Crónicas, Cultura

Adiós

El escritor que ponderó el lenguaje visceral, desprovisto y certero de delincuentes y policías

El último jueves moría el santafesino Rubén Tizziani, gran aportante al policial negro de factura nacional, maestro para nuevas generaciones y autor de la celebrada “Noches sin lunas ni soles”, que tuvo una inmejorable versión cinematográfica. Fue también periodista y biógrafo de Alberto Olmedo


Dicen algunas notas especializadas que Rubén Tizziani, el relativamente poco conocido escritor argentino de  policiales negros  –pese a que se lo reivindica como uno de los pioneros, argumento que suele ser discutido– leía buscando siempre el orillo de la intriga, el suspenso, la violencia en cada uno de los libros  que caía en sus manos, incluso en las narraciones románticas  o en aquellas que nada de su argumento denota alguna proximidad con esas lides. “Creo que toda historia tiene un costado que podríamos llamar policial o negro, en el sentido de que algo oscuro se encuentra  agazapado y puede echar a perder cualquier buena voluntad”, decía Tizziani fundamentando un poco su peculiar manera de abordar las lecturas.

Todo es sangre y crímenes

Tizziani era santafesino, nació bien al norte de la provincia, en Vera, y en una entrevista contó que esa ciudad solía funcionar como escondite de los que andaban en alguna fechoría asolando pequeños pueblos del interior,  de Santa Fe e incluso de Córdoba y Santiago del Estero.

Cuando él era niño escuchaba comentarios sobre que una buscada banda de cuatreros había sido descubierta en las afueras de la ciudad; que los asaltantes de una estancia, que secuestraron también a su dueño, habían estado ocultos en un barrio un tanto desplazado del casco más céntrico y que sólo un aviso fortuito los había salvado de que la ley les cayera encima.

“Cuando era chico escuchaba todo eso y algo seguramente debe haber quedado en mi memoria pero mis lecturas se orientaban por otro lado, como cualquier chico de mi edad me apasionaba Sandokán y me habían comprado una colección entera  de sus aventuras, ahí tal vez me pegó la inquietud que recién iba a desarrollar después, la de la escritura”, señaló durante la presentación de su novela insignia, Noches sin lunas ni soles, y el más señero de sus títulos.

Allí describe las vicisitudes de Cairo, el protagonista, un asaltante que luego de fugarse de la cárcel, tiene a sus antiguos compañeros de armas mordiéndole los talones por ciertas diferencias nunca saldadas y, como si fuera poco, también a un comisario cuyos galones suman corrupción tras corrupción.

La novela tiene una fascinante estructura donde el eje podría verse como una suerte de tratado sobre perseguidor y perseguido, todo en un contexto de extrema violencia y represión, que era el clima que comenzaba a abatirse sobre el país en el año que se publicó, 1975.

Fue su libro más celebrado por la crítica y el que más se vendió luego de la lograda versión fílmica que llevó la firma de José Martínez Suárez y tuvo como protagonistas a actores de renombre en ese momento como  Alberto de Mendoza, Luisina Brando y Lautaro Murúa.

Estrenada en 1984, Noches sin lunas ni soles se filmó sobre un guión a dos manos: el  propio Tizziani y el realizador y el film forma parte de los mejores policiales entre los títulos nacionales del género.

La novela tuvo varias reediciones y fue traducida al francés y al portugués.

“Escribí ese libro para hablar de la violencia, que estalla en la narrativa policial argentina en la década del 70. Todo es sangre y crimen y no es casual que aparezca en la década más violenta de la historia argentina, y lo hice con pistoleros bien porteños”, había dicho Tizziani a poco de estrenarse la película.

El barro de las relaciones entre delincuentes y policías

Lo que en verdad lleva a parte de la crítica a mentar a esta novela como la que inaugura el policial negro en Argentina es el uso de una lengua sumamente coloquial y afincada en un filo desprovisto de cualquier sutileza en las palabras.

Tizziani hizo hablar a sus personajes como hablan quienes pueblan el mundo del delito, los convencidos y los involuntarios. La llaneza expresiva escondía ese tono ligero y certero para describir a esos inadaptados, esos antihéroes que poblaron varias de sus novelas mientras recibían los golpes de quienes pretendían hacerles pagar un precio por su marginalidad, por su corrimiento de la moral colectiva que no perdona a quienes se apartan del rebaño.

Así Tizziani pudo poner en evidencia ese barro que destilan las relaciones entre delincuentes, sin importar si estaban fuera de la ley o adentro de eso llamado las fuerzas del orden.

Y se mostró muy hábil en escarbar en ese costado obsceno de una sociedad que gira en torno al crimen y la violencia, en los ajustes de cuenta entre pares y en las traiciones gratuitas por celos o dinero; en la descripción de esa mecánica vital que junta y separa a los miembros de ese circuito al que se cae por decisión, desesperación o exclusión.

La intensidad de los diálogos en sus novelas es otra marca de fábrica de Tizziani y en Noches sin lunas ni soles consigue una exaltación de ellos cuando su protagonista explica a la mujer de la que se enamoró –y que no es otra que la que vive en el lugar que le sirve como aguantadero– que cualquier cosa es mejor que estar entre rejas.

Un discípulo empedernido de Faulkner

La época en que Tizziani tiene mayor producción lo emparenta con otros escritores que, aunque no dedicados exclusivamente, ejercitan el género. Osvaldo Soriano con Triste, solitario y final (1973); el rosarino Juan Carlos Martini con El agua en los pulmones (1974) y Los asesinos las prefieren rubias (1974); Alberto Laiseca con Su turno para morir (1976); José Pablo Feinmann con Últimos días de la víctima (1979) y Ni el tiro del final (1982) (ambas también llevadas al cine); Mempo Giardinelli con Luna caliente (1983), su policial escrito durante su exilio en México; Juan Carlos Martelli con su injustamente olvidada Los tigres de la memoria (1973), eran algunos de los más notables.

Tizziani estuvo a la par de estas plumas porque ese lenguaje desprovisto con el que hacía hablar a ladrones, maleantes de toda laya y policías se enmarcaba en un contexto elaborado de ámbitos y situaciones.

“Soy incapaz de abordar la realidad en forma directa. En eso, soy un discípulo contumaz y empedernido de Faulkner. Sólo puedo trabajarla por parábolas y arrimándome a ella tangencialmente, nunca entro por la puerta, siempre ingreso por hendijas o por la ventana a la realidad”, expresó cuando le preguntaban por El desquite (1978), otra de su novelas llevadas al cine. Las galerías (1968); Los borrachos del cementerio (1974), son dos de sus novelas iniciales donde da forma a ese estilo deudor del hard-boiled.

Todo es triste al volver (1983), Mar de olvido (1992) y Un tiburón de ojos tristes (2001) fueron otros de sus títulos destacados. Ya en 2003, escribió una singular biografía de Alberto Olmedo, que llamó Un poco menos pobres, y a la que hace un par de años, ahora en formato digital, agregó fotografías inéditas y nuevos capítulos, y volvió a titular Los 1001 rostros de Alberto Olmedo.

El escritor que también fue periodista y trabajó como editor de Clarín, de la revista Siete Días;  como jefe de redacción del diario La Razón y, en Paraguay, fue director del diario La Nación, y luego en París sería redactor de la agencia AFP, corresponsal de la Unesco y de otras publicaciones latinoamericanas, murió el último jueves a los 82 años.

 

Comentarios