Edición Impresa, Le ponen la firma

Reflexiones

El gigante ingresa a una transición con final abierto

La defensa de sí misma que ejerció anteayer Dilma Rousseff en un Senado que decidió, por un día, mostrarse sobrio ante la mirada de todo Brasil puede entenderse de diversos modos.


La defensa de sí misma que ejerció anteayer Dilma Rousseff en un Senado que decidió, por un día, mostrarse sobrio ante la mirada de todo Brasil puede entenderse de diversos modos. Por un lado, como el gesto valiente de una mujer decidida a no tolerar cargos que considera injustos y una burla a los 54 millones de votos que le dieron la reelección hace casi dos años. Por el otro, como la mueca de alguien resignado ante lo inevitable y que pronunció una pieza destinada simplemente a convertirse en su testamento político.

La esperanza, frágil, era convencer a los supuestos “indecisos”, si es que la falta de un pronunciamiento público acerca del voto sobre el impeachment puede considerarse de ese modo, a fin de lograr una minoría de bloqueo de 28 senadores. Para eso, el Partido de los Trabajadores contaba hasta a los dos ausentes de anteayer, uno con una oportuna diverticulitis. Sin embargo, el tono general del discurso y de no pocas respuestas a la interminable retahíla de preguntas que le siguió cimentó la idea de una Dilma que encontró su épica en la decisión de caer de pie.

Se declaró honesta, recta, republicana, campeona del ascenso social, víctima de traidores y, en última instancia, de una conjura. Dado que todo eso es en alguna medida cierto, cabe preguntarse cómo una presidenta portadora de semejantes virtudes puede caer tan estrepitosamente.

La respuesta, simplemente, es que fracasó.

Por un lado, si no robó, lo que hasta sus enemigos creen, aplicó un laissez-faire del que debería rendir cuentas.

Además, el cambio de los vientos internacionales desnudó que el “milagro brasileño” siempre fue poco más que buena intención, marketing eficaz y materias primas caras. Y eso, a su vez, demostró que los gobiernos del PT no supieron convertir el piso social que meritoriamente generaron en un nuevo contrato, capaz de sostener un proceso de desarrollo real, más armónico y justo.

Los dos mercados

Por último, nunca enamoró, el diálogo no fue su fuerte y a la crisis global respondió con medidas de austeridad sobre las que Lula da Silva le advirtió: “Quiso atender al mercado, pero el mercado de ella no es el banquero, es el del pueblo consumidor, el del trabajador, el del tipo que va a comprar carne, del que va al supermercado”. No sorprendentemente, los primeros nunca la adoptaron pese a haber abrazado, tardíamente y sin convicción, sus demandas. Y los otros sólo salieron a las calles a cuentagotas cuando el agua subía, sin la decisión firme de salvarla.

Si todo se da como se espera, en las próximas horas la carrera política de Dilma terminará y el PT perderá el poder del que hizo uso y abuso durante trece años. Lo espera un desierto, acaso extenso. Mientras, Michel Temer habrá consumado una obra de arte de la intriga y será confirmado hasta el 1º de enero de 2019. Pero, ¿comienza realmente una nueva era, como suponen los inversores, que cerraron los ojos ante la depresión económica y convirtieron al mercado paulista en el más rentable del mundo?

¿Nuevo?

El nuevo Brasil acaso todavía traiga poco para festejar.

En él, los presidentes que pierdan la mayoría parlamentaria (y la calle) quedarán a tiro de juicio político, incluso si cometen incorrecciones administrativas tan ciertas como comunes a todos los funcionarios ejecutivos del país, actuales y pasados. Además, el sistema será un parlamentarismo de facto, algo sensible donde decenas de legisladores tienen tanto que ocultar.

Temer tendrá, se supone, su instante de festejo. Pero de inmediato deberá atender esos cambios de fondo, que bien pueden amenazarlo. También, colocar todo su talento político para conciliar el 10 por ciento de popularidad (por llamarla de alguna manera) con el que parte con su aspiración, por ahora no confesada, de validarse, ya con el voto popular, en las elecciones de 2018. Y, en el medio, no perder el aval de partidos que no quieren competir con un presidente en funciones y dueño de la caja federal en esa instancia.

Algo no menor: tendrá que aplicar el fuerte ajuste que se espera de él en el contexto de una economía que repuntará, con suerte, un 1,5 por ciento el año próximo tras una caída de 7 por ciento entre 2015 y 2016, que destruyó al menos 1,7 millón de empleos.

Brasil cambia, de eso no hay dudas. Pero acaso lo que está por empezar sea por ahora una nueva fase de una transición con final abierto.

Comentarios