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HISTORIAS COOPERATIVAS

Distrito Sie7e: Cultura en movimiento

El D7 es un bar cultural con un reconocido lugar en ese ámbito y en la misma noche rosarina. Ofrece espectáculos artísticos diversos a la vez que se puede desayunar, almorzar o merendar en el bar-restaurant que allí funciona. Desde el vamos tiene un formato cooperativo que integran 27 socios


Daniela Barreiro

El Distrito Sie7e, el D7, el D, el bar cultural ubicado en Ovidio Lagos 790 funciona desde 2013 y con los años, varias remodelaciones y una programación regular, logró ganarse un lugar en la cultura y la nocturnidad rosarina. Tiempo después de su apertura extendieron el horario y hoy abre sus puertas desde las 8 de la mañana para desayunar, almorzar o merendar. En su formato de cooperativa cuenta hoy con 27 socios que trabajan día a día para sostener su fuente de trabajo pero también para pensar y gestionar cultura, esa que para ellos, hace casi diez años atrás, necesitaba un nuevo distrito en Rosario, el séptimo.

Charlas bajo la lluvia

El diciembre de 2012 fue de grandes temporales. Entre las lluvias y el viento que no daban tregua, los miembros de una incipiente Ciudad Futura (Agrupación política) llevaban adelante un acampe frente a la sede de gobernación (provincial) para resistir el desalojo del espacio en el que hoy funciona el Tambo la Resistencia. “Un día llegó Mariano Brizuela, uno de los dos socios de Mano a Mano, a decirnos que su compañero se iba y que solo no iba a poder sostener el bar. Nos ofreció participar para garantizar la continuidad. Fueron reuniones en medio del acampe, abajo de la lluvia”, se acordó Julia Cadoche, socia de la cooperativa. Es que el espacio que hoy ocupa el D7 es emblemático en la ciudad, con una estética muy personal y una multidisciplinaria agenda funcionaba ahí Mano a Mano y algún tiempo antes el cine Gardel. El acampe estaba terminando cuando Mariano volvió y llegaron a un acuerdo. “No estábamos seguros de cómo íbamos a hacer pero le dijimos que sí”, cuenta Cadoche. En ese momento la idea fue que el bar deje de llamarse Mano a Mano pero que el nuevo nombre no tuviera que ver con Ciudad Futura. Los cinco compañeros y compañeras que iniciaron ese proyecto se acordaron de una idea que venían debatiendo desde 2010: El séptimo Distrito. “Creíamos importante empezar a dar una disputa desde lo cultural con un espacio que no sea ni público ni privado, sino un mix. Que estuviera vinculado con la organización y que esté en el centro de la ciudad, un espacio abierto para la gente”, continuó Julia. Durante el primer año la estética del D7 era similar a lo que había sido la de Mano a Mano. “El primer año fue de prueba y error”, reconocen. Después de mucho trabajo, en 2014, y de que Ciudad Futura hiciera una muy buena elección en el Concejo Municipal de Rosario, tuvieron que dejar la sede que tenían en calle Avellaneda. La idea fue mudarse al D7. Entonces, ese verano, cerraron el bar y empezaron la remodelación del espacio. “Recuperamos las oficinas de arriba e hicimos la mudanza. Ahí empezamos a funcionar todos los días desde las 8 de la mañana”, relató Julia, ratificando la decisión de fondo que tenía que ver con la necesidad de que el espacio esté abierto para reuniones, para que la gente se acerque. “Pensar la cultura sólo los fines de semana era raro. ¿Qué pasaba el resto de los días?”, se preguntaron. Fue ahí que el equipo, que en ese momento estaba compuesto por ocho personas, empezó a consolidarse y a hacer los trámites que le permitió, el 24 de noviembre de 2015, recibir la matricula que los volvía una cooperativa.

Aprender andando

Como pasa en la mayoría de las cooperativas de trabajo, uno de los grandes desafíos es aprender a administrarse, a organizarse económica, jurídica y humanamente. “Nosotros además trabajamos con mucha otra gente. El vínculo con los y las artistas, con quienes vienen en carácter de público, empezar a trabajar en la escena, en qué se hace, cómo se cobra era toda una tarea. Hacer mucho hincapié en cómo se retribuye el trabajo de los músicos y las músicas. Veníamos de una escena en la que en la ciudad los músicos cobraban un caché fijo o muchas veces tenían que aportar para tocar. Sobre todo en Rosario, con una presencia polémica del Estado, porque los espectáculos gratis que organizan están buenísimos pero siempre se prioriza traer gente de afuera o al menos son los que se llevan la mejor paga. Además, si no generás una política para ir conversando con los actores que ya existen, tirás en contra. Y la gente se acostumbra a no pagar entrada. Nosotros defendemos el pagar la entrada porque es la forma de pagarles a los artistas”, explicó Julia. Una vez constituidos como cooperativa los socios del D7 tuvieron que pelear con algunos prejuicios que se dan con la cultura. “Ustedes son los que vienen con la guitarrita”, les decían. Así les fue más difícil acceder a subsidios. “Nos propusimos defender el trabajo de producción cultural como producción concreta. Creemos que algún aporte con los otros centros culturales con los que en su momento formamos el Ecur (Espacios Culturales de Rosario) pudimos hacer. Hoy la escena no es la misma que en 2013. Más allá de lo que falta mejorar y que tenemos que pensar en lo que se hizo mal”.

