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Historias de acá

El fútbol, ese eslabón perdido


Los militares fueron devorados por la turba salada, un cachito de tierra, un peñón tan valioso como los mejores campos de siembra, un riñón, un pedazo de carne nuestra, tierra, tierra de patria nuestra, la del sur a la que mandaron a defender con pibitos convertidos en pichones de tiro, suicidas a la fuerza. “!Estamos ganando!”, como en un partido, se mentía desde los medios. La tierra terminó con ellos y se comió a la  dictadura. En las tribunas argentinas se cantaba aquello de “!El que no salta es un inglés!”. El elemento tierra bajo el césped de las canchas.

Un disparo, una flecha de aire propulsado a gatillo certero derrumbó el helicóptero en que viajaba Carlitos Menem Jr. Su papá lo lloró como cualquier padre, estuvo en las exequias, se proveyó de una máscara adecuada y tuvo el gesto taciturno pero invencible de gladiador sudaca de irse de ahí también en helicóptero saludando con  los pulgares en alto, hacia arriba hacia el cielo, y al patético triunfalismo político que pretendió usar con esa muerte. El aire, viciado de crimen y castigo desde ese día, empezó a carcomerlo en vida. A la semana del accidente jugó un partido con el equipo de la Casa Rosada donde siempre, ineludiblemente, el Presidente convertía un tanto. Ese día fue de penal. El elemento aire y la pelota infecta en la red de la  mortaja del hijo sin cabeza.

Aníbal Ibarra era alto, gobernaba la Ciudad de Buenos Aires y se ensanchaba en un futuro prometedor, simpático y entrador con las damas. Ahora luce encorvado, pelo a lo emperador romano, envejecido prematuramente. Y ya no sonríe. Nunca tuvo un juicio escandaloso de fraude, sus funcionarios no participaron de enjuagues publicitados y caminaba rotundo y ganador, hacia una continuidad en el poder. No miró, no supo, no quiso, quizás nunca advirtió que el peligro de su condena radicaba en el calor de volcán, en la furia de las llamas que ardieron en los cuerpos de las víctimas de Cromagnon. El fuego lo condenó, lo echó de su trono y quizás lo haya chamuscado para siempre. Los chicos cantaban, antes de su combustión, canciones de cancha. El elemento fuego en las gargantas de los jóvenes, literalmente ardidas.

Carlos Reutemann siempre fue un galán atípico para el modelo criollo: aire europeo, dientes perfectos, gesto taciturno, buena percha y una rápida subida en la pirámide política. Lo que desperdició en las pistas y la gloria que alcanzó a rozarlo, se hizo real, cercana en la hondura de los ministerios, en las sobremesas de café, donde hasta se dio el lujo de arbitrar ese monstruo indómito llamado peronismo. Pero la desidia, el olvido, la impericia para el manejo y, porque no, la creencia magnificada en sus fuerzas y en su estrella lo perdieron. Tuvo un exceso de confianza que llegaría raudo al final con los brazos en alto. No tuvo presente la foto de cuando no recargó los tanques en aquella tarde  y sus mecánicos inadvertidamente lo traicionaron. En Santa Fe, el 29 de abril del 2003 el agua entró por una defensa inconclusa y sepultó a 139 personas. La gente perdió la vida; él y sus allegados el reino por segunda vez: antes por iliquidez en sus tanques de combustible, ahora por exceso de líquido. El elemento agua lo perdió para siempre. Está condenado por varias reencarnaciones. Ese mismo año Unión de Santa Fe se estaba yendo a la B y la popular de Central le coreaba el tema de los Paralamas, “Inundados”, con una crueldad riente.

Los cuatro elementos tierra, aire, fuego y agua, que no son gente, pero que detentan un poder irracional y certero castigan en ocasiones más que la ley escrita. Ellos son, parece ser, la más auténtica verdad y la más silvestre de las justicias. El quinto elemento, en este caso es el fútbol, que contiene a los cuatro anteriores, resulta  ser apenas un testigo, víctima y victimario de esta historia cargada de elementos. Sin dudas que quizás sea el eslabón perdido.

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