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Fieles movilizados en contra

Además de los pañuelos verdes, el reciente debate sobre el aborto en Diputados puso en escena a una grey con base católica que se oponía. Diego Mauro cuenta los momentos del siglo XX en Santa Fe donde el mismo sector fue multitudinario.


Por Paulo Menotti / Especial para El Ciudadano

El debate y la aprobación en la Cámara de Diputados de la ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo mostraron una gran efervescencia en Argentina. Hubo una marea verde que inundó todo, pero también se vio una enorme movilización de pañuelos celestes que se oponían a la ley. Con un fuerte impulso de la Iglesia Católica, los “celestes” demostraron ser consecuentes en las calles y muchos se sorprendieron. Sin embargo, la movilización de católicos no es nueva en el país. En la reedición de su libro De los templos a las calles. Catolicismo, sociedad y política en Santa Fe (1900–1937), Diego Mauro presenta otros momentos en los que sector supo manifestarse. El historiador rosarino demostró cómo la Iglesia Católica supo llevar a sus fieles a las calles santafesinas para oponerse a una reforma constitucional en 1921 y hasta apoyar a un candidato a gobernador que sustentó su triunfo en el fraude. En ese marco, la convicción religiosa no estuvo entre los principales motivos que llevaron a la masa a poblar el espacio público, sino que esa experiencia tuvo como base una serie de artilugios pergeñada por el alto clero.

—¿Qué rol cumplió la Iglesia Católica en la política santafesina de entreguerras?

—En 1921 radicales y demoprogresistas, las dos principales fuerzas políticas a nivel provincial, acordaron la sanción de una nueva Constitución que consagraba la separación de la Iglesia y el Estado. En respuesta, los católicos irrumpieron con fuerza en el espacio público a través de manifestaciones y crearon organizaciones políticas que se proponían movilizar desde abajo a través de las parroquias y el entramado de las asociaciones católicas existentes como los Círculos de Obreros. Esta fuerte reacción, encabezada tanto por el obispo de Santa Fe, Agustín Boneo, como por los dirigentes del catolicismo social, contribuyó a que la Constitución sancionada fuera vetada por el gobernador radical Enrique Mosca. Las organizaciones católicas lo festejaron como un logro propio y lo más importante fue que contribuyó a convencer a los dirigentes y al Obispado de que podían valerse con éxito de las lógicas de la política de masas y de los instrumentos de la modernidad política. A partir de entonces, durante la década de 1920, los laicos pusieron en marcha decenas de comités de Acción Católica en Santa Fe. También lograron una constante convocatoria en las calles y fueron perfeccionando las formas de organización. Por ejemplo, a las bandas de música y las bombas de estruendo de principios de siglo se les agregó el uso de pirotecnia, volanteadas y pegatinas, formaciones corales, venta de objetos de culto y el vuelo de aeroplanos, que fue uno de los principales atractivos. Toda esta efervescencia política en las calles fue clave para que las reformas laicas planteadas no pudieran aplicarse hasta 1931, cuando el Partido Demócrata Progresista llegó al gobierno. En esos años, impulsada por Roma se creó la Acción Católica en Santa Fe y contribuyó a que el nivel de movilización alcanzara picos notables como en el Congreso Eucarístico de Rosario en 1933, al que asistieron miles de personas. Poco después se produjo la intervención de la provincia en 1935 y el fraude electoral que llevó al candidato apoyado por el Arzobispado, Manuel María de Iriondo, a la gobernación en 1937.

—¿Cómo se explica el apoyo masivo de los católicos en esa época?

—Si escuchamos a los obispos y a los dirigentes del laicado, los motores de las movilizaciones eran la fe religiosa, la identidad católica del “pueblo”, la defensa de la Iglesia y, por supuesto, la lucha contra el laicismo. Se trataba de muchedumbres homogéneas y fuertemente politizadas. Sin embargo, lo que intento reflejar en el libro es que esas multitudes distaban mucho de las que retrataban los dirigentes del laicado y las jerarquías eclesiásticas. Por supuesto, había una franja de militantes impregnados de nacionalismo católico, de rostro integrista incluso. Pero esto no era generalizable al resto. Se trataba de fiestas populares en donde los asistentes se acercaban por razones diferentes, que no se limitaban a las político-religiosas o a la defensa de una postura integrista. Al Congreso Eucarístico de Rosario muchos asistieron atraídos por el programa de festejos y las ofertas de las principales tiendas. Algo de lo que eran concientes los organizadores, que promocionaban los beneficios de adquirir el carnet de congresista. En los discursos estas motivaciones se desdibujaban en beneficio de una lectura política que hacía hincapié en la unidad de la “Nación Católica”. Un discurso a través del cual las jerarquías defendían los privilegios constitucionales y legales de la Iglesia y apuntalaban su gravitación en el sistema político. En los años treinta, donde la legitimidad de los partidos, tras el derrocamiento de Hipólito Yrigoyen, la crisis económica y el auge del fraude electoral, distaba de ser un terreno firme, las multitudes católicas cotizaban en alza.

