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Estudian prácticas funerarias prehispánicas en el Noroeste argentino

Investigadoras del Conicet indagan sobre las metodologías de entierro en las poblaciones que habitaron hace dos mil años en la zona de Valle del Cajón, en la provincia de Catamarca, de las que no se conoce hasta el momento ningún registro, para entender estilos de vida y variaciones culturales


La arqueóloga e investigadora Leticia Cortés, viene estudiando las metodologías de entierro en las poblaciones prehispánicas, que habitaron hace más de dos mil años en la zona de Valle del Cajón, en la provincia de Catamarca, de las que no se conoce hasta el momento ningún registro escrito y representan una forma de comprender una parte fundamental de la cultura de los aborígenes originarios de esta parte del continente, particularmente la que tiene que ver los rituales y ceremonias que obedecían a particulares cosmovisiones.

Tumbas de más de seis mil años de antigüedad

Desde hace más de quince años, un equipo de investigación dependiente del Conicet, dirigido por la licenciada María Cristina Scattolin, realiza tareas de excavación y análisis en la localidad de Valle del Cajón, Catamarca, a fin de conocer los modos de entierro y sus ceremonias de defunción, en tumbas que registran hasta seis mil años de antigüedad.

En el Noroeste argentino, antes de la llegada de los españoles, las prácticas y la relación con la muerte distaban bastante de lo que hoy se acostumbra sobre la base del modelo judeo-cristiano. Es por esto que las especialistas buscan entender los estilos de vida de estas poblaciones y estudiar la variación cultural del pasado en la región.

“Cuando uno compara estas prácticas con las nuestras, quizás parecen extrañas. Entonces, conociendo estas costumbres, podemos reconstruir las prácticas culturales del pasado y poner en perspectiva nuestras propias tradiciones, que son parte de una construcción cultural”, mencionó la investigadora Leticia Cortés, del Instituto de las Culturas (Idecu- Conicet-UBA) y especialista en la temática.

“Registramos doce tumbas en total, de las cuales la mayoría fueron hallazgos fortuitos, es decir, producto de que los pobladores –que ya nos conocen– encuentran restos y nos avisan para que llevemos a cabo el rescate arqueológico. Suele ocurrir después de la temporada de lluvias, en verano, cuando se «destapan» y llegan los huesos a la superficie”, explicó Cortés.

Según la especialista, las tumbas registradas presentan diversas cronologías, desde los seis mil años a.p. (antes del presente) hasta unos 1.300 a.p. “Había una gran variabilidad de modos de enterrar, en tumbas individuales o colectivas, y también varía la postura de los cuerpos: hay algunos que están «hiperflexionados», como en cuclillas, con los hombros que tocan las rodillas, algunos están extendidos y otros desarticulados y mezclados”.

Además, la experta apuntó que “muchas veces la gente convivía con sus muertos en la cotidianeidad, los enterraban en el mismo patio donde cocinaban, hacían vasijas o tallaban piedras. Es lo interesante de ver las distintas concepciones que se tenía sobre la vida y la muerte, diferentes a la actualidad en nuestra propia cultura, en donde los cementerios son lugares aislados, muchas veces cercados por paredes altas que obstaculizan la vista de las tumbas”.

El objeto manufacturado más antiguo y la reapertura de tumbas: particularidades del NOA

“Una de las tumbas adquirió popularidad porque en ella se halló una máscara de cobre, que es el objeto más antiguo manufacturado en cobre de todos los Andes. Tiene tres mil años y se encontró en la localidad de La Quebrada, del Valle del Cajón”, destacó la investigadora como una de las particularidades de la zona de trabajo.

Esta máscara antropomorfa, es decir, con forma de cara humana, se encontraba en un entierro colectivo de, al menos, 14 personas entre adultos de ambos sexos y niños, cuyos restos estaban totalmente desarticulados y mezclados en una tumba que tenía solo una pared de piedras chatas dispuestas en un costado.

En esta misma línea, la investigadora aseveró que, a través de análisis de ADN antiguo a cargo de la investigadora María Laura Parolín (Cenpat-Conicet), lograron corroborar que dos de los individuos hallados comparten material genético. “Esto nos podría avalar que enterraron una comunidad de personas, que quizás eran parientes entre sí”, resaltaron.

La manipulación de los cuerpos de los ancestros

Por otra parte, desde tiempos muy antiguos, época de pueblos cazadores-recolectores, existen evidencias que las poblaciones de distintas regiones del Noroeste argentino circulaban con los cuerpos de sus difuntos a través de sus movimientos por el paisaje.

La manipulación de los cuerpos y el hecho de reabrir las tumbas son tradiciones de larga data en esta región, y fue esta una de las prácticas que los españoles trataron de erradicar.

Por ejemplo, los incas, en Perú, tenían la costumbre de sacar los cuerpos de los ancestros y, en determinados momentos, mostrarlos a la comunidad en forma de ritual.

Por último, Cortés afirmó que actualmente se encuentra estudiando los adornos corporales y, si bien los entierros hallados en el Valle del Cajón hasta el momento en general carecen de objetos, han encontrado collares y colgantes que estarían asociados a los difuntos, como objetos intransferibles que se entierran junto al cuerpo y permanecen allí.

 

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