Septiembre, Suplementos

Niñeces en riesgo

El último gol de un niño dedicado a su maestra

La fatal violencia en los barrios rosarinos dejó entre sus víctimas a un niño de 13 años que jugaba muy bien al fútbol y soñaba con ser profesional de ese deporte. Entre las sentidas y dolorosas despedidas, está la de la docente que lo acompañó desde la salita de cinco hasta séptimo grado


Juan Pablo Sarkissian

Cuando el pasado lunes 1 de agosto cerca de las 22, la sangrienta violencia que atraviesa al Gran Rosario pasó por el barrio Emaús, en la zona noroeste, dejó como víctimas y doloroso saldo de una nueva balacera ocasionada por los ocupantes de un auto a cuatro adolescentes de entre 13 y 15 años.

Esos disparos a mansalva se cobraron la vida de Lucas Giovanni Vega Caballero, que tenía 13 años y era jugador de fútbol en las inferiores de Rosario Central. Una pasión que mostraba en sus redes sociales desde muy pequeño. El chico recibió un tiro en el pecho y murió prácticamente en el acto.

En tanto Javier, de 15 años, hermano de Lucas, también resultó herido, al igual que Fabricio y Dylan, todos vecinos que se habían juntado en esa esquina del barrio Emaús.

Los trascendidos de distintas fuentes señalan que los adolescentes “la ligaron de rebote”. Y el motivo de la balacera –de acuerdo a esas fuentes– sería la cercanía de un “nuevo vendedor” de drogas que competidores en el negocio quisieron sacar del medio.

“Desde el Club Atlético Rosario Central lamentamos profundamente el fallecimiento de Lucas Vega, a sus 13 años, quien fuera jugador de nuestra institución en las divisiones infantiles. Enviamos nuestro pésame a la familia en este difícil momento, nos sumamos al pedido de justicia y exigimos el esclarecimiento de la muerte de Lucas”, fue el comunicado del club de Arroyito.

Por su parte, Javier, el entrenador de inferiores del club de arroyito escribió en las redes sociales: “Fuerza, familia Vega. Qué triste noticia, Lucas. Hasta cuándo van a seguir pasando estas cosas, loco. Fuiste, sos y serás un crack, Lucas, uno de los mejores jugadores que me tocó dirigir”.

“Nadie me va a devolver a mi hijo. Es tanto el dolor, pero Dios se va a encargar de todo”, fue el desgarrador relato de Marisa, mamá de Lucas.

“No estoy segura de nada de lo que pasó, aunque se sabe que en Rosario hay guerra entre bandas narcos y mucha inseguridad. Siempre se escuchan tiros en todos los barrios de la ciudad. La gente ya lo ve como algo natural. Nunca pensé que nos iba a pasar esto”, deslizó con dolor.

“Él (por Lucas) siempre me decía que me iba a sacar de este barrio peligroso”. Y contó que el lunes terminaron de cenar y Lucas acompañó a su hermano de 15 años hasta la vereda de su casa. “Salió a la puerta y vio a los amigos. Lo siguió Lucas, él era muy cuidadoso. Se cuidaba mucho. Fue a buscar al hermano”, recordó la mujer sobre el instante de la balacera.

“Un dolor tremendo”

Durante el miércoles siguiente por la mañana gran cantidad de conocidos de la familia y amigos de Lucas se acercaron para darle el último adiós al pibe que soñaba ser un jugador profesional de fútbol. “Escuché los disparos. Estaba comiendo en mi casa y se escuchó un rafagazo increíble. Después fui a la esquina a ver qué había pasado y mi hermano estaba parado, agarrándose el pie y lleno de sangre. Después, lo vi a Lucas en el piso, fue horrible. Me marcó para toda la vida. Fue una masacre total”, dijo Matías, amigo de los hermanos Vega Caballero y hermano del otro chico herido.

Agustín, otro amigo de Lucas, dijo tener “un dolor tremendo” y lo recordó como un chico al que todos querían. “Que pase esto nos provoca un dolor tremendo. Era un buen pibe, se cuidaba, jugaba a la pelota. Compartimos muchos momentos juntos. Quería ser futbolista, jugar en primera y en la cancha de Central. Quería sacar a la mamá del barrio, ese era su mayor sueño. Messi, Neymar eran sus ídolos. Se inspiraba en ellos”, recordó para remarcar que “Lucas era un crack jugando al fútbol, siempre andaba con su pelota, lo amábamos. Fue una pérdida que hizo que nuestro corazón toque fondo”.

Y dentro del círculo íntimo de dolor existe un actor social que lo atraviesa todo: la escuela, que se materializa en el incansable trabajo de las maestras y maestros en construir puentes de solidaridad y afecto con y en el barrio porque son parte indispensable e insustituible. La tan mentada comunidad educativa hace rato dejó de ser una consigna para transformase en una práctica cotidiana de lxs trabajadorxs de la educación.

Se entiende entonces el dolor compartido y esa sensibilidad que lo impregna todo, y en especial en los barrios de laburantes y, claro, en particular con los pibes y pibas que todos los días caminan, juegan y sueñan en las aulas.