Organización posible

Sofía Urquiza es una de las encargadas del turno mañana. Antes de trabajar en el D7 lo hacía en un call center. “La cooperativa rompe todas las estructuras que uno tiene”, dijo mientras contaba sobre las reuniones en asambleas periódicas y la responsabilidad que implica dar todas las discusiones. “Entrar al D7 es querer y tener que tomar responsabilidades, dar discusiones para que todo salga mejor”, agregó. Si bien el D7 surgió como un proyecto de Ciudad Futura hoy es independiente del partido. “Hoy no todos somos militantes de Ciudad Futura pero si lo somos del D7”, asegura Sofía. “Nos cuesta mucho pensarnos por fuera del D7, de la cooperativa, pero también costó mucho acostumbrarse a trabajar de manera cooperativa. Dar las discusiones”, contó Sofía, y con Julia recordaron cómo fueron las discusiones a mitad de año cuando, ante la crisis económica del país, se juntaron a debatir remuneraciones. En ese momento cambiaron su escala tomando a Pigüé, una empresa recuperada de la provincia de Buenos Aires, como ejemplo. La escala tiene en cuenta muchas variables como, por ejemplo, los horarios, tareas, carga familiar de cada socio, su formación y lo que llaman “laburo garrón”. “El que se queda hasta las 5 de la mañana a cargar cajas”, explican entre risas. “Fue una charla muy larga para acordar cómo ser justos con la retribución”, dijo Julia. Los trabajadores del D7 son socios, todos ellos, los que trabajan los fines de semana y los que se levantan temprano para preparar los desayunos. “Incorporar a los compañeros de seguridad a la cooperativa fue generar otro debate. A ellos se los ve como los famosos patovicas, pero acá son compañeros. Así pudimos dar discusiones de perspectiva de género, de tener un protocolo contra violencias machistas. Los compañeros se sumaron a la cooperativa y discutimos todos a la par”.
Hermanados

Como desprendimiento de las políticas de Ciudad Futura también está la “Misión Antinflación”, que creada en 2014 permite a lxs consumidores comprar directo de productores y productoras locales, y al Tambo La Resistencia, que produce leche y sus derivados, entre ellos, el dulce de leche y diferentes variedades de quesos. Con ellos el D7 no tiene un vínculo formal pero si una hermandad de proyectos. “Del Tambo somos sus principales consumidores de mozzarella”, bromeó Julia. “D7 no recibe financiamiento de Ciudad Futura, nosotros ponemos el espacio para las Fiestas Rojas en las que se junta plata. Dimos muchas discusiones sobre eso, sobre todo cuando se empezó a sumar gente que no es de Ciudad Futura. Con el Tambo somos cooperativas hermanas pero funcionamos por separado. Las dos somos, junto con La Cabaña y Mil Hojas, fundadoras de Actra (Autogestión, cooperativismo, trabajo). Fue muy interesante poder tomar otras experiencias. También nos juntamos a pensar un modelo, hay que pensar algo nuevo. Somos cooperativas y nos jubilamos con menos de la mínima”, dijo Julia sobre uno de los temas de mayor debate en la actualidad entre cooperativas de trabajo: el sistema previsional.

Rima de hip hop

En 2015 cuando el trabajo del D7 empezó a consolidarse hubo quienes se acercaron con sus propuestas. Entre otros un grupo de chicos que querían hacer un laboratorio de hip hop. “No sé por qué le dijimos que sí en ese momento pero estuvimos muy bien”, pensó Julia. Fue así que empezó a funcionar en el espacio un grupo grande de chicos y chicas que estudian el género y su estética en sus distintas variantes. “A partir del año pasado logramos entrar en el programa Nueva Oportunidad que nos permitió no sólo una paga para los docentes sino llegar a un montón de pibes que encontraron en el hip hop una forma de expresión. Hoy al laboratorio llegan no sólo los pibes del centro de la ciudad, sino otros que vienen de distintos barrios”, contó Julia y Sofía agregó: “Garantizan becas, tarjetas de colectivo, merienda. Generan lazos. Además los chicos se apropiaron del lugar, vienen antes de los talleres, se quedan en la barra haciendo la tarea con nosotros”. Los y las socias no intervienen en el laboratorio. “No sabemos nada de hip hop”, dijeron entre risas. Pero sí están atentos y atentas a cuando necesitan ayuda o intervención en alguna situación más compleja o burocrática. “Nosotros construimos vínculos afectivos”, aseguran las chicas entre los relatos de quienes se acercan al espacio para consultar, pedir ayuda o debatir algunas ideas. “Es que desde las 8 de la mañana pasa de todo”, concluyó Sofía. Algunas de las otras propuestas en formato de taller son: Rima y poesía; Break dance; Producción fonográfica; Pati Pami: clases prácticas de salsa, y claro, shows permanentes que abarcan un variado espectro musical y artístico. 

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