese son el 40, más allá de que las sombras de sus respectivos prestigios se prolonguen hasta el presente”.

Mil y una anécdotas resaltan en Pichuco la magnitud del hombre generoso hasta el abuso, bohemio vocacional y humorista espiritual.

Un gordo bueno con pinta de dormilón engominado que desparramó amor sobre su entorno y también despilfarró generosidad en otros amores: los caballos, River, los excesos, los silencios y las sombras. Ícono de Buenos Aires y entrañable leyenda de esa ciudad de humedad y nostalgia, cuando cerca de la medianoche del domingo 18 de mayo de 1975 su vida se apagó, la figura de Troilo ya era un mito nacional.

 

La deuda del primer fuelle

 

Pichuco nació cerca del porteño Mercado de Abasto el 11 de julio de 1914. Era el hijo menor de Aníbal Carmelo Troilo y Felisa Bagnolo. Desde pequeño quedó cautivado por aquel extraño instrumento que solía escuchar sonar en los bares de su barrio del Abasto.

Resignada a que jamás sería farmacéutico, Felisa compró el primer bandoneón para su hijo Aníbal “a un ruso de la calle Córdoba”. Costaba 120 pesos y acordó un pago mensual de diez cuotas de 12. Aníbal tenía 9 años y se había encandilado con unos bandoneonistas que tocaban durante los picnics de la sociedad La Fanfarria en terrenos del Hipódromo Nacional.

Cuentan que por entonces el pibe del Abasto gastaba horas simulando tocar el fuelle con una almohada de plumas y se había comprometido a pagar él mismo, con changas, cada una de las cuotas del bandoneón. Sin embargo, el cobrador pasó durante los primeros dos meses y nunca más se supo nada de él ni del “ruso”. Troilo comenzaba así su historia con el tango con una deuda impaga.

Bastaron sólo seis meses de clases con un profesor de su barrio para que el pequeño se integrara a un quinteto en el que interpretaba obras sencillas. Y a los 11 años animaba con su bandoneón películas mudas en el cine Petit Colón.

 

 

En diciembre de 1930 se integró al sexteto conducido por el violinista Elvino Vardaro y el pianista Osvaldo Pugliese, donde tuvo de ladero al bandoneonista Ciriaco Ortiz, una de sus influencias.

Al año siguiente pasó por la formación de Juan Pacho Maglio, luego se reencontró con Ortiz, se integró a la orquesta sinfónica del violinista Julio de Caro, participó en los grupos de Juan D’Arienzo, Ángel D’Agostino y Luis Petrucelli, y tocó con el trío Irusta-Fugazot-Demare, la Típica Víctor y el Cuarteto del 900 y con Juan Carlos Cobián en los carnavales de 1937.

En ese tránsito fue perfilando un estilo que empezó a plasmar el 1º de julio de ese año, cuando lanzó su orquesta en el cabaret Marabú, donde, además, conoció a la griega Dudui Ida Calahi (Zita), quien en 1938 se convirtió en su esposa y a la que dedicó el tango “María” (1945, con letra de Cátulo Castillo).

El 7 de marzo de 1938 grabó para el sello Odeón el primer disco simple de su orquesta típica, compuesto por los tangos “Comme il faut”, de Arolas, y “Tinta verde”, de Agustín Bardi. A partir de allí, su agrupación fue una escuela al servicio de un sonido renovador que fue evolucionando y al que aportaron, entre otros, los pianistas José Basso, Osvaldo Berlinghieri y José Colángelo, los bandoneonistas Astor Piazzolla y Ernesto Baffa, los violinistas Hugo Baralis y Simón Zlotnik, y el cellista José Bragato.

Troilo consideraba esencial la calidad poética de las palabras que acompañaban a las melodías. De ahí que los letristas elegidos fueran Cátulo Castillo, Homero Manzi, José María Contursi, Enrique Cadícamo y Homero Expósito.

Otro rubro explosivo en aquella propuesta fueron los vocalistas que, como en los casos del Polaco Roberto Goyeneche, Francisco Fiorentino, Amadeo Mandarino, Alberto Marino, Floreal Ruiz, Edmundo Rivero, Aldo Calderón, Jorge Casal, Raúl Berón, Carlos Olmedo, Pablo Lozano, Ángel Cárdenas, Roberto Rufino, Elba Berón, Tito Reyes, Nelly Vázquez y Roberto Achával, hallaron en la sonoridad troileana un vehículo expresivo ideal para cantarle al tango.

“Troilo se escribe así, con «T» de Tango”, solía repetir Antonio Carrizo en su célebre programa radial “La vida y el canto” que se emitió por décadas en Radio Rivadavia. Como compositor alumbró grandes éxitos, entre ellos, “Barrio de Tango” (1942), “Garúa” (1943), “Mi tango triste” (1946), “Sur” (1948), “Che bandoneón” (1950), “Discepolín” (1951), “Una canción” (1953), “La última curda” (1956).

El sábado 17 de mayo de 1975, un día antes de su muerte, en el teatro Odeón, fue su última actuación. Esa noche, su figura dormilona pareció recostarse más que nunca sobre el viejo fuelle. Cuando se bajó aquel telón postrero sobre la estampa del Gordo, el inventario arrojó 64 composiciones entre tangos, valses y milongas.

Pero también dejó como legado un imaginario de actos nobles y buenos, de amistades blindadas, de sobremesas y correrías. La vieja deuda de aquel primer fuelle de Pichuco se saldó con creces.

 

Arte El Ciudadano / Georgina Rantica

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