El Hincha Mundial, Rusia 2018

El espía ruso

El “trapo sucio” en sus narices


Tengo que confesarles que me he dejado llevar por las querencias en este Mundial; son los lugares donde se pone el  corazón cuando se está lejos de la Patria, y luego está la Patria misma, cuya selección casi nos da la mayor alegría de los últimos tiempos. Me fanaticé con Argentina, hinché para los uruguayos y terminé abrazando la hermosa bandera que me trajo Koko Loko, un verdadero trofeo que conseguimos arrebatarle a los barras chilenos –que antes del partido nos habían robado de los vestuarios a punta de pistola ante las caras demudadas de nuestros jóvenes valores– cuando obtuvimos la Copa Mundial de Fútbol Sub-20 en 1977, mientras la dictadura de Pinochet continuaba secuestrando y asesinando gente junto a sus colegas del Cono Sur en esa cacería llamada Plan Cóndor.

Nosotros estuvimos allí asesorando a nuestros jóvenes jugadores y  en calidad de agentes de la KGB porque el país trasandino sostenía unas infames relaciones carnales con USA y buscaban dejarnos afuera de Sudamérica. Y el fútbol siempre fue uno de esos espacios donde puede demostrarse la valía no sólo de un equipo sino del país que está detrás. Creo que acercándonos al final del Mundial y poniendo nuestros deseos en los hermanos croatas para que venzan a los equipos de  la imperial Europa, me cubriré con nuestra amada tricolor para contar aquella hazaña. El mundo seguía en Guerra Fría y los Estados eran amigos o directamente enemigos y  Chile estaba entre estos últimos.

Habíamos viajado con jugadores de las inferiores del Dynamo. Nuestra misión era vigilar que no infiltraran a jugadores de  Ucrania y Chechenia que ya venían con aspiraciones de libertad y cuidar que no doparan a los nuestros, como solía pasar cuando jugábamos en Europa y endilgarnos que además de comunistas éramos drogadictos. Con Koko Loko y otros agentes teníamos cuestiones más urgentes de que ocuparnos pero confieso que el robo de nuestra bandera era una afrenta que no iba a dejar pasar así nomás.

Cuando el partido comenzó –la final era ante México–, mi mirada hurgaba a todo lo ancho de la tribuna chilena intentando divisar la insignia. El partido terminó empatado e íbamos a definir por penales, y allí, en ese preciso instante, veo nuestra bandera levantada con una leyenda cruzada que decía “Los comunistas sólo se llevarán su sucio trapo”, y confieso que eso fue demasiado. Ellos eran cientos, entonces, aún a conciencia que mi acción entrañaba un alto riesgo, fui por una camiseta mexicana que nos habían regalado y subí pronto a la tribuna chilena. Sólo con gestos me hice entender que iba a prenderle fuego a la bandera rusa y rogué que me concedieran ese honor.

Los barras son feroces pero lentos para otras cuestiones y como estaban hinchando para México, me entregaron la tricolor. Mi exhaustivo entrenamiento iba a permitirme desaparecer a la cuenta de tres. Para cuando se dieron cuenta, habíamos ganado 5 a 4 y yo arriaba el “trapo sucio” en sus narices.

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