Cultura, Observatorio

Charles Aznavour

El mundo de la canción francesa perdió una ilustre figura

Cuando comenzó, varios críticos le bajaron el pulgar diciéndole que su voz no era buena, que su presencia no daba para los escenarios.


Cuando comenzó, varios críticos le bajaron el pulgar diciéndole que su voz no era buena, que su presencia no daba para los escenarios. Pero, aunque algo dolido, él se corrió de ese lugar donde pretendían estigmatizarlo y siguió con lo que había empezado, la composición de canciones y la decisión de cantarlas. Hay una foto de Charles Aznavour de los años 50 que lo muestra cabizbajo mirando fijo a la cámara que lo retrata en una calle parisina cerca del Pont Neuf. Probablemente venga de grabar algunas canciones, de esas que luego lo hicieron circular por el mundo entero y que serían parte de las casi 1.500 que suma en su repertorio. Buena parte están en los 300 discos que grabó y que se replicaron hasta alcanzar más de 100 millones vendidos, contabilidad que mide hasta el último agosto y que ahora tal vez supere ampliamente esa franja.

Aznavour, el cantante que todos parecen haber escuchado, hizo conciertos hasta cuando había cruzado el umbral de los 90 años. Este lunes, con cuatro años más encima, murió en el sur de Francia y el golpe de su desaparición, como su voz, se escuchó alrededor del mundo.

Componer y actuar

“No es importante ser recordado. Lo importante es saber que mi trabajo será recordado”, dijo cuando su propia estrella quedó grabada en el Paseo de la Fama de Hollywood, en 2017. Venía de hacer una serie de recitales porque era lo que más le gustaba, junto a componer, que todavía, con 93 años encima, lo entusiasmaba como a un niño. Algunas dolencias le habían hecho pensar en retirarse pero rápidamente desechó la idea y continuó firme en esa determinación que había tomado tempranamente pese a los pésimos augurios de la crítica. De hecho, el próximo 26 de octubre tenía una actuación contratada en Bruselas.

Nostalgia hecha canciones

La bohème, Venecia sin ti, La mamma, y Emmenez-moi son algunas de las canciones que le granjearon un lugar de privilegio en la llamada canción francesa. Algunas de ellas fueron cantadas por artistas emblemáticas como Edith Piaf, por ejemplo. Inquieto como pocos para que sus temas tuvieran un lugar en distintos países –y en distintos idiomas– aprendió a cantar en siete lenguas. Un ejemplo es que cualquier argentino de más de 40 seguramente conoce alguno de sus temas.

Aznavour fue reverenciado en lugares tal vez ajenos a su forma de cantar como Cuba, donde diez años atrás grabó un disco junto a Chucho Valdés. También cantaba sus canciones en armenio, su lengua original –su nombre verdadero era Shahnour Vaghinag Aznavourian–. Durante los 90, Armenia lo nombró  embajador permanente ante la ONU, y tiene hasta un museo dedicado a su trayectoria en ese país.

Decirlo todo en una canción

“Me gusta escribir lo que los demás no escriben”, comentó el cantante cuando ya había cumplido los 90. De ese modo abordó una gran cantidad de temas nada frecuentes en las canciones, como por ejemplo la homosexualidad. “Como en la literatura, la pintura, la fotografía, en una canción se puede decir de todo, a condición de que seas sincero, esté bien escrita y no sea vulgar”, señaló.

En ocasiones dijo que lamentaba que, si bien su carrera fue valorada como cantante, no lo había sido con su faceta de compositor, como “escritor de la canción”, como le gustaba aclarar. “Tengo la impresión de que jamás se me ha leído. Se me escucha. Cuando un joven artista me trae un disco, siempre le pido que me pase también las letras para que las lea’”, explicaba en una entrevista hecha en 2007.

En el cine también

Aznavour también tuvo su lugar como actor en varias películas y fue dirigido por ejemplo, por nada menos que Francois Truffaut. En Disparen sobre el pianista (1960), realización del afamado director francés, interpreta a un hombre que queda muy shockeado por la muerte de su esposa e intenta, por todos los modos posibles, alejarse de ese trauma que promete ahogar su vida en un mar de penas.

Hizo un intenso personaje también en Ararat (2002), dirigida por el canadiense de origen armenio Atom Egoyan, donde se narra el genocidio de sus compatriotas perpetrado por las fuerzas turcas en 1917. La propia madre de Aznavour había podido huir de esa matanza para instalarse en Francia y él no lo olvidó nunca, participando a veces de denuncias hacia el gobierno turco, de cualquier signo, para que reconocieran el genocidio.  Antes, en 1979, había trabajado en El tambor, film del alemán Volker Schlondorff que narraba el caldo de cultivo que daría lugar al surgimiento del nazismo a través de un niño que se niega a crecer; en Los fantasmas del sombrerero (1982), de Claude Chabrol, compone al vecino de un fabricante de sombreros que termina asesinando a toda su familia.

Frases memorables

En algunas entrevistas, Aznavour deslizó pequeñas perlas acerca de su canto, la actuación y su forma de hacer canciones. Dijo, por ejemplo: “Tengo ochenta y tres años, cuando estoy en el escenario no veo nada. No se ve al público. O sea, el público es una persona. Yo no canto para 100 o 1.000 personas, canto para una. Así, cada espectador piensa que canto sólo para él. Esa es la verdad absoluta. Esa, y que sigo buscando temas”.

Otra fue: “En 1970 compuse “Comme ils disent”, una canción sobre la homosexualidad. La siguiente que se compuso sobre los homosexuales tardó 30 años. Me gustan los retos. Pero a veces me cuesta horrores, como cuando escribí “J’ai connu”, una canción sobre el genocidio judío”.

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