—¿Qué similitudes hay entre esa época y el presente?

—Hay semejanzas en el uso de la calle, donde la Iglesia sigue mostrando capacidad de movilización y adaptación a los desafíos políticos. Aunque lejos de sus años dorados de las décadas de 1930 o 1940. La Iglesia que estudio en el libro estaba enmarcada en los lineamientos del Concilio Vaticano I, que proponía una cruzada furibunda contra la modernidad. Con León XIII esas posturas se moderaron pero continuaba la idea de que la religión tenía que impregnar todos los planos de la vida social. La Iglesia de hoy, por el contrario, se enmarca en la estela del Concilio Vaticano II, que introdujo modificaciones de peso, que sumadas a las transformaciones sociales pusieron en marcha dinámicas de cambio y secularización interna en el mundo católico.  Las miradas más reaccionarias que pretendían restaurar la cristiandad medieval y las perspectivas integristas que buscaban la alianza con las Fuerzas Armadas para recatolizar el Estado fueron volviéndose marginales y hoy gozan de poca legitimidad. De igual manera, el umbral de laicidad que aceptan actualmente la mayoría de los católicos es muy diferente al que podían tolerar a principios del siglo XX. En este sentido, hay que entender que lo que llamamos “Iglesia” o “catolicismo” no fue ni es un actor único y homogéneo sino una constelación de actores que tienen posiciones divergentes.

—¿Qué pasa con un tema como el del aborto?

—En un tema con tanto consenso dentro del universo católico como el de la negativa a aceptar una la ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo hay posturas distintas. Dentro de los Curas en Opción por los Pobres hay referentes que se oponen y otros que, sin decirlo, acuerdan con la ley, como hay también dentro de la Conferencia Episcopal matices que se hacen visibles en sus documentos y donde el lenguaje empleado es muy diferente al de hace dos o tres décadas. Alcanza con mirar los discursos que circularon sobre el debate de la ley de Divorcio a mediados de los ochenta, que hoy resultarían extemporáneos para muchos católicos. Por otro lado, tenemos colectivos como Católicas por el Derecho a Decidir, con una firme posición a favor y hay también diferencias entre los grupos con los contenidos de la Educación Sexual Integral.  También hay discusiones a la hora de evaluar la decisión de Jorge Bergoglio de extender el permiso al clero para perdonar el pecado del aborto y que, más allá de la inmutabilidad del principio, supone un cierto cambio. Matices y adecuaciones que están en estrecha relación con la efervescencia social, la militancia feminista y el accionar público y político de los colectivos de mujeres (también dentro de la Iglesia donde las teologías feministas vienen desarrollándose). Hay también católicos que desde diferentes instituciones religiosas han asumido una posición a favor del Estado laico, algo que todavía es una deuda pendiente en Argentina, y que entienden que es indispensable diferenciar el plano de las creencias personales del nivel jurídico-normativo del Estado, que, a diferencia del primero, tiene que lidiar con un campo plural de convicciones y que debe intervenir políticamente en cuestiones de salud pública. Como católicos proponen la lucha en contra de la práctica del aborto en la sociedad, pero de manera persuasiva, alejados de los espejismos integralistas de otros tiempos que buscaban que las leyes y los principios religiosos coincidieran. Se piensan como una voz en un concierto polifónico y por eso muchos apoyan la sanción de la ley sin que eso suponga contradicción, porque entienden que se trata de planos diferenciados y que en términos de salud pública la ley va a traer beneficios sociales significativos. Con esto quiero subrayar que las transformaciones de la mirada católica sobre el aborto fueron significativas en las últimas décadas, aunque para verlas haya que correrse de las posiciones dogmáticas más generales que tienden a cambiar más lentamente.

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