Emotiva despedida

Se entiende entonces que Claudia Abraham, maestra en la primaria de Lucas lo despidiera así en las redes sociales: “La campana suena puntual y tirana a las 9:45 en señal de que terminó el primer recreo. Los chicos se van acercando para encontrarse con sus maestras e ingresar a las aulas, pero siempre queda un grupito de rezagados que tratan de estirar un poquito más los minutos para embocar la pelota en el arco, que a veces es el de verdad y en ocasiones son unas camperitas apiladas en el piso que indican que allí se para el arquero.

– Clotis, esperame un minuto más que hago el último gol y te lo dedico a vos– me dice Lucas.

Imposible resistirse al pedido de ese morocho hermoso con los pirinchitos engominados, que tal como describe uno de los directores técnicos que tuvo, corría detrás de los defensores hasta desgastarlos y terminaba arremetiendo con un certero gol.

Lucas comenzó a jugar al fútbol a los cinco años en el club del Barrio 7 de septiembre. A los siete pasó a las infantiles de Rosario Central. A sus trece años soñaba con ser un jugador profesional y le prometía a su mamá que si alcanzaba ese objetivo, se iban a mudar de barrio porque en el Emaús cada día se hacía más difícil vivir en medio de tanta violencia.

El viernes 29 de julio al mediodía nos cruzamos por última vez en el colectivo, cuando él regresaba de la escuela secundaria y yo completaba mi jornada en el Cayetano Silva, por donde él transitó desde la salita de cinco hasta séptimo grado. Fue la última sonrisa que recibí de Lucas.

El lunes a la noche, a poquitos metros de su casa, una balacera terminó con su vida y con todos sus sueños, y yo siento que a mí también me arrancaron un pedazo de mi vida.

Decime, Campeón, ¿cómo hacemos ahora para seguir sin vos?”

 

“Las y los docentes sabemos que debemos sostenernos y reencontrar la fortaleza en el amor a nuestros chicos y chicas y a nuestra labor”

Catia Pafumi (*)

Para las escuelas lo que pasa en la ciudad, y en particular en los barrios postergados, resulta una circunstancia permanente. Cada día tememos y nos estremecemos al momento de leer o escuchar la noticia de una nueva muerte violenta por el miedo a que nuestra comunidad pierda a otro u otra. Hasta parece que nos acostumbramos a vivir con esa incertidumbre que no tiene nada de natural ni de justo.

La escuela es el lugar donde otros mundos son posibles, es decir que trasciende la trasmisión de conocimientos. Allí nacen sueños, se construyen proyectos, se produce lazo social hacia un horizonte esperanzador, que es nada más ni nada menos que el de una sociedad consciente, comprometida y participativa.

Es la experiencia palpable en la tarea de Yamila, Facilitadora de la Convivencia de 1º D de la Escuela de Educación Secundaria Orientada (Eeso) Nro. 546, cuando al preguntarles a los chicos y chicas ¿Qué quieren hacer cuando terminen la secundaria? la mayoría responde “Quiero ser…” y, algunos, todavía no lo saben. En cada conversación comparten, intervienen, debaten y escuchan. Cada uno tiene su historia, todos aportan lo que les es propio y al mismo tiempo parte del grupo.

Somos una comunidad educativa, con adultos y jóvenes, juntos nos acompañamos y nos protegemos. También juntos nos derrumbamos cuando las balas nos sacan la fe. Nos destroza el dolor, nos atraviesa la impotencia, y nos queda un vacío desolador.

El homicidio de Lucas sumó otro número a una lista que en la inmediatez sigue creciendo. Pero Lucas no fue un número más, fue, como dijo su mamá, un niño inteligente y divertido, deportista, con mucho futuro por delante. Es irrepetible y nos falta, e irremediablemente nos seguirá faltando su sonrisa.

Perdimos a Lucas, pero su muerte no pasó desapercibida, tuvo ecos porque, por los motivos que fueran, llamó la atención de diversos medios de comunicación. Será nuestro grito en el que confluyen el dolor por él y por los demás. Porque sabemos que muchos otros chicos y chicas pasan sus vidas pasan fugazmente, con sus sueños y proyectos que ya no podrán cumplir porque les arrebataron esa posibilidad arrebatándoles la vida.

Los que quedamos juntamos nuestros pedazos, golpeados, caídos, nos apoyamos los unos en los otros para volver a ponernos de pie.

Las y los docentes sabemos que debemos empezar por sostenernos, envolvernos en un abrazo colectivo y reencontrar la fortaleza en el amor a nuestros chicos y chicas y a nuestra labor. Somos los adultos que debemos acompañar, sostener y proteger a nuestros estudiantes. Nos sentimos obligados a reponernos y hacernos cargo del espacio que ocupamos en esta sociedad y de la tarea que nos convoca cada día.

Nuestros adolescentes necesitan que los escuchemos y quieren seguir adelante. Hoy pedimos, reclamamos, demandamos, y apelamos a todos, que trabajemos juntos para que ellos puedan hacer, puedan seguir haciendo, puedan seguir viviendo.

Frente a la ausencia y la complicidad, no olvidamos, no perdonamos, queremos justicia, gritamos y vamos a seguir gritando.

(*) Profesora y preceptora, Eeso Nro. 546. Delegada de Amsafé

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